La identidad iberoamericana

Alfredo Toro Hardy

En el ámbito de las relaciones internacionales la identidad asume el mismo valor que en el campo de las relaciones interpersonales tiene el parentesco. En la medida en que un país o una región estén en capacidad de reivindicar un mayor número de elementos de identidad, mayor será también su capacidad de inserción en el escenario internacional. La conformación de espacios y alianzas de naturaleza política o económica viene determinada, en importante medida, por elementos de identidad común. Explorar y desarrollar las diversas vertientes de su identidad, en su búsqueda de una mayor vinculación internacional, constituye prioridad para la América Latina.

El elemento de identidad más obvio que la región tendría a la mano sería la latinidad. A fin de cuentas, nos reconocemos a nosotros mismos como latinoamericanos. Recordemos al efecto que el término América Latina fue acuñado en 1861 por el académico francés L.M. Tisserand. Tal como señala Leopoldo Zea en su obra Latino América Tercer Mundo, esta noción surge en el momento mismo en que Napoleón III se lanza a la conquista de México. No se trataba, desde luego, de una simple casualidad. Tras esta denominacion aparecía delineado todo un programa político destinado a proyectar el papel y las aspiraciones de Francia sobre la América hispana. Noticias del Imperio, la excelente novela del mexicano Fernando del Paso, relata con lujo de detalles este programa. Muy curiosamente, el término América Latina cuajó entre nuestros pueblos y, a pesar de su origen y connotaciones imperialistas llegó a ser adoptado como elemento primario de identidad. La latinidad como herramienta de identidad encuentra, sin embargo, importantes limitaciones. Su propia amplitud tiende a convertirla en un concepto demasiado difuso.

Si la latinidd peca por su carencia de asidero práctico, la hispanidad, por el contrario, resulta altamente concreta. Identificar a una América hispana no sólo se hace fácil, sino que su proyección hacia la Madre Patria asume un carácter enteramente natural. Por lo demás, este concepto adquiere pleno sentido político a partir de un elemento adicional: 30 millones de ciudadanos estadounidenses que conforman la primera minoría de ese país y que se conocen a sí mismos como 'hispanos'. A primera vista la limitación fundamental de este concepto vendría dada por su carácter excluyente del mundo lusitano. Dejar afuera a 160 millones de brasileños que ocupan 8 millones de kilómetros cuadrados, la mitad del territorio de América del Sur, no parecería desde luego una buena idea.

Gilberto Freyre, uno de los más connotados intelectuales brasileños de este siglo, escribió un libro memorable titulado El Brasileño entre los otros Hispanos. En él, Freyre señalaba que Portugal tenía tanto derecho a la hispanidad como Galicia, Andalucía o Castilla, tratándose de una raíz común que los hermanaba a todos. Más aún, destacaba aquellos trazos de identidad propios de los hispanos, que no sólo permitían aglutinar a los habitantes de la Península Ibérica, sino que se proyectaban con fuerzas sobre sus descendientes del otro lado del Atlántico. Es en tal sentido que Freyre hablaba del brasileño como uno más de los hispanos. No obstante la buena voluntad de Freyre, resultaría muy poco probable que brasileños y portugueses aceptaran acogerse a este manto de identidad hispano. Más curiosamente aún, tampoco España ve con buenos ojos tal concepto. En efecto, habiendo sido un distintivo de identidad usado y abusado por el franquismo, los españoles de nuestros días observan con poca simpatía al término 'hispanidad'.

Llegamos así al término Iberoamérica. Este, a diferencia del de Latinoamérica, resulta suficientemente preciso en sus orígenes y más práctico en su uso instrumental. A su vez, a diferencia del término Hispanoamérica, resulta más descriptivo de una matriz originaria común a los americanos de habla española y portuguesa y no encuentra resistencia entre el mundo lusitano. Al definirnos como iberoamericanos encontramos elementos claros de parentesco al interior de una familia universalmente conocida.

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El Universal Digital, 2 de septiembre de 1999