Manuel Caballero
Hace algunos años, un dirigente conservador británico, Enoch Powell, inició un movimiento racista cuya consigna favorita era la denuncia del "enemigo interior" que carcomía el cuerpo de la sociedad británica y que estaba formado en primer lugar por la inmigración africana y asiática, bastante visible en la capital de Inglaterra. Al mismo tiempo, esa propaganda hablaba de un "enemigo invisible" que movía los hilos de una horrenda conspiración contra la Inglaterra blanca. Es lo que un politólogo inglés llamó "paranoia política", y que suele tener mayor audiencia cuanto más insostenible sea: todo lo malo que nos sucede es producto de una conspiración, si posible internacional. Como se sabe, la característica más saliente de la paranoia es la manía persecutoria: quien nos contradice es necesariamente un enemigo, y está envuelto en una negra conjura para aniquilarnos.
Y el más mortífero
El caso más famoso, y el más mortífero, de esa enfermedad política -en verdad, en este caso podemos hablar de epidemia- fue el de un libro que circuló a principios del siglo y aún se suele encontrar en las aceras de los vendedores ambulantes: Los Protocolos de los Sabios de Sión. Se hablaba allí de una reunión de los grandes jefes del judaísmo en todo el mundo, que había tenido lugar en algún momento en Praga, alrededor de la tumba de un gran rabino. Allí se decidió la conquista del mundo por los judíos, los objetivos principales de esa conquista y los métodos para llevarla a cabo.
Algunos años después, se descubrió la superchería: el libelo era una invención de la Ojrana, la policía del Zar de Rusia, en los últimos años de la monarquía. Pero no sólo era eso: se trataba de un plagio descarado de un folleto publicado por Maurice Joly a mediados del siglo pasado, Conversación en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Esta última publicación nada tenía que hacer con los judíos, y ni siquiera los nombraba: se trataba de un folleto de fuerte tinte liberal contra Luis Napoleón Bonaparte y su Segundo Imperio. Allí denunciaba los métodos que el Emperador emplearía para dominar completamente la sociedad, en particular la prensa.
Cambiaron ligeramente
Los antisemitas rusos, y la Orjana cambiaron ligeramente el texto: donde estaba escrito "yo, el Emperador", pusieron "nosotros, los judíos". Lo más increíble es que, con todo y el descubrimiento de la superchería, el libro se convirtió en una especie de Biblia para los antisemitas de todo pelo. Poco importaba que se demostrara el fraude que presidia la publicación, pues no se trataba de discutir y argumentar, sino de creer ciegamente: a quienes leían y propagaban el libro, éste les decía estrictamente lo que querían oír, y eso bastaba. No sólo Henry Ford escribió un libro El judío internacional basado en los Protocolos... sino que hasta el muy serio Times de Londres pisó el peine en 1920, otorgándole carta de legitimidad al libelo, aunque luego debió desdecirse, pedir excusas a sus lectores.
En ninguna parte tuvo el falso folleto una difusión y sobre todo la condición de libro sagrado como en la Alemania de Adolf Hitler. El tirano alemán ha sido definido hasta la saciedad como una personalidad psicopática, si no un psicópata simple y llano. Pero esa es una caracterización que se la dejamos a los psiquiatras, psicólogos etalia.
De su propia y personal
Lo que interesa aquí es la aplicación, previa al desarrollo de su personal patología, de lo que hemos llamado "paranoia política", la manía persecutoria: contra Alemania se cernía, ominosa, la conspiración internacional de los judíos, cuya primera instancia era la destrucción de la sociedad blanca, impoluta, aria.
Pero no estamos intentando una simple lección de historia: sencillamente hemos querido mostrar que el mito de la "conspiración internacional" de la prensa tiene sus letras de nobleza. Es tonto pretender que los directores del The New York Times, Le Monde, El País español y la revista Semana de Colombia, amén de otros periódicos de Alemania y Holanda se hayan reunido en alguna oscura trastienda (acaso de una casa de empeños judía, si hemos de seguir al asesor presidencial Norberto Ceresole) para planificar una campaña contra un gobernante cristiano, en ese caso el muy persignativo Presidente de Venezuela.
Es la otra característica de la "paranoia política" y según parece, también de la personalidad psicopática: la desmesura.
El Universal, 12 de Septiembre de 1999