Quiénes perdieron el paro
Una guerra entre pobres incapaces de enterrar a sus muertos.
Cada incidente nacional, cada noticia, cada crónica televisada, cada biografía de los protagonistas del horror, nos ponen ante el insoportable espectáculo de una guerra de pobres observada por televisión y leída en los titulares macabros de la prensa por una clase media indefensa y atónita, mientras unos cuantos poderosos, los de siempre, discuten el rumbo de los grandes negocios internacionales y los inconvenientes momentáneos que la violencia le genera a la economía.
Este es el horror de nuestra guerra: es una guerra de pobres incapaces de enterrar a sus muertos. Cada muerte salvaje engendra en algún niño abandonado un juramento de venganza eterna.
Marulanda y Jojoy son pobres que vieron morir a sus padres campesinos por manos de soldados y policías, también pobres, que defendían intereses que seguramente nunca entendieron. Los Castaño son pobres que vieron morir a sus padres campesinos a manos de una guerrilla de pobres que secuestran y matan cumpliendo órdenes que tampoco entienden completamente.
Muchos empleados de la salud son pobres que, tras arduos esfuerzos para superarse y conseguir un salario apenas suficiente, dejan morir en medio de un paro a otros pobres que llegan buscando atención a los hospitales de los pobres. Los maestros son pobres que luchan por mejorar sus condiciones de vida a costa de muchos días de clases de niños también pobres que, sin esas preciosas horas de instrucción, difícilmente saldrán de la pobreza. La inmensa mayoría de los presos que se hacinan en las cárceles de Colombia son pobres que padecen la injusticia de contar con jueces pobres, que tienen que poner por encima de sus deberes la defensa de sus intereses laborales.
En el último paro nacional no sufrió el Gobierno, no sufrieron los grandes intereses económicos de Colombia ni las multinacionales, no sufrió la industria bélica norteamericana, no sufrieron los consorcios de las comunicaciones, no sufrió el FMI. Solo sufrieron los pobres de Ciudad Bolívar y de Soacha, los dueños de una cafetería de miseria, los padres de una niña de diez años asesinada por las hordas de vándalos pobres azuzados por un alguien irresponsable y anónimo.
Los ciudadanos de bien -una clase media empobrecida por el desempleo profesional y la perpetua "crisis económica"- están indefensos y se limitan a desfilar de blanco por cientos de miles pidiendo un NO MÁS que nunca llega. Los partidos políticos defienden o atacan al Gobierno pero son incapaces de conectarse con las necesidades de la gente y parir aunque sea un líder moral que restaure la esperanza.
Mientras esta guerra ocurre, se anuncia con preocupación que alguien se robó una empresa, que la corrupción -siempre anónima e impune- hizo desaparecer tres o cuatro billones de pesos de los bancos, que los pobres tendrán que pagar con su esfuerzo y su trabajo estos inconvenientes -de quienes por décadas han dirigido con tanto cinismo los rumbos del país- o de lo contrario la economía se irá a pique...
El paro nacional mostró dos cosas: una buena y otra mala. La buena fue que, salvo algunos percances menores (cosas marginales en barrios marginales), se desarrolló en paz. La mala es que no logró canalizar la desesperación y el descontento social, lo cual es gravísimo en un país donde la gente pobre está a punto de reventar. Esto muestra que el movimiento sindical logra paralizar, pero no tiene el poder de mover la democracia hacia nuevos horizontes.
Si se persiste en ignorar la crisis social del país y se continúa esquivando la necesidad de un replanteamiento profundo de un Estado Social que atienda los derechos fundamentales de los más pobres -al costo que sea-, será muy difícil que haya paz. Lo cruel, lo inadmisible, lo inmoral es que un país entero tolere que unos cuantos sigan usufructuando -por la vía de los privilegios heredados o del saqueo público- el terrible sufrimiento que produce una guerra entre desamparados.
frcajiao@yahoo.com
El Tiempo, 14 de septiembre de 1999