De la ruptura a la reconstrucción

Alberto Krygier

Siguiendo los pasos de Daniel Bell, Peter Drucker y Alvin Toffler, entre otros, Francis Fukuyama nos recuerda en su nuevo libro, The Great Disruption, que estamos experimentando una gran transformación, impulsada por la ciencia y la tecnología, que comenzó con una gran ruptura (el deterioro de la sociedad en los años 60) que está desembocando en una gran reconstrucción. Fukuyama actualiza las consecuencias sociales y morales de esta situación en una nueva sociedad, basada en la información en lugar de la industria. Esas consecuencias nos obligan a reflexionar (justamente ahora que estamos tratando de redactar una nueva constitución) sobre temas fundamentales como el individuo y la comunidad, los derechos y las responsabilidades, el orden y la libertad, la organización jerárquica y la descentralizada, la equidad y la eficiencia, entre otros.

Aunque es muy temprano para apreciar sus efectos, la sociedad basada en la información, al mismo tiempo que tiende a darle más independencia al individuo, fortalece las redes sociales. Nos da mayor libertad para superar las desigualdades. Le da mayor valor a la capacidad mental que a los recursos físicos. Brinda más posibilidades a las minorías relegadas por razones de sexo, raza o religión. Introduce un nuevo concepto del tiempo y del espacio. En fin, resquebraja las jerarquías y abre nuevas oportunidades.

Fukuyama argumenta que esos cambios hacia la información y el individualismo radical estaban íntimamente conectados y originaron la pérdida de valores morales. Sin embargo, el libro concluye con un vuelco optimista. Basado en recientes investigaciones en neurofisiología, genética, biología, psicología y antropología, afirma que filósofos como Locke, Rousseau y Hobbes estaban equivocados sobre el origen de la sociedad. Opina que el estado natural del hombre no es la guerra y que el orden social no procede en forma jerárquica desde arriba, de gobiernos o burócratas, sino desde abajo, de individuos autoorganizados que están genéticamente diseñados para crear reglas morales y un orden social adecuado. El ser humano continuará transmutándose y se adaptará a los cambios tecnológicos y económicos, evolucionando hacia un orden superior de cooperación humana. La tendencia individualista de la democracia liberal es su principal vulnerabilidad, pero se superará con la evolución del ser humano. Fukuyama cita numerosas estadísticas, cuidadosamente escogidas, de los países desarrollados, que favorecen su tesis de que la decadencia moral y los valores están cambiando en forma positiva, y que el período de expansión individualista está llegando a su fin.

Aunque el autor se concentra en los países desarrollados de Occidente y hace sólo una referencia superficial e infeliz a Latinoamérica, y aunque nuestra sociedad ciertamente está inundada y a punto de ahogarse en las aguas turbulentas de todas las olas sobre las que escribe Toffler, su estudio es muy útil precisamente ahora. Los efectos de la nueva sociedad son más intensos en nuestros países porque aún no nos hemos preparado para enfrentarnos a la tempestad, como recomendaba Shakespeare en su famosa obra de teatro.

Fukuyama plantea una tesis demasiado determinista, que no compartimos. Si nuestro destino está basado en nuestros genes y la biología es destino, es poco lo que podemos hacer para mejorar la sociedad y sortear los efectos de la ruptura. Creemos que con los recursos que nos brindan la ciencia y la tecnología, podemos mejorar nuestra calidad de vida. Tampoco creemos que esta ruptura haya sido más pronunciada que los cambios originados por las dos guerras mundiales o por la gran depresión de los 30, por ejemplo.

La mejora de nuestro orden económico, social, político y cultural no se puede lograr a través de individuos autoorganizados aislados, como dice Fukuyama. Tampoco lo puede lograr independiente la sociedad civil o el gobierno. La reconstrucción tan anhelada es parte de un proceso intelectual de análisis y síntesis, emocional y de acción, cuyo éxito depende del trabajo en equipo. No diseñamos procesos sociales o económicos en el vacío, sino que agrupamos, sintetizamos, reensamblamos y modificamos elementos prestados o heredados de situaciones existentes, para crear una visión compartida. Nos basamos en nuestras ideas, patrones y experiencias para darles expresión y significado. La reconstrucción requiere reconcebir, reconectar, reestructurar y rediseñar nuestro mundo en el sentido filosófico y físico. Es necesario un cambio de pensamiento para evaluar los valores actuales, reconectarnos a los valores antiguos que conservan vigencia y proyectar nuevos roles y responsabilidades para crear un mundo nuevo. Debemos reafirmar los principios de justicia, libertad y eficiencia social, a fin de crear ambientes que sean humanos y equitativos que nos ofrezcan oportunidades y nos permitan capacitarnos. La situación de deterioro y desorganización de nuestra sociedad demanda que reconsideremos nuestras acciones y hagamos una significativa contribución en conjunto y así fundar una sociedad mejor.

akrygier@viptel.com
El Nacional, 14 de septiembre de 1999