Ha perdido consistencia institucional, pero ha ganado intensidad emocional. Ya no hay una familia con mayúscula
Juan-José López Burniol
Hobsbawm ha escrito que la verdadera revolución del siglo XX es el desmoronamiento del dominio que el varón ha ejercido sobre la mujer desde el principio de los tiempos, es decir, la liberación de la mujer, que ha terminado -en los países avanzados- con una dominación patriarcal milenaria, no sólo en las capas sociales altas, donde siempre fue menor, sino en todas. En este proceso de liberación pueden distinguirse tres etapas: en la primera, con la introducción de la profilaxis antiséptica que redujo las fiebres puerperales, la mujer ha pasado de tener una esperanza de vida mucho más corta que la del varón, a superarlo en una media de 10 años. En la segunda, iniciada a raíz de la Guerra Europea, la mujer ocupó los puestos de trabajo que el hombre había tenido que abandonar a causa de su reclutamiento, de manera que esta integración laboral irreversible se ha convertido en el presupuesto básico de su emancipación. La tercera etapa, iniciada en los sesenta con la expansión de la píldora anticonceptiva, ha permitido a la mujer controlar su embarazo, lo que -juntamente con su proyecto laboral propio- le posibilita organizar su vida con autonomía.
A causa de este proceso, ha entrado en crisis irreversible la configuración patriarcal de la familia, caracterizada por implicar una autoridad de los hombres sobre las mujeres y sus hijos, impuesta por las instituciones en el seno de la unidad familiar. Esta crisis se manifiesta en la frecuencia de divorcios y separaciones y en la dificultad, cada vez mayor, para hacer compatibles matrimonio y trabajo. Lo que, unido a factores como el envejecimiento de la población y las tasas de mortalidad diferentes según el sexo, provoca una variedad creciente de estructuras de hogares, con lo que se diluye el predominio del modelo clásico de la familia nuclear tradicional (parejas casadas en primeras nupcias y sus hijos), proliferando los hogares unipersonales y los de un solo progenitor.
Ahora bien, la crisis de la forma clásica de familia no significa en modo alguno el fin de la familia. Ya que en el desarrollo histórico de las sociedades, como recuerda Inés Alberdi en “La nueva familia española”, no hay sólo valores buenos contrapuestos a valores malos. Hay muchos valores buenos y legítimos contrapuestos entre sí y tenemos que optar entre ellos; y, al optar, muy a menudo hemos de dejar de lado valores también legítimos. En este sentido, observa Alberdi que, aun entendiendo las quejas de los grupos que han perdido poder a causa de ello, cabe entender aún mejor e identificar como más legítimos y progresistas los intereses emergentes de las mujeres, que imponen -con el cambio de sus pautas de comportamiento y sus nuevas prioridades- una transformación fundamental que influye en las familias e incide en la sociedad toda.
Es inexacta, pues, la idea de la quiebra de la familia a causa de la modernización social y económica, pese a contar con una tradición bastante larga en ciertos círculos de científicos y críticos sociales. Como observa Lluís Flaquer en “El destino de la familia”, todas las encuestas coinciden en señalar que la familia es uno de los valores que más aprecian los ciudadanos. Y estima que el creciente prestigio de la familia en nuestra sociedad viene dado por la mayor necesidad psicológica que tenemos de ella, que aumenta a medida que sus miembros se individualizan y su intensidad institucional se desvanece. En cualquier caso, ya no es posible ni deseable el retorno al régimen patriarcal. La familia ha perdido consistencia institucional, pero ha ganado intensidad emocional. Ya no hay una familia con mayúscula, con un patrón normativo único, pero existe una pluralidad de familias con minúscula, formadas por personas que creen que esta aventura vale la pena y que se organizan según su leal saber y entender.
Quizá parezca, a primera vista, que toda esta mutación carece de un claro reflejo jurídico, pero no es así. Encarna Roca acaba de publicar un libro innovador sobre el tema: “Familia y cambio social”. Se trata de la propuesta de afrontar el estudio de las instituciones del derecho de familia partiendo de una constatación inicial, que la autora dice deber al profesor Fernández de Villavicencio, quien le “hizo notar que después de la entrada en vigor de la Constitución española nada era igual que antes, que nuestro sistema jurídico había cambiado”. Por tanto, para un jurista, el objeto actual de su estudio debe recaer en la aplicación de los derechos fundamentales en el ámbito de la familia. Y debe acometerse teniendo muy presentes dos ideas: primera, que la familia no forma parte de la organización del Estado ni tiene en sí misma ningún reconocimiento legal superior o distinto del de sus miembros; y segunda, que las bases de cualquier regulación de la familia son los derechos fundamentales de los ciudadanos, que no cambian de condición por estar integrados en un grupo familiar.
Los tres libros citados son extraordinariamente sugestivos. Y dar su noticia es la razón de este artículo. Pero permítanme concluir con una reflexión personal. Tras su enriquecedora lectura hay, no obstante, una idea -de raíz “lampedusiana”- que no me abandona: en materia de familia, todo cambia pero todo sigue siempre igual. ¿Y qué es lo que sigue igual? Pues la realidad inderogable de la familia como ámbito de solidaridad radical: la familia es el único lugar donde se nos acoge por lo que somos; no por lo que tenemos, por lo que sabemos, o por lo que podemos. Es el ámbito de las lealtades animales. Las sagradas. Aquellas cuyo cumplimiento implica necesariamente sacrificio. No sólo de las mujeres, por supuesto, sino de hombres y mujeres por igual. En el bien entendido de que no puede existir familia de ningún tipo, si sus miembros no trascienden el objetivo de su gratificación individual sensible. Estas son las reglas del juego. Que, obviamente, se puede jugar o no. Va a gustos.
La Vanguardia Digital (España), 5 de septiembre de 1999