Elsa Cardozo Da Silva
"Las doctrinas y los procedimientos constitucionales a favor de la soberanía popular absoluta y el gobierno de la mayoría, proporcionan los controles más débiles de todos sobre los dirigentes... tomando en cuenta que la mayoría no gobernará en ningún caso, las doctrinas y los procedimientos de este tipo conceden en efecto un poder ilimitado a la minoría en el poder, misma que por supuesto sostiene que representa a la mayoría" (Robert Dahl, 1956).
La palabra democracia es probablemente, junto con soberanía y sus derivados, de las más frecuentemente utilizadas en estos días en el lenguaje político venezolano. Palabra cuasi mágica que acompaña o es acompañada por muchas otras y que a punta de adjetivaciones -para calificar o descalificar- se nos va haciendo cada vez más borrosa en su significado.
En (des)calificaciones. Democracia, democrática o democrático está siempre en el discurso. No hay propuesta gubernamental que no se apoye una y otra vez en su condición, carácter, naturaleza democrática: el proyecto presidencial de Constitución -el volumen, al parecer apenas el primero, que circula en estos días- contiene veintitrés veces sustantivos y adjetivos alusivos a la democracia.
Esto, para empezar, evidencia lo importante que es en estos tiempos, para propios y extraños, entre los venezolanos y mirando hacia el mundo, la preservación de conceptos y principios democráticos. Sin embargo, todas estas alusiones a la democracia merecen ser tratadas con el mayor refinamiento y, en efecto, lo son por muchos analistas y testigos de nuestro proceso político.
En el propio discurso, la palabra democracia va siempre adjetivada: calificaciones descalificadoras para la democracia puntofijista, al lado de propuestas de adjetivaciones para la nueva democracia, participativa, protagónica y cabría asumir que incluso bolivariana. En el mencionado proyecto de Constitución se señala al Gobierno de la República como democrático, social, responsable, participativo y alternativo. Las decisiones recientes de la Asamblea Nacional Constituyente permitirían, además, hablar también de una democracia en emergencia.
Ya no es sólo que le ponemos y le quitamos apellidos, sino que la hemos convertido en adjetivo de uso y abuso, asociada a la idea de soberanía absoluta de la mayoría que delega en el Gobierno, cada vez con menos contrapesos institucionales y de hecho más y más centralizado: y este es un proceso -sin duda con antecedentes- aceleradísimo en los últimos meses.
En el camino, a punta de calificar y/o descalificar la naturaleza democrática de valores, conductas, instituciones y procedimientos, se va diluyendo entre nosotros -y también en nuestras relaciones con el mundo, no lo olvidemos- el verdadero y complejo sentido que tiene la democracia, como régimen de gobierno y como forma de vida.
En sustantivos. Lo que me parece está en el centro de la confusión acerca de lo que se entiende como democracia es que dejamos de lado su esencia, lo que le da consistencia. De nuevo, la trampa está en la engañosa y popularísima idea de que la soberanía reside en el pueblo, quien la delega incondicionalmente.
No está de más pasearse por los escritos de quienes han trabajado el complicado tema de la vida democrática que, como Robert Dahl, advierten que "en ningún sistema es más probable la tiranía, que en una sociedad en la que el sistema constitucional y la ideología prevaleciente legitimen el poder constitucional ilimitado de la mayoría''.
La verdad es que muchas pistas indican que estamos transitando de una situación indeseable hacia otra mucho menos deseable. Venimos de una situación en la que se pervirtieron y diluyeron los contrapesos -ideas, conductas e instituciones- que a fin de cuentas son la única garantía de que en efecto sean atendidos los intereses y necesidades de la mayoría; pero ahora estamos andando hacia el extremo en el que se niega con lo dicho y lo hecho la necesidad de un arreglo social sustantivamente democrático. La sociedad venezolana es más diversa que nunca antes y como tal tiene ante sí el enorme desafío de aprender a asumir su diversidad democráticamente, de vivir y moverse entre el acuerdo y el desacuerdo, entre la autonomía y el control, entre mayorías y minorías.
Internacionalista.
Profesora Titular de la UCV
Economía Hoy, 24 de agosto de 1999