Sorna del pobre lector insuficiente

Ibsen Martínez

I ¿Quién nos protegerá de los lectores que "leen torcido"?

He estado durante un par de semanas tentado de escribirle al fraterno Elías Santana, pero me refrena el pensar que Elías es el ombudsman de los lectores y no puede servir a dos señores haciendo también de "defensor de los columnistas".

Sin duda un paladín de los columnistas haría falta, visto que abunda eso que, animado de la más franciscana ternura, llamaré "zopenco impertinente", ejemplo viviente de esa contenta barbarie que, al leer un texto, da por comprendida cualquier cosa que le pida el cuerpo comprender. Me refiero al tipo de lector "que cree haber entendido".

Tal vez decir que "abunda" no sea lo más acertado ni, desde luego, lo más justo. Me felicito al constatar que, en efecto, la mayoría es buena entendedora y que estos que se animan a escribir al director para consignar sus majaderías son, de entre todos los lectores lerdos de entendederas, apenas los más diligentes de puño y letra: son los grafómanos.

Me figuro que en un parpadeo de la atención de sus cuidadores, estos lectores -a quienes siempre imagino con la estampa de "Tontín", el enanito estólido de "Blanca Nieves" en la versión de Walt Disney- logran desatarse de la mata de guanábana a la que sus parientes los han amarrado en el corral de sus casas y corren a leer el periódico.

Si es sábado, topan con un artículo de Ibsen Martínez y la prisa que impone el correteo de sus captores, empeñados con toda razón en reducirlos y atarlos de nuevo a la mata de guanábana, sumada al resplandor enceguecedor de mi prosa, conspiran para que no logren entender nada del dichoso artículo.

Todo iría bien si no pasase de allí, pero la cosa tiende a complicarse cuando, como dije más arriba, Tontín nos resulta grafómano y da rienda suelta a su manía corresponsal.

II Se recordará que no hace mucho publicó El Nacional un artículo mío a propósito de la invitación que desde lo alto se hiciera a intelectuales simpatizantes del Presidente, y a la fanaticada chavista en general, a responderle a Mario Vargas Llosa.

En él no oculté mi admiración inconmovible por el arequipano autor de La Orgía perpetua y por su probidad intelectual, así no coincida yo en absoluto con lo que, a la distancia, él entiende que pasa en Venezuela.

Digamos que me ponía yo del lado del derecho a la libre expresión y de la tolerancia de las ideas adversas a las nuestras. Y me extendí en torno al igualitarismo máximo que, entre nosotros, no sólo allana, felizmente, toda diferencia social, sino que prescinde -ya no tan felizmente- de toda jerarquía de competencia.

Expresado de modo más grosero: estaba yo en la acera de enfrente de cierto chavismo gritón -adviértase que no todo chavismo es gritón-, del tipo que presume en Vargas Llosa un cagatintas en la nómina de Merryl Lynch. En la acera opuesta al maximalismo resentido, ese que divide a los escritores en "comprometidos" y "traidores", en "telúricos" y "decadentes".

Pues bien, sorprende advertir que hubo en Venezuela quien entendió todo lo contrario, a saber: a) que atacaba yo a Vargas Llosa a instancias del máximo líder, b) que por eso le llamaba "cagatintas", etcétera, y c) cualquier vaina que le vino en gana pensar.

En esto ha debido obrar lo suyo el hecho de que en primera plana apareció un llamado que rezaba "Ibsen Martínez responde a Vargas Llosa".

Presumo que sólo por ello hubo más de una amargadita de derecha, una despechadita del fracaso de Salas Rîmer que leyó el llamado en primera, salivó como un perro de Pavlov en presencia del cebo y corrió a escribir su correo al editor sin dispensarme la gracia de por lo menos leer mi artículo.

La vieja -porque la defensa propia impone suponer que la amargadita es vejancona, del tipo chancleteante y aromada de Vick VapoRub y gajitos de ruda y de bayrum- desfoga contra mí su ofuscada monomanía antichavista como si yo fuera cualquiera de los paniaguados del comandante, ni más ni menos que si fuera yo un Brito Figueroa.

Pero de todos los lectores majaderos quien sin duda alguna gana la palma es un compatriota llamado Carlos J. Soucre, para quien pido, damas y caballeros, un caluroso aplauso de bienvenida a estos los únicos quince minutos de notoriedad que seguramente habrá de gozar Carlos J. Soucre en lo que le reste de existencia.

