Primero la Sentencia

Carlos Armando Figueredo

Las obras de Lewis Carrol están llenas de enseñanzas que nunca pierden vigencia. Así, Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas y su secuela, Detrás del Espejo y lo que Alicia vio allí no son simples cuentos infantiles para ejercitar la fantasía de los niños ya sea a través de la lectura o mediante sus versiones cinematográficas o televisivas. Se trata, en realidad, de trabajos literarios y filosóficos para adultos, de cursos muy serios acerca de la comprensión de la realidad, con exposición de reflexiones profundas acerca del espacio y del tiempo, con ideas acerca de dimensiones hasta hace muy poco desconocidas.

Algunos de los diálogos de Alicia, la niña que logra despertar en sus sueños, desprendiendo su espíritu de su cuerpo, en maravilloso viaje astral, nos hacen pensar igualmente en otros diálogos y monólogos de grandes obras de la literatura universal. Hay algo del Quijote, de la Vida es Sueño, de Gulliver, de Niels Holgerson y de otras tantas obras que muchas veces se aprecian superficialmente, sin lograr entender lo profundo de sus pensamientos con vigencia eterna. En las palabras de Alicia a veces uno aprecia la sabiduría ingenua de un Sancho y la tranquila angustia del ingenioso hidalgo.

En estos tiempos de derrota del derecho y la justicia, de brújulas enloquecidas que no apuntan hacia ningún valor, cuando la única meta alcanzable parece ser la de destruir todo lo que sea distinto a lo que uno cree ser, me vienen a la mente unos diálogos de las Aventuras en el País de la Maravillas. Se dan con motivo de un juicio absurdo por el delito, también absurdo, de pintar de rojo unas rosas. Toda la parafernalia formal de una corte de justicia aparece en la escena: juez, acusador, defensor, testigos, jurado. Presente está, pero como realidad virtual, todo el andamiaje de un juicio conforme a derecho. Pero ocurre, de repente, que el Rey, quien es algo así como un escabino, o más bien un juez asociado —no hay que olvidar que se cuenta con un jurado— pide, por enésima vez, que el jurado considere su veredicto. La reina, juez absoluto, que reúne todos los poderes, cual Constituyente originaria —¡oh pobre Montesquieu!— grita enfurecida "¡No, no, primero la sentencia, luego el veredicto!".

"Primero la sentencia, luego el veredicto" no es algo exclusivo del mundo de Alicia. Lo vemos con frecuencia, a través de toda la historia, en la administración de justicia. En Venezuela, uno se pregunta si ello no es más bien la regla. Aclaremos que la sentencia es el dispositivo del proceso —penal en este caso— mediante el cual, cumplidas todas las etapas, con todas las garantías, se concluye sobre la inocencia o la culpabilidad del sujeto juzgado, cuando le tocó a un juez conocer del proceso y decidir. Las consecuencias, en el caso de reafirmación de la inocencia —después de todo ésta se presumía ¿no es así?—: es la libertad definitiva del enjuiciado; y en caso de condena: es la aplicación de la pena prevista por la ley . El veredicto, en el juicio con jurado, tiene algo de la sentencia anterior: la reafirmación de inocencia o determinación de culpabilidad. Difiere de la misma por el hecho de que el jurado no sentencia, en sentido estricto, sino que, con su veredicto, obliga al juez a pronunciar la sentencia. En el juicio del juez, puede considerarse veredicto a todo el razonamiento que lo lleva a sentenciar, según lo alegado y probado en autos y conforme a derecho. El jurado, por su parte, con su veredicto, lo que hace es pronunciarse, igualmente de acuerdo con lo alegado y probado en autos, bajo la guía del juez pero tan sólo en cuanto a los puntos de derecho aplicable.

Ahora, ustedes me dirán: ¿qué tiene que ver todo esto con el episodio de Alicia en el País de las Maravillas?. Les diré que mucho. Sentenciar primero, antes de que haya un veredicto, es simplemente decidir de antemano, por cualquier razón que fuere, política, de corrupción, de falta de independencia, de temor etc. Con cuánta frecuencia hemos visto en nuestro país, tanto durante la "corrupta" democracia como en la "impoluta revolución" de la Quinta República cómo se condena antes de que se haya iniciado el juicio. La sentencia, ya sea movida por el ideal revolucionario que nunca está errado y que va a borrar todo rastro de corrupción, o por la propia corrupción de cúpulas con poder o de jueces, se pronuncia primero. Después vendrán las consideraciones, en escritos formales que no son sino ropajes turbios que ocultan la injusticia.

Por cierto, el episodio narrado culmina con las siguientes palabras de Alicia: