¡El Presidente está desnudo!

Felipe Torres del Olmo

¿Quién no ha escuchado últimamente a la gente afirmando cosas como estas? : "...a este Presidente si se le entiende cuando habla", "....este habla para el pueblo porque dice puritas verdades", "...este tipo es la reencarnación de Bolívar", y muchas otras expresiones parecidas. En días pasados, luego de uno de esos maratónicos discursos presidenciales un amigo muy apreciado me preguntaba: "¿Oíste el tronco de discurso del Presidente?"; yo le respondí con otra pregunta: "No pude oírlo. ¿Qué dijo?"; y mi buen amigo me contestó emocionado: "La verdad es que no se decirte lo que dijo, porque habló mucho... Pero eso sí, el tipo habló muy bien y citó mucho a Bolívar, por eso le llega tanto al pueblo". Mi amigo no podía recordar nada importante del contenido del discurso, pero la forma como el tipo habló le había impresionado. Pensando en semejante respuesta insensata ( que no por ser la insensatez de un amigo, deja de ser una insensatez ), no sé por qué recordé aquello de Sun Tzu: "Todo en el arte de la guerra está basado en el engaño... por esto, cuando eres incapaz, finge capacidad; ofrece señuelos al enemigo para hacerle caer en trampas...". Tampoco sé porqué recordé también aquello de Las 36 Estrategias Chinas: "Oculta la daga tras una sonrisa... Sírvete temporalmente de un héroe muerto para revivir el afectado espíritu del pueblo".

Nadie pone en duda que nuestro Presidente sabe conectarse con la gente, y sabe hacer buen uso de los medios para ello. Nadie pone en duda que sus intervenciones surten un efecto de encantador de serpientes en el pueblo. Sin embargo, ¡yo no confío en el Presidente!. No niego haber hecho un gran esfuerzo por brindarle mi confianza. Es más, ante esta enorme crisis de liderazgos auténticos quisiera confiar en las buenas intenciones de su liderazgo que tampoco nadie discute. Pero hay hechos objetivos que me lo impiden: Primero: Nunca he creído en la gente que habla tanto y hace tan poco. Simplemente me parece que la charlatanería es una forma de ocultar la propia incapacidad. El país está lleno de problemas. Son los mismos problemas viejos que más que resolverse se han agravado. El desempleo, la inflación, la salud, la inseguridad, la injusticia, el hambre, la educación, todas estas siguen siendo áreas prioritarias por resolver, pero el gobierno, en vez de gobernar, prefiere perderse en discusiones eternas, inútiles y absurdas sobre el tema constituyente. Segundo: Siempre me ha molestado la gente que para justificarse acude a los errores que otros cometieron en el pasado. Y ya esta bien de hablarle al país de los cuarenta años de robo y corrupción. De eso no vamos a sacar nada que no conozcamos. Tercero: Nunca he creído en la gente que fundamenta su acción en la agresión, la amenaza, la presión, la ofensa, y la intimidación. Tales métodos son característicos de patologías psiquiátricas dominadas por el resentimiento, la inseguridad, la inmadurez, y la prepotencia. Cuarto: Me molesta la gente que establece una familiaridad de fachada con valores y símbolos propios de la fe religiosa. El Presidente no pierde oportunidad para emplear la figura y el nombre de Dios y de Cristo para apuntalar su proyecto político. La fe se profesa en una permanente purificación interna donde se impone la humildad, el sacrificio, la devoción y las obras discretas pero ejemplarizantes. La fe no está al servicio de ningún proyecto político por más "bolivariano" que sea. Lo lamento, pero los iluminados y redentores de tribuna siempre me han parecido unos farsantes.

El Presidente deslumbra con una verborrea simple, pero eso sí, ilustrada. En cada aparición en público señala con el dedo a todos sus amigotes que le saludan desde el público; toma el cafecito recién colado por Martín Pacheco; soba la barriga a cuanto mandatario extranjero se consigue por delante, y no pierde nunca su mueca periquera. ¡Que tipo tan arrecho y tan simpático a la vez!. La gente esta desempleada, esta pasando hambre, esta muriéndose en los hospitales, esta temerosa de que la asalten o la maten en cualquier esquina, pero esta feliz con su Presidente. Y a mí, ante tanta euforia colectiva y desenfrenada, me pasa lo de aquel niñito del cuento de Andersen que ve pasar al Rey entre los elogios ciegos, maravillados y deslumbrados de sus súbditos por la exquisitez del invisible traje de oro y plata que aparenta exhibir, y grita ante el estupor de todos: ¡El Rey esta desnudo!.

(*) Sociólogo, Presidente de la Escuela Venezolana de

Administración Pública, y Director General de PROHOMBRE.

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