Humillados y ofendidos
Julia Márquez
Hace unos pocos días atrás desempolvé de mi biblioteca un viejo libro de Fiodor Dostoyevsky. Me llamó la atención el autor porque era el preferido de mi madre. Fue parte de mis vivencias de juventud aquellas largas interlocuciones sobre porque Dostoyevski era de los mejores escritores del mundo, acerca de cómo sabía plasmar las emociones y complejidades humanas incluyendo las expresiones más agudas del dolor y la desesperación. Debo acotar que ella no hablaba sólo de Dostoyevski sino también lo hacía sobre Joyce y Sartre. La literatura era parte de su vida, y para ella era natural compartirla con sus hijas, de hecho la edad no era un impedimento para que entablara un coloquio en una tarde taciturna de un domingo cualquiera. Esa era una faceta hermosa de mi madre, en aquel entonces, quizás no tan apreciada por mí como lo es hoy en día. Ahora entendiendo que gran parte de la poca o mucha cultura que tengo fue incentivada desde muy temprano por ella.
Cuando abrí el libro, memorias muy lejanas vinieron a mi, casi infantiles y sentí el impulso de leer una de las novelas que esa vieja edición contenía. Humillados y ofendidos es una de las primeras obras de este escritor ruso. Pero lejos de tratar de hacer una reseña sobre este genio que se debate de manera impresionante en su creación entre lo divino y lo monstruoso, con una sensibilidad y una narrativa excepcional que lo hacen trascender los años, que supo desahogar artísticamente su sensibilidad. De hecho lo que quiere referirme es a un pequeño pasaje del primer capítulo, aquel donde el autor describe aun personaje..."sus encorvados ojos, su cara de ochenta años, su aspecto cadavérico, su raído pletó, su sombrero redondo, todo abollado y roto...todo él chocaba a quien por primera vez lo veía"... Ese triste personaje descrito con más detalles me recordó a muchos humillados que uno ve caminando por estas calles Caraqueñas, bien lejos por cierto y a más de un siglo de distancia en el tiempo, siguen estando allí en otro escenario, más cruel puesto que es real. Están vivos, a veces llevan sobre los hombros el peso de años transcurridos prematuramente. No son sólo ancianos, sino niños pequeños con expresiones de hombre ya corridos, a quienes a veces uno no sabe si dar una limosna o más bien salir corriendo para no chocar de frente con esa problemática.
Y todo esto no lo traigo a colación como una simple reflexión, producto de memorias lejanas, sino por querer apartar de mi mente lo que ahora ocupa la primera plana de la prensa: la Asamblea Constituyente y su posición frente a los poderes públicos o la polémica de la democracia versus dictadura y la visión que de nosotros puedan tener en el exterior. Todo eso es bastante preocupante pero para distraer mi mente resulte meditando sobre otras disyuntivas tan graves y urgentes como lo son el hambre, el desempleo, la miseria y los niños abandonados. Y entonces recordé que en su primer discurso como presidente electo, Chávez prometió que no habrían más niños de la calle, se que 200 días no son suficientes, señor Presidente. Pero sinceramente espero que así como muchos venezolanos lo vieron comprometerse con su país, con los problemas que aquejan a Venezuela y en especial con los niños, no transcurra este período o el segundo o quien sabe cuanto tiempo y se sigan viendo esos rostros ojerosos y sucios, desesperados, y también seguramente humillados y ofendidos.