Banco Central, ¡Muérete!

Alvaro Bardón

(AIPE).- En Chile, desde la fundación del Banco Central en la década del 20, la inestabilidad fue la regla y llegamos a tener las inflaciones más altas y persistentes del mundo, además de continuas crisis de balanza de pagos. El mercado de capitales se hizo polvo con los controles monetarios y nuestro crecimiento económico fue lamentable.  

Con las reformas que hicimos -modestamente- y después con un Banco Central más o menos autónomo, el cuadro cambió por entero, logrando estabilidad y desarrollo.

  Sin embargo, ha habido problemas por la porfía del Banco Central en intervenir y mantener controles cambiarios. La tasa de interés ha sido muy alta y muchos lo culpan de ello, así como de haber acentuado el ciclo en vez de suavizarlo. También se critica a sus directivos por no denunciar el exagerado gasto del gobierno. Ellos habrían mantenido intereses altos, a costa del sector privado, para que el gobierno pudiera gastar con comodidad. Más aún, se les acusa de seguir el ciclo político, bajando intereses antes de las elecciones para después subirlos.  

En la depresión actual, el Banco Central se equivocó, lo que siempre ocurrirá porque el estado de conocimiento no permite otra cosa y porque el directorio se ha sometido a la presión oficial y a malas políticas cambiarias de la "tercera vía", en general confusas. Algunos socialistas quieren que el gobierno se meta más en el Banco Central y que éste se preocupe del empleo y el crecimiento; es decir, que volvamos a las décadas de inestabilidad y de crisis de balanza de pagos, derivadas de una emisión descontrolada.  

Sin Banco Central no tendríamos ni inflación ni crisis de balanza de pagos ni riesgos cambiarios, y gozaríamos de una tasa de interés como la internacional, como fue en el siglo pasado o como sucede en países sin moneda propia, como Panamá.  

¿Ha escuchado hablar de los problemas de balanza de pagos o cambiarios de Valparaíso o del estado de California? No y nunca oirá sobre el tema porque no tienen moneda. La solución parece estar en usar una buena moneda, como el dólar de Estados Unidos. Entonces tendríamos estabilidad, tasas de interés adecuadas y nos ahorraríamos las pérdidas cuantiosas de nuestro Banco Central, las discusiones sobre las actuaciones de las autoridades y, por de pronto, los sueldos que les pagamos mes tras mes. Las páginas de los periódicos dedicadas a estas historias desaparecerían y los diarios se harían más entretenidos.  

Los economistas a menudo nos oponemos a esta fórmula de estabilidad y crecimiento, quizá porque perderíamos rentas, tendríamos menos oportunidades de cargos públicos y menos ingresos.  

No hay ningún buen argumento en contra del uso del dólar y a favor de una moneda como el peso chileno, de pésima trayectoria, salvo en los últimos años. Más aún cuando es muy probable que, más temprano que tarde, lleguemos a alguna modalidad de unión económica con Norteamérica.

Decano de economía de la Universidad Finis Terrae
Ex-presidente del Banco Central.