El derecho al silencio

Cada vez me abruma más ver a la gente pidiendo perdón por ser como es o enmascarándose para ocultar cómo es realmente

Gregorio Morán

Mientras me lo contaba había en sus gestos algo de timidez, como quien al confesar una obsesión parece que se estuviera refiriendo a una enfermedad incurable. Él estaba convencido de que me reiría y que su humilde historia iba a provocar en mi algún sarcasmo sobre el alarmante envejecimiento mental de nuestra generación. Pero la verdad es que me conmovió. Me conmovió la singularidad de la historia y sobre todo el hecho de que a nuestras inclinaciones más queridas hayamos de llamarlas manías, como si se tratara de una desviación de la normativa de lo correcto. Igual que ocurre con los imbéciles que nos tropezamos, que antes podíamos decir que eran imbéciles, y hasta argumentarlo si fuera menester, y ahora hemos de señalar que no estamos en la misma sintonía. O los que cometen actos de irresponsabilidad flagrante y no debemos decirles nada porque eso les crearía un sentimiento de culpa insoportable. Si tienen la culpa, ¿por qué no deben asumir el sentimiento?

Una profesión genéricamente en alza es la de los psicoanalistas. Verdaderamente, si su padre era autoritario y su madre no le quería lo suficiente, y siempre tuvo sueños húmedos, escarbar sobre esto y llegar a la conclusión de que en torno a ese triángulo está gran parte del fracaso de una vida, es una mina. Una mina, dicho sea con el respeto hacia el gran Sigmund Freud, hombre de singular cultura, sensibilidad e inteligencia. No sé por qué ya podemos hablar de la Iglesia sin referirnos a El Cristo, como gustaba de decir Papini, y si citamos al psicoanálisis hemos de pedirle disculpas a Freud. Confieso que cada vez me abruma más ver a la gente pidiendo perdón por ser como es o enmascarándose para ocultar cómo es realmente. Como si su ambición fuera parecer políticamente correctos. Si usted no tiene ambición política, ¡para qué demonios necesita ser políticamente correcto! En treinta años hemos pasado de ser depositarios del pecado a susceptibles de delincuentes. La historia, al ser periodística y no literaria, hay que contarla desde el principio. Ocurrió que nuestro hombre había tenido su año más duro; trabajo agotador, dinero abundante, pero ni un respiro. Me confesaba que toda su ilusión en los momentos más difíciles de aquel invierno se reducía a imaginar cómo se iba a montar el verano. Los treinta días de agosto. 31, para ser exactos. Y su conclusión era muy sencilla: quiero un verano tranquilo. Quiero el verano más tranquilo de mi vida. Insistía: deseo pasar un mes sin más ruidos que los que hagamos mi mujer y yo.

Buscó una casa en el norte de España. Encontró una, resultaba algo cara, pero reunía todas las condiciones. Algo distante del pueblo, con el mar cerca y la montaña también, rodeada de prados y sin ningún vecino. Aunque no me lo dijo, le imaginaba el primer día disfrutando como mosca entre boñiga. Verdes prados, paisajes de postal. Leer, leer, leer todo aquello que uno no pudo hacer durante un año agotador; leer hasta aburrirse y entonces escuchar música. Así de simple. “Es que tengo esa manía”, decía como disculpándose. Las costumbres infrecuentes se transforman en manías. Nadie, que yo sepa, tiene la manía de ver la televisión. Tiene el hábito.

Al amanecer descubrió que le despertaron, tarde, unos ruidos metálicos. Tres vacas pastaban exactamente en el prado vecino, tan vecino era el prado que prácticamente pegaba a su casa. Al principio, urbano él, pensaba que las vacas se cansarían de darle al tolón-tolón y que obviamente pararían. Trataba de concentrarse y no podía, entonces las iba a ver, y las miraba pastando mansamente, con esa tranquilidad que deleitaba a los surrealistas, porque parece talmente humana; hay gentes que las imitan. Unas veces estaban cerca y otras aún más cerca. Rumiaban.

