Jesús Rosas Marcano
La inhumación de Guzmán Blanco en el Panteón Nacional cumplió con eficacia uno de los propósitos de la prensa: la función distractiva. El acontecimiento permitió a escritores y periodistas comunicar sus pareceres acerca del "Autócrata Civilizador". De la prosa cotidiana de su vida caraqueña, consignada en el menudeo periodístico de la época, pongo al sol esta colcha radiográfica.
Como Ulises, pero a espuela batida, entra Guzmán a Caracas, en abril de 1870. Sus ángeles exterminadores no son Eumeo, Filicio y Euriclea; son Matías Salazar, Luciano Mendoza, Desiderio Escobar. La orden: ¡Arranquen de su escondite a los "Lincheros de Santa Rosalía" y entiérrenlos en La Rotunda!
En un plan de emergencia, 800 obreros construyeron el Capitolio Federal en 90 días. Los sedujo para que trabajaran durante la Semana Santa con la paga de tres jornales por día. La plebe amorfa se introducía en las habitaciones horadadas del convento para verificar la vida monacal. ¡Y se bañan con regaderas! ¡Y nosotros a pura totuma y palangana!
En las ruinas del templo de San Pablo, el cura de la iglesia, Benito Cardozo, le nombraba la madre a Guzmán hasta en oraciones. Fray Carlos Arambide, pide a Guzmán Blanco de no tocar nada mientras el padre Cardozo esté dentro. -Entendido. ¡Pero dígale a ese sotana verde de Cardozo que mi mujer se respeta!
Las estatuas que se hizo levantar, "El Saludante", frente a la universidad, y "El Manganzón", en la colina de El Calvario, fueron convertidas en "adoración perpetua". En la boca de los fusiles que les servían de seto, ponían durante el día jazmines Malabar, musulmán; éucaris cándida, con los que vistió Adolfo Ernst los jardines de El Calvario, y por las noches, velas alumbradas. Era el culto al "Padre de la Patria Nueva", como anotaba en su Geografía elemental, Asa Smith, maestra de escuela, hija del legionario y traficante Guillermo Smith.
Por la madrugada reponían los estudiantes de la universidad sus graffiti: ¡Abajo la tiranía! ¡Guzmán, asesino de Zamora! ¡Muera Guzmán! ¡Mazorquero de Buenos Aires! González Guinand condenó esas burlas que hacían de las paredes "papel de la canalla". Le respondió un tipógrafo de Valencia, Francisco de Paula Salas: "Los muros de la ciudad son el papel de los pueblos oprimidos".
Volvieron los estudiantes y arroparon al "Saludante" con una cobija mugrosa calada; le pusieron un sombrero de cogollo y un manduco en la mano.
Cuando Guzmán paseaba para contemplarse en su plaza, los estudiantes se daban gusto pitando al original. Guzmán diligenciaba el paso. Pero el pobre "Saludante" no podía hacer lo mismo. El caballo andaba y andaba, y siempre estaba ahí. Eso lo vio Santiago Key Ayala.
Decapitado "El Saludante", los estudiantes le regalaron la cabeza al general Crespo; no en bandeja de plata como obsequió Herodes a Salomé la cabeza del Bautista, sino en un pequeño saco de pita lavada. Y Crespo: -Gracias por el honor. Dénsela a Rojas Paúl, el animador de esas glorias.
Al clausurar todos los cementerios que existían en Caracas, Guzmán Blanco democratizó la muerte en Tierra de Jugo con el Cementerio General del Sur. Cuando murió Cecilio Acosta, se empeñó en inaugurar la estatua de Miguel Peña en Valencia para sustraer a su burocracia del entierro. Con la última palada de tierra, dijo el presbítero José León Aguilar: -¡Ese que está ahí no inclinó jamás la frente ante ningún tirano! Y ¡zuas!, le echaron guante al doctor Aguilar para una breve temporada en La Rotunda y luego un exilio de seis años.
A los golpes de las campanas de Santa Teresa, el pueblo les puso letra. ¡Papá Guzmán! ¡Papá Guzmán! Y al "burro negro", cañón de Año Nuevo, como a sus dos parientes, el pueblo les dio nombre cantado en murga: "La cochina", "la verraca", "la casaca de papá... Guzmán".
Guzmán trajo de Francia los excusados de agua: pocetas de porcelana, acunadas en tronos de madera, incitaban al sueño. Trajo un barrido mecánico. Un aparato tirado por un caballo. Trajo una lavadora mecánica. La gente no le paró y siguió con sus tusas y costillas de vaca.
Los 18 años de gobierno de Guzmán, ya en jolgorio popular o en sarao palaciego, fue una larga fiesta. El perraje comía tasajo, puerco ahumado, morcilla; bebía guarapo fuerte, y toda hierba en ron; y bailaba hasta el agotamiento. La gente bien comía jamón de York, gelatine de dindonneau, foie gras; y bebía caldos de Reims, Sauterne, Chateau de Yquem. Y bailaba también. Joaquín Barnola vendía en "Mi Despensa" el "Gran Vino Guzmán Blanco" de las cavas de Burdeos (en esas cavas lo mandaron a embotellar sus adulantes de élite). La clientela guillada anotaba quién lo compraba y a quién lo regalaba. El obsequio representaba la exquisitez de la adulancia.
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El Nacional On-Line, 30 de agosto de 1999