Primer aviso

Claudio Fermín

Las imágenes que observamos a través de la televisión el pasado viernes son las de un país que comienza a consumirse por la violencia. Hombres y mujeres humildes armados de palos para defenderse de agresiones de otros tan humildes como ellos. Mujeres policías afectadas por las bombas lacrimógenas que fueron lanzadas para ahuyentar a los manifestantes que protestaban lo que consideraan agresiones del oficialismo. Dirigentes políticos sudorosos trepándose por las cercas del Congreso en abierto desafío a la Guardia Nacional que les impedía la entrada. Autoridades policiales con marcado nerviosismo al tratar de contener el enfrentamiento entre sus funcionarios y el pueblo que se les encimaba apuntando al encuentro de alguna otra manifestación que respondiera a su reto. Cámaras y micrófonos instalados en la sede de la Conferencia Episcopal, que trata de servir de árbitro entre interlocutores que parecieran haber perdido el sentido de las proporciones. Un camión antimotines repartía ráfagas de agua y de bombas lacrimógenas sin ninguna direccionalidad, aparentemente en demostración de un nerviosismo que exigía hacer algo, cualquier cosa, para demostrar autoridad.

Lo que no podían reflejar las cámaras de televisión era el temor que iba llenando cada hogar venezolano, desde donde confundidos ciudadanos se percataban de que el país se le comienza a ir de las manos a muchos, al Presidente entre ellos.

Los despidos en masa se han vuelto rutina en todas las regiones del país; la economía exhibe su rostro de estancamiento: nadie compra, nadie vende, nadie consigue empleo; los servicios públicos se paralizan y hasta los proyectos con financiamiento ya asegurado, como es caso de la línea 4 del Metro, pasan a mejor vida; la situación en las cárceles empeora; los únicos que consiguen puestos de trabajo son los militares, quienes día a día colonizan el servicio público en una suerte de nuevo clientelismo. El Presidente viaja, el Presidente ataca, el Presidente es el personaje central, es el imán de todas las miradas y su popularidad lo cobija.

Sin embargo, el reclamo acumulado del pueblo pareciera ser desoído. Desde muchos frentes se escucha el clamor de los desempleados, pero los altos funcionarios dicen que es culpa del gobierno anterior. Desde cada pueblo se siente la desesperación por el crecimiento de la delincuencia y la inseguridad, pero el oficialismo se refugia en el argumento de que todo ha sido causado por los últimos cuarenta años. Articulistas de opinión expresan sus voces de inconformidad con la parálisis pública y el Gobierno en vez de oír, pretende gritar con más fuerza y es así como habla el Presidente por la radio, por televisión, inaugura el Presidente su periódico. La prensa internacional refleja lo que desde el país se transmite: desempleo, inseguridad, desconfianza, y expresa sus criterios sobre las propuestas de Chávez, entre ellas su proyecto de Constitución. La respuesta oficial es la misma: todo es una confabulación.

¿Podía una oposición disminuida generar todos estos conflictos que vimos en pantalla el pasado viernes y que no sabemos si se han prolongado después de haber escrito estas líneas? ¿No ha considerado el Gobierno la hipótesis de que sea su radicalismo y su pugnacidad lo que ha ido amellando la popularidad del Presidente y que la falta de respuesta en materia económica convirtió a masas delirantes en ciudadanos indiferentes a las protestas que se le hacían a los líderes del Gobierno?

La solución no está en la capitalización del descontento sino en la promoción de alternativas económicas y administrativas que hagan más eficiente la acción del Estado ante el petitorio público. He promovido una actitud de moderación que reconozca el compromiso del Presidente con el cambio y que deje sentada nuestra inconformidad por la ineptitud con que ese cambio se pretende promover, pero quienes protestan quieren más radicalismo y quienes gobiernan piensan que nuestra actitud es mezquina. De lo que se trata es de algo más serio y ojalá que estos lamentables eventos del fin de semana le hagan abrir los ojos a mucha gente empinada en la vanidad del triunfo y a otros amargados por el sabor de la derrota.

claudiofermin@hotmail.com