Un golpe civilizado

Roberto Giusti

La idea del golpe lento, del golpe suave, del golpe envaselinado, del golpe con efecto retardado o del golpecito, un pasito atrás y otro adelante, hasta coronar, de a poquito, la cima del poder total, resulta irresistible en este pasaje del primero tiempo de la Nueva Epoca y la Sexta República. La otra idea, aquella según la cual la dinámica desatada por el proceso revolucionario sobrepasa las barreras del lenguaje para convertirse en una realidad que hasta ahora solo exista en los humeantes discursos del presidente, lo es mucho menos, por complementaria.

Por ahora sólo se escapa un humito tenue y nadie se da por enterado. El tránsito insensible del Estado a Derecho al estado constituyente, que se consuma con la caída de los últimos obstáculos que separaban al presidente de la condición de dictador, ha sido feliz y casi totalmente pacífico. Las mujeres dando palos en la avenida Universidad y los tubazos contra Marín han servido, apenas, para saciar la necesidad de imágenes de los medios, sobre todo los internacionales. Imágenes engañosas pero ciertas, porque si aquí parece que no está pasando nada, a no ser un ajuste de cuentas con los corruptos, si lo semáforos continúan sin funcionar, el agua sin salir de los grifos, los niños de la calle en la calle y los soldados en los cuarteles, en el resto del mundo están mirando las cosas de otra manera.

Claro, no salieron los Bronco a bombardear la sede de la Alcaldía, ni las tanquetas sustituyeron a la ballena en la Esquina de Monjas. No hubo batallas campales, ni combates en La Carlota, furibundos ataques contra La Casona o liberadores saqueos en el Central Madeirense. Y, además, faltaron los muertos, lo cual demuestra que estamos asistiendo a un golpe en normalidad, es decir un golpe anormal, un golpe, y eso sabrá agradecérselo la historia al presidente, en paz.

Detalle que hace una diferencia tan grande, luego de siete años de ejercicios espirituales y de una prédica que nos fue adecuando y educando para afrontar el gran momento con este talante desaprensivo, que el golpe, a diferencia de lo que nos enseña la tradición, ya no es un golpe cívico militar y ni siquiera cívico a secas, sino un golpe civilizado, lo cual es ya bastante decir.

Tan civilizado que nadie abre la boca y no vemos al presidente de Fedecámaras, no digamos al del Congreso, al de la Cámara de Diputados o de la Asociación de Ganaderos, levantando su voz indignada a los cuatro vientos para denunciar la supresión de los poderes públicos y de la libertad, la cual, por otra parte, aunque no sea utilizada por los interesados, o los perjudicados, aun está en vigencia. ¿Quiere usted una muestra más fehaciente de civilización?

Bueno, podría decir un optimista, todavía el Congreso no ha muerto, la Corte, intervenida, sigue funcionando y en breve podremos decir, con Silvio Rodríguez, la vieja trova y la nueva Constitución, que la era está pariendo un corazón. El problema es que, por ahora, la señora no dilata y de la criatura, no se diga el primer artículo, ni siquiera asoma el preámbulo en esa sala de partos en que terminó convertido el hemiciclo de Senadores con una partera embebida en el ardor revolucionario y algunos émulos nativos de Robespierre en éxtasis total de alumbramiento trascendente. Pero eso no importa. Ya dimos el salto, ya rompimos el celofán, ya perdimos la viriginidad y, como dice el presidente, no hay vuelta atrás. Un poco desilusionante, de todas maneras, porque ¿esto era todo?

El Universal Digital, 31 de agosto de 1999