El bloque está roto

Luis García Mora

Los acontecimientos políticos ocurridos durante las dos últimas semanas parecen indicar, amigo lector, que de alguna manera se ha producido una delgada, pero peligrosa fisura en el monolítico bloque chavista que domina la Asamblea Constituyente, y muy importante, porque afecta el liderazgo de Chávez, que, en momentos como éste tan tormentosos, un presidente debe tener. Amenaza la conducción coherente y pacífica de los cambios profundos y radicales, en los que todos estamos involucrados, y amenaza a los cambios mismos. Esto es preocupante, porque cuando la capacidad de negociación política es precisamente lo fundamental para que estas transformaciones no se salgan de la ruta pacífica, tal capacidad de negociación no aparece en toda su dimensión. Pero hay más: se ha abierto la posibilidad de que, como bien advierte un veterano dirigente democrático, se produzca, si no una confrontación, sí una importante contradicción entre un organismo que tiene en sus manos todo el poder, como es la Asamblea Constituyente, y el último y único de los poderes constituidos que queda: el del Presidente de la República. Y esto sí constituye un inquietante signo de inestabilidad que, como sea, hay que evitar. Porque, como diría alguien: "El país puede ser gobernado por un Presidente, aunque carezca de oposición y esgrima continuamente una retórica autoritaria, pero no por una Asamblea tumultuaria".

Hasta ahora, el signo político cardinal del momento lo constituía, amigo lector, el anuncio del presidente Chávez, al conocerse el abrumador resultado de las elecciones constituyentes del 25 de julio pasado, de que se iba a convivir y no se iban a disolver las instituciones. Lo que significaba un viraje radical respecto a lo que anteriormente venía afirmando él mismo: Chávez anunciaba (oficialmente y contra todos los pronósticos) su decisión y por ende la de su partido, el Polo Patriótico, de convivir, de cohabitar, con el poder constituido. Y por ahí, en medio de la tormenta, discurrieron las declaraciones de sus más importantes voceros. Marisabel: "Disolver el Congreso es buscarse problemas que no son necesarios", y del propio presidente de la Asamblea, Luis Miquilena: "Jamás dijimos que nosotros nos íbamos a convertir en los administradores del cambio".

O sea, que tanto la Corte como el Congreso podían subsistir: no habría colisiones. Es más, el líder del MVR, William Lara, aseguró oficialmente que "el MVR aprueba la cohabitación con la Corte y el Congreso". "Disolver el Parlamento sería una muestra de soberbia". Y en el caso del Poder Judicial, Miquilena se apresura a destacar que "las precipitaciones no ayudarán a la Asamblea", por lo que exhorta a los constituyentes a "llevar la transición por el camino pacífico". Y en este sentido no hay dudas: el propio coordinador del MVR dijo que ese partido veía "con buenos ojos la designación de Cecilia Sosa Gómez en la Comisión de Justicia".

La cohabitación era (y es) primordial, decisiva: 1) porque, como indican algunos, con ella, luego de su triunfo abrumador, Chávez se desplaza hacia el centro político y se ubica en el único espacio que queda libre después de ocupar totalmente el mayoritario de la izquierda contestataria, intentando dejar sin argumentos a otros factores, como Franceschi, Olavarría, Fermín, Salas o Brewer; y 2) porque aplaca a la opinión internacional. Pero hay una tercera y más importante razón por la que Chávez no quería (no quiere) que la Asamblea tomara (y tome) decisiones radicales: porque ello significaría (y significa) compartir el Gobierno. Simplemente. Pero tal coexistencia pacífica es actualmente obstaculizada por la Asamblea. En cierta manera y hasta paradójicamente, la Asamblea se ha convertido (por primera vez) en un grave obstáculo para Chávez.

Es obvio, como dice alguien, que las opiniones de los radicales que piden que cumpla con el proceso anunciado antes del 25 de julio echan por la borda los planteamientos del Gobierno, como no disolver el Congreso y la Corte. La comisión presidida por Manuel Quijada, por ejemplo, sin pararle a Miquilena ni a nadie, claramente echó marcha atrás. De manera que las decisiones de la Constituyente van trasladando enormes y valiosas cuotas de poder a sus miembros, independientemente de que estos sean chavistas. Ya va a nombrar a los magistrados de la Corte, a sustituir en sus funciones al Congreso. "Y por ahí, si continúa protagonizando decisiones vinculadas a su carácter originario, se irá convirtiendo, cada vez más, en una institución suprapoder"; que se hará más y más galvánica con la destitución de gobernadores y el nombramiento de sus sustitutos o la designación de directores como el del INAM (ya Marisabel pidió declarar la emergencia en este instituto). Es decir, que la Constituyente va en la ruta de asumir responsabilidades ejecutivas a través del Presidente de la República y los ministros.

Chávez quería que se mantuviera en la Corte a Cecilia Sosa, y Miquilena, como su brazo ejecutor en la Asamblea, lo propuso y, además, que se mantuviera la Corte y que se relegitimara, para evitar una colisión entre la Corte y la Constituyente, del mismo tenor de la actual entre la Constituyente y el Congreso. Por eso, Miquilena planteaba la ratificación de la Corte. Chávez decide el 25 de julio que no hay que disolver el poder constituido para que él mantenga el control de la decisión política. "La Asamblea de alguna manera ha actuado con independencia provocando debates", dice un constituyente. "La correlación de fuerzas ahora se establece a partir de un tema específico". Uno de los dirigentes del MVR ha dicho que cuando filtran cinco, seis veces, la Asamblea, al final, sólo tienen 44 votos duros: un tercio de la Asamblea. La ausencia de instituciones políticas en su seno generó una dinámica, en la cual el reclamo de cuotas partidistas es obsoleto. El protagonismo sólo tiene posibilidades individuales. PPT y el MAS andan locos, no saben si es para la izquierda o la derecha. Cuando Leopoldo Puchi y Pablo Medina se tiran contra las líneas de Miquilena, contra la Corte y el Congreso, lo que intentan es protagonizar por la vía del radicalismo. Visconti es un radical, completamente al margen del mando de Chávez. "La Asamblea, actuando, obliga a compartir decisiones políticas con el Ejecutivo", es el comentario. ¿Qué Asamblea y Gobierno es lo mismo? No, no es lo mismo. Visconti defiende un radicalismo de derecha confrontado con la línea oficial. Quijada otro. Arias (y los 4 o 5 constituyentes que tiene) plantean una visión particular. Los independientes otra. Y luego el MAS y PPT otra.

Y si ya Chávez, amigo lector, como es evidente, acabó con AD y Copei (sin que ellos quizás aún se hayan dado cuenta), casi de manera relampagueante, que era el punto de coincidencia, de unidad total del Polo Patriótico, cuando ya esto (acabar con AD y Copei) no constituye más su punto de encuentro, cuando ya se cumplió, ¿cómo sigue el proceso? ¿Cómo y con quiénes se van a hacer los cambios?

Porque, sin dudas, amigo lector, el bloque está roto.

El Nacional, 29 de agosto 1999