Onu timorata
Alberto Valero
El lunes 30 de agosto, cuatro quintas partes del 98.6 % de la población de Timor Oriental que acudió al referendum auspiciado por las Naciones Unidas se pronunciaron por la independencia de la isla; iniciándose de inmediato y con una crueldad que al parecer sólo ha sorprendido a los observadores de la organización mundial, una violenta campaña para desconocer la voluntad de la ex-colonia portuguesa que Indonesia se anexó en 1975, aprovechando la crisis que Lisboa afrontaba entonces tras la caída de la dictadura salazarista.
Se calcula que más de 200 mil isleños han huido en estas dos semanas de las masacres perpetradas por el ejército regular de Yakarta y grupos irregulares que actúan en complicidad evidente con las autoridades y que otros 100 mil han sido desplazados en una clásica operación de limpieza étnica, calcada del modelo kosovar.
La consulta había sido impuesta al Gobierno de Yakarta a raíz de la crisis financiera que sacudió al enorme y estratégico archipiélago a principios de 1998 y condujo al derrocamiento del presidente Suharto y, a pesar del compromiso de que su sucesor respetaría los resultados, era ingenuo o irresponsable suponer que un sector numeroso de la población de origen indonesio se quedaría de brazos cruzados una vez que las urnas pronunciaran su veredicto.
De allí la irritación que se extiende con amplitud y celeridad en nuestra aldea global, espantada por los vejámenes que la televisión y la internet reportan en directo, hora tras hora, e impaciente por el ballet diplomático habitual que en la ONU pretende sustituir las iniciativas para hacer respetar la decisión de los timorenses. Y, tan importante como las vidas de quienes confiaron en su respaldo, salvar la cara de una institución que, cada vez más, luce desfasada e impotente ante la marejada de conflictos étnico-culturales y las catástrofes naturales en todos los rincones del planeta.
El ex-Presidente Nelson Mandela ha insistido en que no queda otra salida ante la tragedia de Timor Oriental que una condena internacional como la que se empleó contra la discriminación racial en Sudáfrica y contribuyó a la abolición del apartheid.
"¿Cuándo se pondrá fin al cinismo de la mal denominada comunidad internacional? ¿Cuándo terminará la hipocresía de quienes mandan? ¿Y la inercia de quienes son mandados cuándo terminará? ¿Cuándo dejaremos de llorar sobre nosotros mismos? ¿Cuándo dejaremos de decir que no tenemos culpa?", reclama Saramago,el Nobel lusitano; mientras que para el escritor marroquí Amin Maalouf el crimen preparado con absoluta frialdad para impedir la independencia de Timor Oriental, desestabilizar el poder civil en Yakarta y sofocar la naciente democracia en Indonesia significa el peor epílogo para el siglo.
Es, en síntesis, un clamor que pareciera sellar el debate sobre la justeza del llamado derecho de injerencia. O al menos postergarlo, hasta haber restituido a la gente de esa isla tan remota y tan cercana la confianza en el derecho y la solidaridad internacionales.
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