Chile arrastra su bacalao

Alberto Valero

En Santiago, dos muchachos murieron a principios de septiembre en disturbios que enfrentaban a enemigos y partidarios del régimen militar; las víctimas más recientes (y, ojalá, las últimas) del drama que desencadenó hace ahora un cuarto de siglo el dictador achacoso y acorralado cuya suerte se decide en un tribunal londinense.

Como si no bastasen los estudiantes y obreros que cayeron en aquella jornada lluviosa en la capital chilena y los tres mil torturados y desaparecidos, cuya suerte se desconoce aún y claman justicia por boca de los familiares y amigos que apoyan la acción intentada en Madrid por un joven y valiente magistrado.

En el curso de este mes, también, el aura disolvente del general golpista ha provocado un clima de animosidad entre las Cancillerías de Chile y España e introdujo un elemento desestabilizador a escala continental que amenaza la realización de la Cumbre Iberoamericana, a celebrarse el próximo noviembre en la capital cubana.

Como si no fuese suficiente la grieta que divide a la sociedad chilena, no importa cuánta retórica y esfuerzos se hayan invertido en la reconciliación nacional, y plantea serios peligros a un sistema democrático que camina con timidez, tutelado por la figura del ex dictador que el país carga a cuestas como el bacalao de la famosa emulsión...

Sean ciertos los rumores de su decrepitud o que las advertencias de un desenlace fatal sean un recurso de postrimería del propio Canciller Gabriel Valdés para obtener su inmediato retorno al país, parece lo más sensato suponer que la británica, que como cualquier justicia es ciega pero siempre equitativa, denegará en definitiva la extradición reclamada por Baltazar Garzón.

Y no porque no abunden los méritos y sean tan abrumadoras las evidencias de los crímenes comanditados por la dictadura, incluso allende las fronteras nacionales, sino porque de lo contrario estaríamos ante un litigio tan prolongado como suelen ser todos los litigios e insoportable para un reo octogenario cuyo martirologio abortaría el objetivo ejemplarizante de un proceso que ya cumple un año en los titulares mundiales.

El gesto de magnanimidad cristiana sería la afrenta definitiva para lo que ya nada significa y la definitiva y, por supuesto, involuntaria contribución del general Pinochet al avance institucional de su país y el Continente.

Porque el recuerdo de su régimen oprobioso no cesa de alertar sobre las acechanzas que la historia atraviesa en el camino de los pueblos para castigar sus torpezas y, como el franquismo en España, ha incitado en Chile la concertación y el diálogo; y la humillación que le cortó la cresta al arrogante dictador debería servir como suficiente recordatorio para los émulos presentes y futuros, de que la humanidad avanza, tal vez con demasiada lentitud pero inexorablemente, hacia paradigmas de justicia cada vez más universales.

Así ocurrirá, seguramente, para dejar que el bagazo que representa el general Augusto Pinochet abandone la escena y retorne a su querencia, a hundirse en esa "segunda infancia de total olvido, sin dientes, sin ojos, sin gusto y sin nada" que asimilaba a la vejez un compatriota del juez Bartle en una de sus piezas inmortales.

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