Elsa Cardozo Da Silva
Estando de vacaciones, por unos días lejos de
la rutina y saltando de lectura en lectura, encontré un par
de referencias a los espejos; una de ellas en Borges, en una
de sus ficciones en las que un peculiar personaje considera
abominables a los espejos, porque reproducen la estupidez
humana; otra, en un cuento de Wilde, en el que un enano al
cabo de un rato de mirar a alguien que le parecía muy
desagradable, casi repugnante, que replicaba cual eco a
todos sus movimientos y gestos, se descubre a sí mismo y
cae en mortal desesperación. A todas estas, no era difícil
recordar también a la bruja de uno de los cuentos de la
recopilación de los hermanos Grimm, aquélla que se veía
siempre en su espejo como la más bonita de su comarca y se
regodeaba en lo que el espejito le replicaba.
Y como uno no se puede escapar del todo en estos días, porque siempre hay noticias y opiniones sobre Venezuela en la prensa de todas partes, no pasó mucho rato sin que se me ocurriera que esto de los espejos es una metáfora muy rica, más allá de lo personal, sobre lo que vemos y no vemos, sobre lo que queremos y no queremos ver y proyectar como sociedad y país hacia nosotros mismos e -inevitablemente- hacia el mundo. En esto último, se concentran mis elucubraciones.
Las imágenes. Llevamos varios años mirando nuestra imagen como país en proceso de deterioro, pero no cabe duda de que desde finales del año pasado con mayor intensidad que nunca, las imágenes que vemos y proyectamos al mundo son, alternativamente, la de un país esperanzado que está en proceso de asumir una necesaria e inevitable transformación en profundidad, pero también -y casi exclusivamente de un tiempo a esta parte- la de un país lleno de desencanto y rencor, poco menos que en la ruina institucional y económica.
Pasamos desde el embeleso ante la imagen idealizada de una transformación que se apoya en la participación popular y en el llamado por algunos "liderazgo necesario'', hasta ver y reaccionar ante la imagen desagradable que proyecta la desorientación popular y del propio liderazgo respecto de los procedimientos y los propósitos democráticos. Esta escisión entre dos imágenes -bonitos y abominables- es también parte de nuestra ambigüedad, y así la proyectamos; el caso es que la escisión es insana en sí misma.
La perspectiva. La doble imagen es, cuando menos, un problema de perspectiva, que nos dificulta vernos y aceptarnos en nuestra diversidad, en lo que nos gusta y no nos gusta. Me temo que ya habíamos pasado mucho tiempo, demasiado sin duda, regodeándonos en nuestra particularidad y especificidad, en el país vitrina. Ahora, paradójicamente en nombre de una necesaria transformación, estamos otra vez embelesados ante el espejito y muy limitados en la capacidad para asimilar la críticas y la oposición: volvemos, con mayor intensidad, a ignorar la saludable diversidad y la necesidad institucional de preservarla.
Así, por ejemplo, la idea de una conspiración internacional es parte de esa visión parcial de nosotros mismos: en realidad buena parte de las preocupaciones por el futuro de la estabilidad política y económica venezolanas expresadas desde otros países obedecen a la mirada a un espejo más grande, en el que no es difícil observar a nuestra sociedad y a sus prospectos de mediano y largo plazo como un conjunto amplio y complicado de oportunidades y peligros.
¿Romper el espejo? En estos tiempos, no hay manera de romper el espejo, recurso siempre ilusorio por demás: desde afuera somos vistos con o sin permiso. Y lo que vemos aquí y lo que proyectamos hacia fuera son una misma cosa, y se mide, se compara respecto a lo que en los días que corren esperan las sociedades que aspiran al bienestar: un mínimo de certidumbre jurídica y económica, y un piso de institucionalidad democrática.
Descalificar más o menos cortésmente las críticas y oposiciones es el equivalente a intentar deshacernos del espejo. En circunstancias como las presentes, es más importante que nunca antes evitar la fantasía de la autocomplacencia y del rechazo a todo lo que la desafíe: lo que nos toca, más bien, es pulir el espejo, afinar nuestra percepción de los detalles y atender lo que otros ojos ven en él, para nuestro gusto y disgusto. Quizá nos hace falta lo que refiere otro cuento de Wilde, aquél en el que el alma del pescador describe el espejo de la sabiduría, uno que "... refleja todas las cosas del cielo y de la tierra, excepto solamente el rostro del que mira en él... Otros muchos espejos hay, pero son espejos de opinión''.
Internacionalista. Profesora Titular de la
UCV
Economia Hoy, 7 de septiembres de 1999