Venezuela: de "Punto Fijo" a Chávez
Maite Domec Sanoja
La democracia venezolana data del 31 de octubre de 1958, fecha en que los líderes políticos Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, firmaron el "Pacto de Punto Fijo". Este resultó ser un instrumento no democrático de regulación, mas no solución de conflictos, al excluirse del proceso, por ejemplo, al Partido Comunista (principal motor de la clandestinidad que había llevado a término la dictadura de Pérez Jiménez) y legitimarse el uso de "mano dura" para asegurar la existencia de una democracia pactada entre élites. Los primeros años del régimen pseudo pluralista se caracterizaron por el gobierno "à la Robespierre" de Betancourt, quién escudándose detrás de las palabras del político francés sobre la necesidad de medidas excepcionales en tiempos excepcionales, justificó las arbierariedades y la política McCarthista de su quinquenio.
Desde ese momento, ha existido una democracia bipartidista e inconclusa; se han verificado periódicamente elecciones generales, la transferencia del poder se ha llevado a cabo pacíficamente, se ha respetado la libertad de expresión. No obstante, bajo esta aparente madurez democrática, se esconde una realidad muy distinta a la promovida por Dahl o Held en lo que a participación y derechos económicos respecta. Por ser implantada la democracia venezolana, no ha habido un proceso real de democratización, ni mucho menos de consolidación del sistema, contrariamente a lo que comúnmente se ha afirmado.
Los "cogollos" partidistas se reservaron la gestión y defensa de la democracia. La sociedad civil fue sutil y efectivamente aislada del proceso de toma de decisiones y se le compensó con las dádivas del petróleo de la Venezuela Saudita. Se limitaron los canales de expresión y se desviaron la participación política y la articulación de intereses a los intrincados laberintos de las jerárquicas estructuras partidistas, creándose así un sistema cuasi corporatista. Al estallar la burbuja de la abundancia comenzó el lento despertar de una nación que había vivido manipulada y ajena a su propia realidad, una realidad de ineficiencia democrática, institucionalización de la corrupción, absoluta indiferencia al constante deterioro del nivel de vida y pérdida de la credibilidad en los partidos políticos y sus representantes.
Estos son los antecedentes del surgimiento de Hugo Chávez. No recibió apoyo cuando tomó las armas, lo hizo cuando se apegó a las reglas del juego democrático. Hugo Chávez no usurpó su cargo, lo obtuvo por voluntad del pueblo, en quién reside la soberanía. Tampoco impuso la Asamblea Nacional Constituyente ni gobierna a su libre albedrío desde la Primera Magistratura. La coyuntura política actual refleja la voluntad mayoritaria del electorado, comprobada a través de una serie de referenda, en los cuáles han votado tanto seguidores como opositores a las reformas. Y si de estadísticas se trata, basta con analizar los niveles de abstención electoral en las democracias más avanzadas del hemisferio norte, para observar que las cifras electorales en Venezuela distan mucho de ser alarmantes.
Asistimos a una redefinición de las relaciones Estado-Sociedad civil al permitirse e instar a ésta a asumir su rol participativo, requisito sine qua non de toda democracia. Por ende, está teniendo lugar un sincero proceso de democratización originado en las circunstancias históricas y las necesidades del país. El tiempo dirá si la elección de Hugo Chávez fue para bien o para mal. Sin embargo, antes de criticar e insultar a diestra y siniestra este interesante experimento republicano, sería recomendable que personas de la talla de Mario Vargas Llosa, reflexionen, abracen la objetividad y se acerquen un poco a la realidad de un país que posee las mayores riquezas petroleras fuera del Medio Oriente pero cuya población, en un ochenta por ciento, está sumida en la pobreza. Un país que merece respeto en su búsqueda de un modelo propio de democracia participativa y no elitista.