La constituyente ¿Disfraz del autócrata?
Felipe Torres del Olmo
Corresponde a Napoleón el legado histórico de transformar la constitución en un conveniente disfraz democrático para los gobiernos autócratas. Recientemente los chavistas han hablado mucho del Abate Sieyés y de su inspiración en el modelo constituyente de la V República. No por simple coincidencia, la autocracia constituyente bonapartista se inspiró también en la máxima de Sieyés, según la cual, la confianza debe venir de abajo, el poder, sin embargo, de arriba. Las tres constituciones que Napoleón sometió a plebiscito popular (1800, 1802, 1804) con el abrumador apoyo del pueblo francés, no sólo atendieron a la reestructuración del Estado y a la mecánica gubernamental, sino que fueron mucho más lejos, desarrollando una gran concentración personalista del poder, que según Napoleón, requería la volonté générale para alcanzar su autorrealización. En contraste, existía una distribución de poder, pero se trataba de una distribución tan deliberadamente dispersa, aislada y desarticulada que disolvía, o evaporaba cualquier posibilidad de ejercerlo sin la intermediación del emperador.
Desde el triunfo de la Revolución Francesa y hasta nuestros días, todos los gobiernos han pretendido legitimar su poder por intermedio de la voluntad del pueblo soberano, y para ello han recurrido a la mágia democrática, ya bien sea real o artificialmente practicada. Una constitución «democrática» reviste de cierta respetabilidad a cualquier régimen. El propio Hitler intento, a través de Goebbels, disfrazar el Tercer Reich como una «democracia ennoblecida». El régimen dictatorial de Gamal Abdel Nasser impuso a la nueva República árabe constituida por Egipto y Siria, una constitución que se denomino democrática. Durante todo este moribundo siglo XX, latinoamérica ha sido campo fértil para el cultivo de autocracias revestidas de gobiernos constitucionales.
Venezuela no ha escapado a estas farsas que Ambrosio Oropeza definió como «Constituciones de Papel» que no le importan a nadie, que nadie cumple, pero que sirve muy bien para que el caudillo de turno diga que no es el jefe de una tribu o de una secta, sino que se invista del altisonante título de Presidente Constitucional de una República que es «suya» y que no comparte con nadie. Esta es, sin lugar a dudas la vocación dominante en los orígenes del chavismo. Esa línea dura, retadora, agresiva, vulgar, intransigente, violenta, excluyente, y vengadora que caracterizó el perfil electoral del chavismo apuntaba indiscutiblemente a una descarada autocracia. Con el tiempo, el ejercicio del poder, y la evidente amenaza en puertas de un país que estallaría en pedazos llevándose por delante, incluso al propio chavismo, la línea del gobierno se ablandó, y ahora se habla de chavismo light encabezado por el propio presidente, quien ha descubierto la forma de disfrazar su innegable vocación autoritaria.
Pero es mucho lo que el chavismo tiene que justificar tanto adentro como afuera del país. La campaña internacional de descrédito no es contra Venezuela como quiere hacer ver el gobierno; ¡es contra Chávez! , contra su discurso cargado de amenazas, de odio, de resentimiento y de paja pura; es contra «su» constituyente y contra el disfraz que todos sabemos puede aportarle. Esa fue la forma como se vendió el chavismo, esas son las amenazas que representa, y eso es lo que la gente compro o rechazó tanto adentro como afuera. Son los vientos sembrados los que ahora se le devuelven al Presidente en forma de tempestad. Estamos en presencia de un gobierno, por lo pronto, que no gobierna, que no tiene rumbo definido, que nos vive hablando del pasado para justificar su parálisis, y que ha elevado los niveles de pobreza al desespero; todo en pos de un proceso constituyente. Ojalá que luego de pagar tan caro el precio de la nueva Constitución, no tengamos que dedicarnos a derrocar al dictador disfrazado que se esconde detrás de ella. Los temores no son infundados, existen razones objetivas para recelar de las intenciones presidenciales. Muchos venezolanos, yo entre ellos, no hemos olvidado (porque sería un pecado olvidar) a los soldados acribillados cerca de Miraflores; o los muertos del canal 8, entre ellos, al vigilante desarmado que pedía clemencia de rodillas y que fue brutalmente asesinado; o el famoso hombre de la «franela rosada» que apareció en pantalla, fusil en mano, destilando odio. La amenaza sigue viva en el chavismo light.
Industriólogo
Presidente de la Escuela Venezolana de Administración
Pública
Director General de PROHOMBRE
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