Por Paul Preston Historiador.
CUANDO el Partido Laborista británico ayudó al PSOE en los años setenta, pocos podían imaginarse que veinticinco años después, el Partido Conservador británico buscaría en España un salvador en momentos de apuro. El que este sea el caso es un síntoma más de lo extraordinariamente opuesta que ha sido la imagen que han dado la política británica y española durante las dos últimas décadas. A lo largo de la década de los ochenta, el PSOE disfrutó del poder en España frente a una oposición muy dividida, mientras que, en Gran Bretaña, se dio rienda suelta a Margaret Thatcher debido a los conflictos internos de un Partido Laborista que intentaba modernizarse. Precisamente cuando el PSOE comenzaba a perder su unidad, el Partido Laborista consiguió resolver sus luchas internas, y ahora ha vuelto al poder, tiene un líder popular, ocupa el centro de la arena política y ondea la bandera de la integración europea.
La dimensión de la crisis interna del Partido Conservador hace temer a muchos de sus militantes que el Partido Laborista disfrute de una década de poder ininterrumpido. Los problemas del partido comenzaron con la marcha de Margaret Thatcher, cuyo éxito personal le permitió suprimir la oposición y cualquier presión a favor de un cambio. John Major contuvo la crisis unos cuantos años. Su derrota en las elecciones de 1997 reflejó el hecho de que el partido se había quedado sin ideas y estaba quemado por una permanencia en el poder excesivamente larga, como había ocurrido en España con el PSOE. Es irónico que la mayor víctima del agotamiento y de las divisiones internas del partido fuera el hombre al que se consideraba como futuro líder del mismo, Michael Portillo, que perdió su escaño por Enfield, en el Norte de Londres, una circunscripción con un gran número de inmigrantes españoles. Michael Portillo, Ministro de Defensa del último gobierno conservador, estaba considerado como el más dotado e inteligente de los “jóvenes” de Margaret Thatcher. Con el sucesor de John Major, William Hague, la crisis ha vuelto a hacerse endémica.
Sin embargo, la muerte de un ex ministro conservador, Alan Clark, abre la posibilidad de un auténtico terremoto en el actual panorama político británico. Michael Portillo es el hombre al que Margaret Thatcher ha considerado siempre su sucesor natural. Apuesto, inteligente y de derechas, no es extraño que ella le considerara el elegido para “llevar la antorcha”. Su adhesión incondicional a la guerra de Margaret Thatcher contra el estado del bienestar le valió el apodo de “hombre sin corazón”.
En su anterior encarnación, Portillo no daba demasiada importancia a su origen español. Después de todo, en el Partido Tory, tremendamente chauvinista, ser extranjero supone una seria desventaja. Además, la historia de quién era su padre y lo que éste representó no le habría ayudado en el partido de Thatcher. Luis Portillo era un poeta y filósofo de Salamanca, que también era íntimo amigo de Miguel de Unamuno. Se exilió al principio de la guerra y su relato del famoso choque de Unamuno con el general Millán Astray es una de las razones de que la célebre frase “venceréis, pero no convenceréis” se haya hecho mundialmente famosa. Hay tres acusaciones que podrían hacer mucho daño a un hombre ambicioso dentro del Partido Conservador: ser “débil” (demasiado liberal), ser extranjero y ser homosexual. Nunca nadie ha podido acusar a Michael Portillo de ser “débil”. Sin embargo, cuando sus enemigos de dentro del partido desean atacarle, le llaman Miguel Portillo. Y lo que es más, la máquina de la rumorología política produce con regularidad rumores difamatorios sobre la supuesta homosexualidad de Portillo.
Portillo ha sufrido un proceso de transformación en los dos últimos años que ha tenido que ver precisamente con estas tres cuestiones conflictivas del liberalismo, su condición de español y la homosexualidad. Esto ha tomado forma en muchos discursos, artículos y otras iniciativas con el objetivo de suavizar su imagen de duro y de parecer más humano y afectuoso. El artículo más llamativo fue uno en que contaba la etapa en que trabajó en un hospital público como simple portero, empujando carritos y limpiando el suelo. En otros, ha hablado abiertamente de su origen español. La semana pasada, contó en el periódico dominical liberal The Observer que había pasado parte del verano haciendo a pie el Camino de Santiago. El año pasado, presentó un documental en la televisión en el que viajaba en tren por toda España, examinando, a lo largo del camino, la forma en que la Guerra Civil había dividido a su familia. Recientemente, en una sensacional entrevista publicada en The Times, Portillo se ha curado en salud frente a posibles acusaciones sobre su vida sexual que podrían perjudicarlo. Ha reconocido haber tenido algunos coqueteos con la homosexualidad en sus tiempos de estudiante en Cambridge. Hasta ahora, esto no ha hecho más que reforzar su creciente fama de hombre sincero y tolerante, pero entraña el riesgo de alejar a la derecha Tory y el de incitar a la prensa amarilla a emprender una desenfrenada búsqueda de trapos sucios.
La gente retorcida dirá que lo ha hecho para lavar su imagen y tener más oportunidades de ser elegido, pero también hay otra razón para ello, y es que forma parte de una genuina reflexión sobre su derrota y la de su partido. También es el fruto de una reflexión sobre la relación con su padre. Luis Portillo era un perfecto representante de lo que se ha dado en llamar “la tercera España”. Ya pertenecía a la tercera España en 1936, antes de que esto se convirtiera en la norma en la España de hoy, moderna, tolerante y europea. La nueva valoración de Michael Portillo de sí mismo y de la derrota política le ha llevado a creer que los tories tienen que adaptarse a una Gran Bretaña que está cambiando. No hay que ser muy agudo para ver la influencia de su padre en la creación del nuevo Michael Portillo. El reconocimiento de su pasado sexual contrasta con el sectarismo moral instintivo del Partido Conservador en la misma medida en que lo hace su punto de vista más liberal respecto a una serie de cuestiones sociales. Sus virtudes son su atractivo físico, su dignidad (incluso los que se recrearon con su derrota en Enfield tuvieron que reconocer el estilo con que aceptó su humillación) y una seriedad basada en una gran inteligencia. Son justo las virtudes que necesita para los próximos cinco años un Partido Conservador con un liderazgo muy flojo. Si consigue el apoyo del comité local del partido en Kensington y Chelsea, su elección para el Parlamento es casi segura. Pero entonces tendrá que tomar decisiones difíciles como hasta qué punto defender su antieuropeísmo y la prominencia de su papel si es que decide asumir alguno. Si su protagonismo es grande, la culpa de la derrota recaería en él además de en Hague. La cuestión más interesante es si los tories de la línea dura considerarán que un extranjero liberal y en otro tiempo homosexual se ha alejado demasiado de las verdades eternas del conservadurismo británico.
El País, 14 de septiembre de 1999