Manuel Quijada
La verdadera riqueza de un país es el trabajo y, quizás, bien remunerado, la mejor vía para la distribución del ingreso.
El bienestar económico de un pueblo solamente puede lograrse mediante la creación permanente de fuentes de trabajo. El hombre necesita trabajar para poder vivir dignamente. La paz social y los fines del Estado: la justicia social y la felicidad de sus pobladores, no se pueden alcanzar si no se estimula la producción y el empleo.
La base del progreso ha radicado en la ocupación de la fuerza del hombre. Aún las grandes civilizaciones antiguas, cuyos vestigios todavía testimonian la creatividad, la inteligencia y el arte del género humano, fueron posibles, en su realización, por el trabajo, esclavo, porque no existía la igualdad de derechos y las condiciones sociales marcaban las diferencias entre los seres humanos; pero la esclavitud, por inaceptable que hoy nos resulte, suministró la fuerza material que requerían aquellas civilizaciones, sin ellas hoy no presenciaríamos la majestuosidad de las pirámides de Keops ni las monumentales ruinas del templo de Artemisa en Efeso.
Las riquezas naturales no son indispensables para lograr la prosperidad de las naciones. El trabajo sí lo es. Hoy conocemos países sin bienes de la naturaleza de ninguna clase y, sin embargo, ocupan lugares prominentes en el mundo del desarrollo, Italia y Japón, por ejemplo.
Venezuela, por el contrario, privilegiada por Dios o por la naturaleza, por sus riquezas naturales, no obstante, sufre de todas las carencias económicas esenciales, con las cuales el pueblo no puede llevar una vida decente, digna, con un mínimo de confort que exige su naturaleza humana.
Un país no puede resolver ningún problema, si no tiene una política capaz de crear permanentemente fuentes de empleo. Ni la educación, porque un niño para educarse necesita alimentarse y sólo el trabajo de los padres puede proporcionarle la alimentación. La delincuencia no puede combatirse si el hombre no trabaja. La paz social únicamente puede obtenerse si logramos un mínimo de prosperidad económica en la población.
En las últimas décadas Venezuela nunca ha tenido una política de desarrollo, capaz de crear sistemáticamente fuentes de trabajo. Como no hemos tenido una política manufacturera, creadora de empresas y de trabajo -por el contrario nuestra materia prima ha sido exportada- la fuente de creación de mano de obra la ha absorbido la burocracia y no la producción industrial o agrícola.
Por lo tanto, la nueva constitución que elabora la Asamblea Nacional Constituyente, debe jerarquizar el trabajo, mediante el principio de que las riquezas naturales, como ideal, deben, en lo posible, procesarse en el país, no solamente por el mayor valor agregado que generan, sino porque son la fuente más legítima de la creación de empleo.
Para poder lograr los fines del Estado, como son la justicia social y la felicidad del pueblo, debe establecerse que el objetivo para lograr esos fines son el desarrollo económico, social, tecnológico, cultural y moral.
De otra parte, el Estado debe proteger y estimular la producción nacional industrial y agrícola exactamente como la protegen e incentivan los países desarrollados; grandes protectores de sus economías, como son los Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia y todas las economías avanzadas.
El Nacional, 10 de septiembre de 1999