A la semana ya no podía más. Tenía el tolón-tolón en el fondo de sus tímpanos. Trató de hacer referencias culturales sobre los ruidos. Se acordó, por ejemplo, de las gracias con las que se divertían Arnold Schönberg y Anton Webern en los cafés vieneses; pasar a música los ruidos. Ese golpe del camarero al dejar el vaso sobre la mesa; un mi. La tos del vecino, sol. Si pones leche en la taza consigo hacer un fa clarísimo al golpearla con la cucharilla. Pero la cultura no alivia a los desesperados, por más que lo digan los libros. Puede desesperar a los tranquilos, eso sí.

Se decidió a visitar al dueño de las vacas. No le fue fácil pero dio con él y con esa sensibilidad que en ocasiones tienen los campesinos para respetar las cosas que no son de su mundo, se mostró de lo más comprensivo cuando mi amigo le sugirió si podía ponerles algo a los badajos de las esquilas para que no sonaran. Incluso le sugirió qué era lo mejor. Papel: meterles papeles. Lo que se olvidó de decirle, porque para él era obvio, era cómo hacerlo. Acercarse a una vaca ajena, lograr que se esté quieta, agarrarla sin que se desmande, tocarle la cabeza, llegar a la campana y luego meter los papeles, no es cuestión fácil para un urbanita, ni siquiera para un paisano que no sea su dueño o el que las cuida.

Me contó la escena. Él se acercaba sigilosamente y la vaca primero le miraba y luego huía. Y eran tres. Más allá de rabo y el lomo, ni tocarlas. Mohíno y fracasado volvió al dueño. Le surtió del saber. Había que hablarlas y llamarlas por su nombre. Allá fue nuestro hombre con su lección aprendida. Empezó con la casina, de piel entre gris y canela, y llamándola por su nombre, pacientemente, consiguió meterle el papel en la esquila. Con la experiencia adquirida, el resto fue coser y cantar.

La historia me conmovió. No por su singularidad, aunque la tiene; porque no es lo mismo ver en una pantalla al hombre que susurraba a los caballos que encontrarse a un tipo en un prado hablando a las vacas tiernamente. En las relaciones entre el ser humano y los animales aún hay convenciones que es difícil superar sin arrostrar riesgos de ir a parar a un psiquiátrico. Lo que me impresionó fue el objetivo, la exigencia del silencio.

La conquista del silencio se ha convertido en una tarea de profilaxis intelectual, hasta el punto de que para determinada gente con cierto nivel cultural, la vacación se reduce al silencio. Precisando más, una vacación mental puede estar en conseguir que el ruido sea exclusivamente el que uno desea y no el que le imponen. Entre los derechos individuales aparece como un horizonte, aún lejano pero quizá inevitable, la exigencia de que cada cual escoja entre ruidos o silencio. Cada vez es más difícil entrar en un lugar público sin hilo musical, en un bar sin la televisión puesta, en un taxi sin que uno sienta la tentación de decirle al chófer si puede bajar el volumen. Todo el mundo da por sabido que no se debe fumar porque perjudica a la salud, ¿quién se atreve a decir que el ruido no perjudica a la salud?

El asunto nos llevaría muy lejos, pero si usted reflexiona un poco se dará cuenta de que en la historia de la humanidad hay desde antiguo una lucha entre el ruido y el silencio. Llenar el silencio. Acotar el silencio. Incluso toda nueva manifestación generacional es “ruidosa” por naturaleza. Un ejemplo sencillo, ¿por qué las motos juveniles han de meter ruido?; parece evidente que en determinado tipo de motos el ruido desempeña un papel. O lo que es lo mismo, ¿compraría un joven una moto insonora? Lo más probable es que respondiera que una moto insonora es una bicicleta con motor, no una moto. El ruido ocupa un lugar en determinadas escalas de valores. Y cito algo tan sencillo como una moto por no introducir una cuestión más compleja, como es la música.

Una liga contra el ruido tiene el fracaso asegurado, pero nadie dice que esa no sea la batalla ecológica del XXI. Porque el dilema no está en quedar sordos o no, el debate consiste en algo más difícil: no oír lo que nos imponen. Cada uno tiene el derecho a escoger su propio ruido. ¿O no? 

La Vanguardia Digital (España), 4 de septiembre de 1999