El populismo de la tercera vía
Santiago Ochoa Antich
Nunca la transformación hacia el capitalismo ha sido popular. Cuando por ejemplo, el presidente Abraham Lincoln exigió de los terratenientes sureños los cambios que Estados Unidos requería para transformarse en una potencia industrial, la respuesta fue la ruptura de la Unión y una cruenta guerra de cuatro años. En Francia, el capitalismo fue producto de las políticas de Napoleón III. En Japón, la transformación la realizaron los aristócratas militaristas de mediados del siglo pasado. Aún en la Gran Bretaña, el apoyo del monarca absoluto al comercio internacional decidió el conflicto interno a favor de la burguesía y en contra de la nobleza terrateniente. ¿Por qué apoyó esa transformación? Por la sencilla razón de de que los tributos provenientes de ese comercio eran mayores que los de la agricultura y la cría. Se hizo necesaria una transacción con la burguesía y de ahí derivó el gobierno constitucional y el Estado de derecho. Lo mismo ocurriría en Japón entre los militaristas y la burguesía. Aquéllos buscaban trasformar a su país en uno moderno similar a los europeos y se dieron a la tarea de crear una burguesía industrial, único sustento verdadero de la modernidad.
Esa transformación requiere grandes esfuerzos y enormes sacrificios. El resultado favorable no se verá en el corto plazo. Se requiere de toda una generación, de veinte años por lo menos, para comenzar a vislumbrar los frutos. Y sólo puede lograrse si hay una comunidad de intereses entre las clases dominantes. Esa revolución es la que debería tener por delante Venezuela. Pero en su lugar se ha inventado la llamada revolución pacífica de la Quinta República, que es, mas bien, un salto al pasado.
¿Podrá el actual gobierno venezolano llevar a feliz término su propósito? Difícilmente. El plan globalizador de los países desarrollados y de sus empresas transnacionales es uno de sus obstáculos. Porque el proyecto de cambio venezolano ofrecido por la Quinta República se opone a la transformación capitalista requerida por la globalización y porque sus actores no son bien vistos en las altas esferas del exterior. Chávez, en el fondo, continúa siendo un populista, con su oposición al neoliberalismo salvaje.
Hay signos patentes de que Hugo Chávez causa escozor en ciertas latitudes. Uno de ellos es la negativa del presidente de los Estados Unidos de recibirlo en la Casa Blanca. Mientras a Andrés Pastrana, recién juramentado, se le acordaron los honores que se le habían negado a su antecesor Ernesto Samper, la visita oficial de Hugo Chávez a Washington sigue en veremos. Más claro no canta un gallo.
La recesión es el efecto de la ausencia de un plan económico coherente, como señala Deutsche Bank. Tal ausencia y el consabido abaratamiento del dólar, debido a la sobrevaloración del bolívar conducen a que los capitalistas venezolanos, en lugar de invertir sus ganancias las cambien en dólares y las envíen al exterior en espera de mejores tiempos. Sólo así se explica que con la cesta petrolera venezolana cercana a los US$20, en el país aumente la desocupación y la crisis.
El alza inusitada del oro presagia un período inflacionario en Estados Unidos y, quizás, en el resto del mundo desarrollado. La baja de la bolsa de valores de Nueva York podría indicar un recoger de velas del primer impulsor de la economía mundial. ¿Significará esto una recesión en ciernes? En estas circunstancias se han hecho ustedes esta pregunta: ¿Qué ocurriría aquí si en los próximos meses el precio del petróleo bajara o si se hiciera necesario reducir aún más la cuota para mantener el precio del barril al nivel actual?
No dudo de la buena fe de los integrantes del Polo Patriótico. El problema reside en que desean resolver nuestros problemas con utopías imposibles de realizar. En los países más avanzados del planeta se sigue aferrado a la democracia representativa. No se ha pasado a un estadio superior, porque aún allí resulta difícil interesar a la mayor parte del pueblo en la política y, porque la gran mayoría no tiene todavía la educación necesaria para entender las cuestiones económicas, por ejemplo.
Venezuela es una sociedad en los inicios de la industrialización, con una población pobremente educada en su gran mayoría. Es un error imponer aquí un modelo post-moderno de democracia participativa, sólo por evitar la intermediación de las oligarquías partidistas. Igual ocurre con la economía. El intento de una tercera vía parece insertarse en la mentalidad de quienes continúan repartiendo peces, pero se niegan a enseñar a pescar.