El mito de la boina

Aquiles Pardo Albavol

En política sólo la imagen cuenta. Pero el imaginario colectivo nacional, evidentemente, no es el mismo que la percepción que de Venezuela se tiene en el exterior. Para entender por qué la imagen de Hugo Chavez en los medios de comunicación está lejos de ser positiva hay que descifrar el enigma de la boina, el ícono del chavismo.

Primera evidencia: el recuerdo de la intentona golpista no tiene el mismo valor en todas partes. En el exterior es claramente negativo. Mientras que en Venezuela sirvió para demostrar la fuerza de motor de cambio. Pero a posteriori, varios años después.

El 4F no es lo mismo que el 4 de febrero de 1992.

No hay que olvidar que la reacción del pueblo venezolano no fue de apoyar el intento de "rebelión", ni siquiera nueve meses después, el 27 de noviembre. La reacción inmediata fue de defender el sistema democrático. Y la consecuencia, la elección de Rafael Caldera, gracias a un descontento fuerte, que exigía cambios, pero opuesto a la violencia.

Entonces floreció Irene Sáez. La rubia aparecía como aquella que podía dirigir un gobierno de consenso, de unión nacional después de que Caldera cambiase las bases del sistema (podrido). La alcaldesa estuvo en el tope de los sondeos durante largos meses, tiempo durante el cual Chávez ya no estaba en prisión y sin embargo casi nadie se lo imaginaba mandatario.

Pero en la caldera del viejo Rafael sólo se guisaron arreglos y se diluyeron los cambios. Entonces Irene se marchitó. Y Chávez apareció para recordarles a todos que él sí tenía guáramo para romper con el sistema clientelista. La boina estaba ahí para el souvenir. Como la cruz que serviría para espantar a los viejos demonios.

La referencia de la boina roja entonces tiene un significado muy preciso entre los venezolanos: "yo no los voy a defraudar, ahora sí vienen los cambios, pero democráticos". Sin embargo, para los medios internacionales esa referencia no podía ser entendida sino en su primer sentido (el más verídico, pero también autoritarista): "ya lo intenté una vez, voten ahora por mi para concluir la faena".

La diferencia entre el ícono (el recuerdo como letra de garantía de su voluntad de cambio) y la historia (el hecho histórico de haber intentado derrocar al gobierno) se hace aún más sutil cuando la oposición, y los analistas nacionales, utilizan la segunda como argumento para diezmar la confianza en el "candidato golpista". Pero además, el mismo Chávez se hunde en el barro, a la vista de los medios internacionales, al utilizarlo hasta el cansancio como referente histórico. Sin comprender que una vez alcanzado el poder, el volumen del significado de su ícono se ha amplificado.

Hasta ahora el Presidente ha demostrado que está haciendo lo que dijo que haría. Pero si continúa haciendo referencia al 4F como una fecha histórica, difícilmente desaparecerá el fantasma de un gobierno autoritario en la mente de la opinión pública internacional (incluidos medios e inversionistas).

La boina ya sirvió presidente, ahora guárdela.

aquipardo@altavista.net