Sobre el milenio y el pueblo soberano

Juan Liscano

I Según cálculos, este milenio cristiano ha resultado tan sangriento, revoltoso, desordenado, destructor, como el que se extendió entre el hundimiento del Sacro Imperio Carolingio, en 843 y al advenimiento del régimen feudal en el siglo X.

Se habla en este fin de milenio, de 1999, de todo, sin orden ni concierto. Estamos cruzando el siglo de la cibernética, pero también de la aviación, la electrónica, las redes audiovisuales, del monólogo repetitivo, de las palabras tecnoindustriales, del vocabulario para jóvenes, del vestir mal vestido, de la autonomía que confiere al disco, a la cinta, al vehículo, poderes genuinos, del consumo cuantitativo con calidad rebajada, de la masificación, de las megafusiones, de la obsesión acumulativa del dinero. Hablar de amor consiste en asimilarlo a la sexualidad, y ésta al libertinaje. Nada está en un sitio propio, sino desertando, divagando, inventando, imaginando. Se va y se viene en turbamulta. Cada ciudad es un trabalenguas. Se vive de segundo en segundo. Todo es novedad mentida. El amor constituye una fuga en redondo. Se oyen los mismos pasos. Nadie logra ser. Sobresale una verdad leída por mí en 1965: "El instinto de vida que regía sobre el amor es hoy, instinto de muerte. Nadie está consigo mismo sino forma parte de una disociación alucinante que multiplica los efectos de desorden, de vagancia, de errancia, de moverse sin ton ni son, salvo en esas impresiones televisivas sin cabeza ni pie, como juguetes de piñata regándose por el patio".

II El anterior introito, no tan deshilachado, termina con el milenio de la bomba atómica y los venenos bacteriológicos. Están allí los arsenales, y en todas partes estallan guerras civiles, guerrillas, cismas, divisiones, nacionalismos primarios que uno creía enterrados con el nazismo, el comunismo y el fascismo. Por lo contrario, parte del mundo se asignó el reparto de otras partes del mundo y el tronerío de los bombardeos predicen las matanzas nacionalistas por venir, en espera de la gran guerra mundial en la que se extinga el llamado homo sapiens. Desde hace 30 mil años el homo sapiens impera, sin rival, en el mundo. Sus rivales lo constituyen sus propias disociaciones y divisiones, afanes de conquista y dominio del dinero.

Treinta mil años de existencia terrífera es muy poco. Sobre todo entre homicidios, guerras, conquistas, acumulación de dinero y de armas mortales. Se piensa en las faunas, vegetaciones, monumentos que recuerdan la grandeza de Egipto, Mesopotamia, Sumeria, Babilonia, Armenia. Todo ello quedó borrado entre 4.000 y 5.000 años. Las historias de esas civilizaciones primeras no dejaron sino vestigios. La vida tomó otras rutas. La presencia de Occidente señaló otro triunfo. Su aporte fueron el racionalismo y la ciencia. Pero en sus inicios, cuando el cristianismo nació en Judea, el pensamiento religioso judío abrió sus misterios místicos a la historia de Jesús, cuya grandeza no se mide por hazañas guerreras o invasiones, sino por una proposición inaudita hasta ese momento, de hacerse de amor para ganar vida y muerte. "Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo".

Es posible que cuando se acerque el fin de la humanidad, por lo menos de estos sucesores del neanderthal, desprovistos de espiritualidad ahora, ganados a la causa materialista, verdaderos autómatas de una civilización ella misma automática, en la que se mezclaran "clones", "robots", gente y "cyborg" al amparo de la metatécnica, cuando advenga una nueva era de regreso a valores que devolverán al ser humano sus poderes anímicos y espirituales, embargados por el industrialismo, la tecnología, el consumo rapaz y la producción serial.

Cabe preguntarse si habrá otras vías de realizarse para los hombres, quienes persiguen hoy una finalidad sin proyección trascendente, regida dicha proyección por un sentido o bien de persecución de las leyes físicas, el perfeccionamiento técnico y el dominio del planeta, o bien perspectivas otras, sea con calidad de regreso a la vida interior, sea con un sentido moral exaltador. Caben hoy en día, todas las preguntas y respuestas.

III Las Américas ya no son esperanza, ni en su desarrollo truncado ni en sus relaciones con la América del Norte donde la mezcla de etnias y la pobreza ofrecen una fachada de barroquismo y una realidad filosa de riqueza ya no fundada en la propiedad privada y el trabajo individual, sino en una concepción unilateral de producción y consumo obligatorio, las más diversas formas de megafusiones y torsiones financieras.

De Venezuela, capitanía fundada por la monarquía con la finalidad de controlar el Lago de Maracaibo, en 1777, tan sólo se puede evocar las glorias de Bolívar, derrotado por los mismos venezolanos de Páez, exiliado, menospreciado, fallecido en tierra extranjera, luego endiosado por una historia un tanto fantasiosa, finalmente seudorreencarnado en la aventura mágico-religiosa que estamos viviendo con un temor justificado.

El Nacional On-Line, 31 de agosto de 1999