El último acto valiente de un cobarde

Johana Linares

Quizá hoy como nunca los 30 y casi 30 añeros hemos estado siguiendo los acontecimientos de nuestro país con afán; donde todos debemos hacer la misma tarea, y hacerla bien, estar informados al detalle de lo que acontece en este último semestre del milenio, descarga de acontecimientos que marcaran hito en la historia de Venezuela de profunda cadence.

Para algunos las noticias le llegan comentadas y bien digeridas a través de la internet; otros conversamos de los sucintos en el trabajo, o donde sea; cualquiera está en las colas del metro distraído conversando mientras espera, y allí en esas tertulias de una u otra forma encontramos las mejores soluciones para la coyuntura por la que debemos atravesar todos juntos.

Pero a lo que decimos: uno, dos y tres vamos; algunos no llegan al dos, otros ni al uno cuando ya se han pegado un disparo simbólico o se han lanzado de un puente virtual o han simplemente inhalado gas irresponsable. Se han visto esta semana muchos matices de suicidios, todos suicidios de responsabilidad, para esas personas no hay velorio, por que decidieron aniquilar su conciencia y seguir adelante con un alma expatriada, sin leyes, sin políticos, sin congreso, sin líderes, sin palabra.

¿Por qué se desespera esa generación Gerber y decide ese fin antes del inicio? ¿Por qué nos estamos dando la espalda a nosotros mismos? Temo que todos sabemos la respuesta y que quizá vengan más suicidios y hasta homicidios de responsabilidad.

Mi punto está en que, no es cierto que el suicidio es el último acto valiente de un cobarde, es el único acto que hace ese cobarde; porque antes podía haber pensado, planteado, o inventado salidas a su desesperación. Pero vaya que es cobarde el que no soporta escuchar a su conciencia decirle, "hagamos algo definitivo para moldear el cambio por el que Venezuela esta pasando ahora mismo". El pánico que deben sentir esos torturados de la eternidad como son los suicidas de la responsabilidad mientras deciden entre decir en coro "uno dos y tres", o hacer la bobería romántica de dejar deudos a sus compañeros de tertulia, a los analistas improvisados del metro, a la señora de la panadería que les esperaba oirle comentar alguna noticia que ella no alcanzo a leer o ver; ese pánico seguro que tiene cura. Parece entonces que la generación Gerber está más enferma mentalmente de lo que se sospechaba.

No quiero escuchar a ninguno de los de esta colegiatura de responsables decir: "velemos al amigo irresponsable que se cortó las orejas y murió desangrado, que se saco los ojos y sufrió en su agonía, que se dio la espalda cayendo por un barranco de ignorancia y desidia donde se lo comieron los vivos, pobrecito". No quiero, por que en ese infierno donde penan los cobardes que han asesinado a su propia conciencia, hay más vivos que muertos.

johanalj@cantv.net