Jesús Sanoja Hernández
Un embajador de Estados Unidos, muy grato por cierto a Rómulo Betancourt, fue Teodoro Moscoso, quien arribó a Maiquetía el 14 de mayo de 1961, una semana antes de que "el brujo de Pacairigua" introdujera ante el Congreso la celebérrima Ley de Medidas Económicas de Urgencia, por Eloy Torres en la Casa Sindical y Teodoro Petkoff en la Cámara de Diputados calificada Ley de Hambre, y tenida por los sabios en materia económica y tributaria como la primera Ley Habilitante de los "40 años de corrupta democracia", período que por definición excluye al de la naciente V República, esa que, para no quedarse atrás, introdujo al rompe su Ley Habilitante, tenazmente solicitada y lentamente ejecutada.
Moscoso, como él lo declaró, era puertorriqueño, pero de esa cepa a la cual pertenecía Muñoz Marín, uno de los dioses malos (para el MIR y la izquierda antiimperialista) de la democracia "proyanqui" a la cual también pertenecían, siempre en la línea de fuego de los radicales, Haya de la Torre y Pepe Figueres, el hacendado que en 1948 se alzó en armas contra Calderón de la Guardia. Para 1961, del quinteto que integraban Muñoz Marín, Figueres, Haya, Betancourt y Juan Bosch, según clasificación alguna vez propuesta por Miguel Angel Quevedo, ya se asomaba la deserción del último, cuyo gobierno interrumpió el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963, cinco días antes de que Betancourt consumara el suyo contra el Congreso.
Optimas resultaron las relaciones entre el presidente Betancourt y el embajador Moscoso, pero como ya la pradera empezaba a incendiarse, en junio los revoltosos estudiantes de la Universidad Central incendiaron el auto del diplomático. Todo habría quedado allí si en agosto -cable AP, firmado por Sam Summerlin- no se hubiese transmitido, desde Punta del Este, este dato revelador: "Un vocero de la delegación de Estados Unidos a la Conferencia Económica Interamericana dijo esta noche que una turba izquierdista había robado documentos secretos de la embajada al incendiar el automóvil del embajador norteamericano en Caracas. El vocero dijo que esa fue la forma como el régimen de Fidel Castro logró hacerse de esos documentos a mediados de junio, lo que fue revelado aquí por Ernesto (Ché) Guevara, jefe de la delegación cubana, quien lo presentó poco después de su furioso discurso contra los Estados Unidos en la conferencia".
Aquel mismo día (16 de agosto de 1961), Betancourt se dirigió al país por radio y televisión y, detalle curioso en él, no mencionó la revelación y más bien, en cuanto a la cita de Punta del Este, alabó la legitimación de la Alpro por la Conferencia Interamericana. Alpro (es decir, Alianza para el Progreso) fue el plan concebido por la administración de Kennedy y apoyado por gobiernos como el de Venezuela, consistente en una inversión de 20 millardos de dólares en América Latina, con duración de diez años y aportes de entidades gubernamentales de Estados Unidos y de bancos internacionales de crédito. La misión de impulsar el proyecto en Venezuela estuvo a cargo, precisamente, de Moscoso, autor de un slogan, cuando mandaba en el Estado Libre Asociado, que le gustó muchísimo a un futuro presidente saudita (o venezolano): "Manos a la obra".
Los papeles presuntamente sustraídos del automóvil de Moscoso llevaban las firmas de Irving Tragen y Robert Cox, funcionarios de Estados Unidos, y su título, "Sugerencia para la Asistencia Técnica y Económica en Venezuela", sin ser explosivo, correspondía a la idea que los norteamericanos consideraban apropiada para afincar a la Alpro en su modalidad venezolana. Lo que sí es cierto es que la Alianza para el Progreso no obtuvo el éxito esperado, como tampoco el proyecto levantado por el Ché, victimado cuando el fin de la década anunciaba fracasos y divisiones en los frentes guerrilleros de Venezuela, Perú y Bolivia.
La Venezuela de 1961, que terminó rompiendo relaciones con Cuba el 11 de noviembre, es bastante distinta a la 1999. Por ejemplo, en su exposición de aquel 16 de agosto, Betancourt señalaba algo que seguramente no leyeron bien los adecos (y copeyanos) de entonces y después. Léanlo ustedes entonces y saquen sus conclusiones: "Un régimen corrompido, un régimen sin sensibilidad social, un régimen que confundía el erario público con el erario privado del dictador y de su camarilla, abrió la ruta al sistema comunista que actualmente padece Cuba y alarma y preocupa a toda América Latina".
Y es que en 1961, la corrupción administrativa en el país todavía estaba en germen, como en germen, con una tribu bíblica, estaba la judicial, cuando aún no existía el Consejo de la Judicatura. Asimismo, no se había consolidado la terrible unión entre un sector de la empresa privada (lo que a su manera Piñerúa Ordaz en 1975 llamó "Los doce apóstoles") ni insinuado "la nueva burguesía", en particular la bancaria-financiera que hizo estallar al país en 1994. Moscoso no vio la Venezuela de 1999. Le ha tocado verla a Maisto, cuando Colombia y no Cuba es el dolor de cabeza de Estados Unidos.
El Nacional, 10 de septiembre de 1999