El mundo no es un psiquiatra
Diego Bautista Urbaneja
En el mundo de hoy, ningún país anda 'comprendiendo' a los demás. Se trata de
un mundo implacable, cuyos actores se guían por señales gruesas, en cuya
lectura son expertos. Especialmente los inversionistas y los prestamistas tienen
códigos de lectura de aplicación automática. También las cancillerías.
No le interesa saber las causas de fondo de esos síntomas y señales, ni si
los 'procesos' que los países están viviendo son complejos y profundos. En
caso de que las señales sean, de acuerdo a los códigos establecidos, malas, se
actúa en consecuencia. Se aplaza el préstamo, la inversión, el aval, se
dificulta la compra del bono de la deuda, se escribe sobre ello.
Las señales que emite este país son, de acuerdo a los códigos
establecidos, casi todas malas. Renuncia de Cecilia Sosa, conversaciones con
Marulanda, conflicto con el Congreso, desempleo galopante, una ANC y unos
aenececos faramalleros e hiperactivos, Giordani en Cordiplan, Chávez haciendo
gala internacional de un lenguaje y un estilo que Dios se lo guarde, y todo lo
que chorrea. Se le aplica la lectura automática y fuera. Así lo hacen, errores
más, errores menos, el New York Times, el Daily Briefing, y posiblemente cuanto
informe confidencial circule en los escritorios de the powers that be: 'Por
ahora, lápiz rojo con Venezuela'.
Esto lleva con frecuencia a diagnósticos de los que llaman 'superficiales'.
Diagnósticos basados en los estereotipos de los países desarrollados y en la
incomprensión de la idiosincrasia de los pueblos. Algo de verdad hay en eso. A
un gringo o a un alemán, les puede costar entender nuestras cosas. Pero el
supuesto de sus diagnósticos es que a todos los países, sea cual sea su
idiosincrasia, les debe ser posible emitir las señales que los códigos de uso
internacional califican de buenas. La idea es que si las señales superficiales
no son buenas, es porque tampoco lo son los procesos de fondo de los que surgen.
La gracia está en arreglárselas para que esos procesos, por 'complejos y
profundos' que sean, emitan las señales adecuadas para que el diagnóstico
internacional sea favorable.
Es cierto que los juicios que de la actual situación se hacen en el exterior
no son del todo exactos. Pero cuidado. Lo que afuera ven simplificadamente
cuestión de señales muchos aquí lo vemos también, aunque de forma más
matizada. En todo caso, en polítia ser visto es tanto o más importante que
verse, y más ahora que el mundo entero es espectador instantáneo del mundo
entero. Tan importante como lograr que los demás nos vean como nosotros nos
vemos, es lograr vernos como los demás nos ven.
Chávez pide comprensión internacional. Que se informen bien, que oigan
crecer la hierba, que vengan a ver con sus propios ojos 'el proceso'. Le
responderán: 'no tengo tiempo hermano. Hay muchos otros lugares hacia donde
voltear y que no nos piden tanta comprensión. Cuando hayas terminado con tus
cambios, avísame y ahí vemos'.
Porque dejémosnos de tonterías, Presidente. Las señales que emite su
Gobierno y el país en su conjunto para el exterior son casi todas malas y
confusas, y lo son porque el Gobierno es en casi todo malo y confuso y porque el
país está mal. Los hechos concretos que ahorita el Gobierno y el país
producen, dada la forma en que el chavecismo concibe y el ejercicio de su
predominio, envían señales que no son de las que el mundo ni nadie codifica
como buenas. Ahí está el núcleo del asunto: si el país no emite las señales
superficiales adecuadas es porque lo que realmente está ocurriendo no lo
permite.
No. Presidente. El mundo no es un psiquiatra. No penetra en los corazones.
Evalúa los hechos, y lo hace de acuerdo a sus claves. No se equivoca con
frecuencia, no vaya a creer. Y no lo hace, porque lo que realmente está
ocurriendo en el país es igualmente implacable en el envío de sus señales 'al
mundo', como le gusta decir a usted, y ello por encima de toda la voluntad que
usted pueda tener de que el mundo vea otra cosa. Y eso no se resuelve con esas
cadenas nacionales, donde un Chávez que pareciera que no sabe que lo están
viendo en el mundo, habla a veces de forma que acaba con cualquier duda que en
su favor todavía pudiera allí abrigarse.
Las señales que emiten el Gobierno y el país para el exterior son malas y
confusas.