Superanomia

Luis Barragan

El verbalismo de la revolución no nos resulta más simpático que el verbalismo conformista: más peligroso, suscita esperanzas y prepara caminos llenos de engaño, de quebraduras y sequedades (Emmanuel Mounier / Obras, tomo I, Laia, Barcelona, 1974, p. 387)

La rutina democrática no se explica sin el constante ejercicio de selección entre fórmulas diversas, contenidos y estilos, profundidades y banalidades que la vida misma va volcando y "arquitecturando'' en los espacios públicos. Conjurar los peligros de una creciente abstención, militantes decididos de la anomia que nos embarga, equivale a combatir la política como un mero espectáculo que sólo se alimenta de los aplausos de la hora, sin la más mínima interpelación en torno a la democracia misma. En la Venezuela de estos días, no está suficientemente arraigada la costumbre de votar, pues existen los trazos íntimos y secretos de un autoritarismo no desterrado definitivamente de nuestro horizonte cultural.

Cada quien defiende el derecho a la expresión de sus ideas o, mejor, a soltarlas si no comprometen demasiado, reducidos los costos mediante la habitual intriga, con absoluta distracción sobre el propio derecho de participar.

El sufragio es la culminación de aquellos criterios que van elaborándose según la información recibida, la percepción de nuestras experiencias y la interpretación de las ajenas, la serenidad y la cólera que logran sobrevivir a la enfática indiferencia que dice aliviarnos. Un momento que da cuenta de los otros momentos que informan una conducta pública.

Criterios que, desafortunadamente, no cuentan con el aval de nuestras vivencias inmediatas, pues, tienen por escenario esencial los grandes y estelares comicios políticos, los que obviamente gozan de los agigantados operativos de los medios audiovisuales. La asociación de vecinos, la junta de condominio, la comunidad educativa, el gremio profesional, sindical o empresarial existen, pero es mucho el esfuerzo, inmensa la carga, comprometedora la tarea de cumplir con una responsabilidad básica de la membresía: elegir no formar parte de la agenda cotidiana.

Así las cosas, no debemos temerle a los diferentes actos de votación que tenemos pendientes a partir del referéndum de abril. Ponerse de acuerdo cuesta dinero y, ahora, es demasiada evidente la hipocresía de quienes, antes, clamaban a los cielos por economizar en relación con el entendimiento público.

Hay que estar atentos a cada uno de los aportes de los constituyentes. El texto que resultará de sus deliberaciones no sólo ha de ser lo suficientemente novedoso para justificar toda la movilización política en la que se ha incurrido, sino debe responder a las expectativas de una ciudadanía que debe ser tal en el momento de votarlo. Y, después, relegitimar los poderes públicos, pero atención: las sucesivas faenas electorales no pueden sintetizarse en el fenómeno del portaviones, una faceta de la vida cívica groseramente simplificada que nos hartó en el pasado.

Hubo una intensa campaña de desprestigio descomunal ante la separación de las elecciones en 1998 que perdimos un dato fundamental: recuperar las agendas nacional, regional y local de la gestión pública. Y mal podemos, por el plazo impuesto en el acto de la Plaza Caracas por el presidente Chávez a los constituyentes, elegir a todas las autoridades del país, en todos los niveles, en un único día de votación. Sería tan absurdo como invocar la emergencia cívica y en esa u otra ocasión, con una sola boleta por delante, expiando viejas culpas, contrarrestando las antiguas apatías, caer en una suerte de superanomia: elegir a los conductores del condominio, de las juntas vecinales, de la comunidad educativa, del sindicato, del colegio profesional, del gremio empresarial, del club deportivo o recreacional, etcétera, en un único acto de redención ciudadana, para salir de todo de una sola vez, dirimiendo la historia en un contundente acontecimiento lleno de todas las energías necesarias para la supervivencia colectiva.

La política como espectáculo está alcanzando su punto culminante. ¿Quién duda que el país requiere de una urgente y necesaria ola de transformaciones? Pocos, ciertamente, y tamaño consenso no puede naufragar. Hay una liberalización anunciada de lo político que esconde los cimientos de un autoritarismo pragmático, resueltamente utilitario, con perfiles rousseaunianos que imposibilitan la efectiva ciudadanización de los espacios públicos. Y esto lo saben hasta los entusiastas promotores del protagonismo de la sociedad civil que, a pesar del discurso antipartidista de años, resultaron barridos por el chavismo, sea o no de la originaria estirpe quintarrepublicana.

Abogado
luisbarragan@hotmail.com
Economía Hoy, 30 de agosto de 1999