Carlos es de los que no puede leer una frase equívoca sin conferirle inevitablemente el sentido literal. Me figuro que es el tipo de aguafiestas que arruina los chistes de gallegos exigiendo que se los expliquen de antemano. Quién sabe si es de los que pregunta: "oigan, esperen, ¿qué cosa es un gallego?".

En la "eironeia", esa "falsa o fingida ignorancia" que decían los griegos, Carlos ve siempre una afirmación paladina.

No, Carlos, no has entendido el párrafo anterior; vuelve a leerlo. ¡Vamos, otra vez, pero sin refunfuñar, Carlos, otra vez, tú puedes! Lo siento, Carlos, pero sigues sin entenderlo. Es igual, no importa: aquí tienes tu barrita de "Milky Way". Te la has ganado por el esfuerzo.

Ojalá mencionarlo en este artículo no obre en Carlos como eso que los conductistas llaman "refuerzo operante" y termine Carlos dedicando el resto de su vida a enviar cartas al director.

Desde luego, no me hago ilusiones, porque sé que la insuficiencia de los lectores como "Carlos el Ofuscado" los lleva a entender solamente lo que sus malas tripas les hace creer que entienden. Ejemplo: en mi artículo hacía yo un chiste volandero a costa de los dos Simones mentores intelectuales del chavismo "hardcore", Bolívar y Rodríguez.

Pues bien, el tontaina que nos ocupa lo tomó al pie de la letra y me reclama en su cartita una presunta falta de respeto a Rodríguez y Bolívar que, en todo caso, debería dirigir al chavismo doctrinario y no a mí.

Al igual que tanta gente que resiente el hecho de que observe yo el proceso "sin susto", para usar la expresión del padre Arturo Sosa, Carlos me llama "chavista", me echa en cara la pretensión de querer compararme con Vargas Llosa no siendo más que un ex libretista de telenovelas de televisión, dicterio este último que perseverantemente me echan a la cara quienes me aborrecen y que ya ni me escuece ni me desvela.

En fin, Carlos y los lectores como él, son candidatos perfectos para el programa de "comprensión lectora" que propugna el doctor Alfonso Quintero desde la Biblioteca Nacional.

III Pero no crea el amigo Carlos -¡ni nadie!- que escribo todo esto para aclararle algo a quienes es mejor dejar en su níbula de rustiquez contenta de sí misma, atados a la arquetipal mata de guanábana de sus prejuicios.

Con esta aparente soberbia pretendo más bien exorcizar un tentación frecuente en este fin del siglo de las masas: la de ser complaciente, la de escribir "sencillito" y predigeridamente, la de abstenerse de hacer distinciones, colar interpolaciones e interponer digresiones por temor a no ser comprendido por gente como la atribulada del Vick VapoRub.

Gente que aspira a que le ofrezcan la vasta complejidad del mundo servida en pantalla de 13 pulgadas, en colores primarios del espectro, por no decir en blanco y negro, y si posible en segmentos de siete minutos con pausas para la publicidad.

Todo conspira en los medios, bien lo sé, para hacernos condescendientes. Todo invita a discurrir en torno a no más de una única idea bien mondadita, sin piel ni huesos. Una idea simple y discernible por vez.

Me gusta pensar que estoy entre quienes se resisten a ser un columnista "user friendly", amigable con el usuario, tal como suele decirse de algunos programas de computación.

¿Suena ofensivo? Es nada comparado con lo que sin ninguna contención escriben y envían a la sala de redacción los lectores insuficientes cada vez que una idea los perturba, los irrita o les propone pensar. Sus mal reprimidas efusiones suelen resolverse en insultos, en inverificables e injuriosos juicios de intención que su frágil epidermis no soportaría si tuvieran que cambiar de lugar con nosotros solo por un día.

Así que esta mañana me he dicho que, por una vez al menos, ¡nada de miramientos con el lector papamoscas!: nada de "hacer inteligible" mi posición reduciéndola al extremo chavista o antichavista donde quisieran verme por la sencilla razón de que no ocurre nada en Venezuela que me tiente a tomar posiciones extremas.

Encuentro que la vida es así de injusta y linfática y renuente a dejarse reducir a fórmulas, querido Carlos, ¡qué le vamos a hacer!: hay tipos veleidosos e inconsistentes como yo.

Pero soy un demócrata y es tu turno ahora. Como diría Harry el Sucio: "make my day": anda, quita esa cara de estupor, suelta este periódico y corre a escribirle al director que soy un engreído, un grosero y un maleducado.

Carlos, ¿estás allí?

El Nacional On-Line, 28 de agosto de 1999