Meciéndome en un vaivén
Carolina Jaimes Branger
El vaivén va y viene y yo con él.
Cuando era pequeña, una de las cosas que más me gustaba era mecerme en el vaivén que tenía en el columpio de mi casa. La sensación de ver las mismas cosas de cerca y de lejos, cosas que iban y venían, me encantaba.
Hace poco, me monté en un vaivén con mi hija pequeña y me tuve que bajar, porque estaba totalmente mareada. '¿Cómo podía aquello haberme encantado a tal extremo?', me pregunté.
Hoy yo me siento de nuevo montada en un vaivén, y debo confesar que estoy totalmente mareada. La diferencia es que mi vaivén no está en un columpio. Mi vavién es Venezuela.
Cuando viene, de lejos, veo a un pueblo esperanzado por las promesas de un líder carismático. Cuando va, de cerca, veo ese pueblo como un polvorín a punto de estallar si no se cumplen sus expectativas.
Cuando viene, veo a una Asamblea Constituyente cuyas normas fueron consagradas por los venezolanos en el referéndum del 25 de abril. Cuando va, veo esas mismas normas violadas por la Constituyente que se originó en ellas.
Cuando viene, veo a una clase media preparada y apolítica que desea asumir su compromiso con el país, ante la convocatoria de un cambio que tanto ha deseado, y que la 'partidocracia' no le había permitido participar. Cuando va, veo a esa misma clase media frustrada porque es ignorada otra vez, como si ella no fuera parte del 'soberano'.
Cuando viene, veo las semillas de educadores como los hermanos Martínez Centeno, Augusto Mijares, Mariano Picón Salas, Guillermo Morón... Cuando va, veo las plantitas pisoteadas, arrancadas por mediocres que, cuando masificaron la educación, pensaron que cantidad era mejor que calidad. Y no se dieron cuenta de que en educación y en cualquier otra actividad humana la calidad es imprescindible.
Cuando viene, veo despejarse el escenario político de sus antiguos parásitos. Cuando va, veo los mismos vicios practicados por parásitos nuevos.
Cuando viene, veo en la Asamblea Constituyente a personas como Allan Brewer Carías, ponderadas, inteligentes, responsables, y me siento bien representada. Cuando va, veo en la misma Asamblea a otros que me recuerdan a los eternos felicitadores de Pío Gil, con sus retóricas enrevesadas, compitiendo por el primer premio de la adulancia, y en procura de asegurar su porvenir.
Cuando viene, veo al mundo de la cultura luchando por sobrevivir al caos. Artistas que trabajan 'con las uñas'. Cuando va, veo que la cultura, que es uno de los renglones que hacen grande a un pueblo, no representa prioridad alguna.
Cuando viene, veo a los grandes inversionistas atentos a las decisiones de la Asamblea Constituyente. Cuando va, veo a los inversionistas buscando otros países dónde invertir, porque aquí no hay programa económico ni reglas de juego claras, aunque lo jure de rodillas el ministro Giordani.
Cuando viene, veo lo afortunado que somos de no tener una situación similar a la que atraviesa nuestra hermana República de Colombia. Cuando va, veo a la guerrilla colombiana cada vez más infiltrada en nuestro país, y ya no clandestina, sino con rango de 'invitada a conversar'.
Cuando viene, veo planes que darían miles de empleos directos e indirectos (¿pero cuándo?). Cuando va, veo con angustia más de quinientos mil nuevos desempleados que tienen familias que mantener.
Cuando viene, veo a un partido de gobierno que se dice 'resteado' con los derechos humanos, 'tan pisoteados por las viejas cúpulas'. Cuando va, veo a un gobernador propiciando la anarquía entre el pueblo. Hasta el más monstruoso de los delincuentes tiene derecho a un juicio.
Cuando viene, veo a un líder con toda la potencia para encauzar al país por el camino de convertirse en el mejor país del mundo. Cuando va, veo a un mesías que no tiene claro ni lo que debe hacer ni para dónde va.
Mi esperanza es que en Venezuela lo que se imponga es lo que veo cuando viene. Y que dejemos atrás lo que veo cuando va.
Va y viene, mi vaivén, mi Venezuela.
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