La Segunda Guerra Mundial fue el choque total y contradictorio entre democracia, comunismo y nazismo
Carlos Nadal
El primero de septiembre se cumplen sesenta años del ataque alemán contra Polonia, comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Los 17 días que le bastaron a la Welir-macht para conquistar el país (la parte que le correspondía en el reparto previo acordado con la URSS) convencieron al mundo de que había comenzado una guerra distinta a las anteriores. La del "blitz-krieg", la guerra relámpago, en que aviación y unidades motorizadas llevaban la iniciativa y que fue abatida por la resistencia heroica de los rusos en Stalingrado. Esta guerra pronto fue un duro choque ideológico. Y se convirtió en guerra total.
Guerras ideológicas las hubo anteriormente. Las de religión entre los siglos XVI y XVII. Posteriormente las de la Francia revolucionaria contra las monarquías del antiguo régimen, de las que las napoleónicas fueron en cierto modo derivación. Por eso el emperador decía que sus soldados llevaban en la mochila las ideas de libertad e igualdad.
Incluso en la Primera Guerra Mundial los aliados decían combatir en favor de la democracia contra el autoritarismo monárquico de los imperios centrales, con el propósito un poco forzado de darle así a la contienda un sentido moral.
La carga ideológica de la Segunda Guerra Mundial fue enorme. Casi toda Europa, por conquista o alianzas, fue facistizada, nazificada. Era, en principio, la guerra ideológica entre totalitarismo y democracia liberal. Pero no le faltaron factores que se desdecían de este planteamiento simplificador. Por el pacto Molotov-Ribbentrop la Alemania nazi y la URSS comunista acordaron repartirse áreas en la Europa oriental asegurándose mutuamente la buena vecindad y la no agresión.
La ruptura de este pacto por Hitler en 1941 impuso la alianza de los occidentales con la URSS contra Alemania e Italia. Una cooperación traspuesta. Al entendimiento "contra natura" de Hitler y Stalin sucedía el del estado comunista soviético con las democracias occidentales por aquello de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos.
Algo no estaba en regla. Por eso el esfuerzo propagandístico se orientó en el sentido de dar prioridad a la lucha común. Y fue obligado vestir aquella alianza como lucha conjunta contra nazismo y fascismo, punta de lanza de la extrema derecha totalitaria. Pasaba por bueno lo de la URSS como "democracia popular". Al tiempo que Stalin, para movilizar a su gente, sobrepuso el interés nacional sobre el partidista. Era la "gran guerra patrió-tica".
Desde el proceso de Nuremberg, final ideológico de una guerra ideológica en que se había mantenido un equívoco también ideológico, quedó claro que otra guerra ideológica, esta vez entre los aliados occidentales y la URSS, iba a comenzar. Y duró casi cuarenta años: la guerra fría. Es decir, la guerra mundial ideológica en su segunda fase.
Sobre ser ideológica, la Segunda Guerra Mundial fue una guerra total. Por combatirse en un ámbito mundial, mucho más extenso que en la gran guerra de 1914 a 1918, consecuencia en ambos casos de la presencia en todo el mundo de los imperios coloniales. La agresión japonesa contra Estados Unidos, en el contexto de las ambiciones imperialistas niponas en toda Asia y el Pacífico consumó la mundialización del conflicto bélico.
Guerra total por la potencia moderna de los medios de destrucción y muerte de que fue muestra la batalla aérea de la Luftwaffe contra Inglaterra, que tuvo una réplica devastadora en los bombardeos aéreos masivos aliados contra Alemania de la cual el arrasamiento de Dresde fue símbolo por escasa diferencia con lo padecido por Berlín, Francfort y tantas otras ciudades. Sujeto de la guerra ya no eran únicamente los ejércitos, sino también, de manera aterradora, la población civil. Sometida al mismo tiempo a forzados y despiadados éxodos.
Las bombas atómicas que los norteamericanos lanzaron contra las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, finalizaron la contienda, justo en el momento en que con su explosión avisaban de que la guerra total había alcanzado ya las formas extremas de una pavorosa realidad.
Explicablemente, fue una comprobación que impidió que la posterior guerra ideológica entre el este y el oeste pasara de ser fría, es decir, de rearme nuclear intensivo como convincente disuasión para no emprender de nuevo un enfrentamiento bélico mundial. Lo cual no impidió que la guerra fría produjera o alimentara conflictos bélicos menores a los que proyectó su carácter ideológico.
Además de la guerra comunista contra Chang Kaichek, terminada con la entrada triunfal de Mao en Pekín, el 1 de octubre de 1949; la de Vietnam; la de liberación nacional de Argelia; o las revolucionarias de Cuba, que llevó al poder a Fidel Castro en 1959, y de Nicaragua y El Salvador entre otras muchas que han hecho de nuestro siglo uno de los más universalmente agobiados por el desastre de las contiendas armadas. A las que hay que sumar las guerras civiles y étnicas y la proliferación del terrorismo.
Ahora, sólo quedan flecos de todo aquello. Una China popular que ha de meter mucho ruido respecto al supuesto agravio de la separación de Taiwan y alardear ruidosamente de su potencia nuclear y balística para cubrir con el manto de un nacionalismo reivindicativo e hipersensible las tensiones internas resultantes de la renuncia ideológica y los desfases ocasionados por la progresiva integración en la economía de mercado.
Fidel Castro sobrevive a base de convertir a Cuba en tentación difícilmente evitable para la avidez del capitalismo exterior. Y Corea del Norte es la horrible prisión de un pueblo sometido a rigurosa dictadura y grave es-trechez.
Son residuos de la guerra ideológica total a la que ha sucedido el abatirse de ideas, fronteras y estados ante la globalización económica con el instrumento mundializador de la informática. La muerte de la ideología, se dice. Y hasta se vende como fin de la historia. Según lo cual se ha impuesto, al fin, lo más parecido a la dura ley natural que da o quita sus dones sin que quepa combatirla. Quedan, como supletorio para llenar el vacío, la sugestión de los nacionalismos y de las distintas maneras de integrismo.
A los sesenta años de las dos grandes guerras ideológicas, la Segunda Guerra mundial y la fría, los grandes imperios occidentales se han desintegrado, la URSS ha corrido la misma suerte, la era norteamericana, que comenzó en la gran guerra de 1914 a 1918, está en un óptimo momento y bajo este signo Europa elabora su unión.
La Vanguardia Digital (España), 29 de agosto de 1999