LA «izquierda plural» francesa vive horas de desconcierto representativas de la desorientación general en que se halla sumida la socialdemocracia europea. La tormenta ha sido desatada por una industria emblemática, Michelin, cuyo anuncio de 7.500 despidos ha propiciado una confesión de impotencia por parte de Jospin, primero, y un giro hacia políticas de izquierda dura más tarde. Tras declarar que el Estado no puede dirigir la economía, el primer ministro ha anunciado, acosado por lo más radical de sus aliados, un agresivo plan de sanciones contra la flexibilidad empresarial. Cuando el paro baja, como en el resto de la UE, y la economía gala prospera, ese salto de una posición realista a otra de intervencionismo sólo revela la incapacidad de la izquierda para acomodar su discurso al orden económico internacional. La «tercera vía» de Blair lo intenta con dificultad, Schröder lo paga en las urnas, y la errabunda «izquierda plural» fracasa al echar mano de las fórmulas más vetustas.
Porque Jospin ha decepcionado a sus compañeros de viaje tanto como a la Patronal. Y eso a pesar de ser un socialdemócrata íntegro. No puede considerarse sospechoso para la izquierda, pero sí para la izquierda mineral, aquella que no acepta que los hombres evolucionen. Jospin ha hecho advertencias terminantes: defiende una economía de mercado, no una sociedad de mercado; la izquierda no renuncia a la dictadura del proletariado para defender la dictadura de los accionistas; el Estado no pagará reducciones de empleo y ajustes de plantilla a empresas con beneficios. Pero, a la vez, insiste: no dirigirá las empresas desde el Gobierno. Tiene razón, pero está preso de la contradicción de atender una economía que ha accedido al euro desde el rigor que el centro derecha labró, y al tiempo querer satisfacer el utopismo roji-verde.
Podría pensarse que al final lo determinante es la Administración gala y su tradición intervencionista. Francia tiene una derecha inteligente en la que ha hecho mella el dividendo de la paz: medio siglo de crecimiento casi ininterrumpido, con libertades garantizadas, valores democráticos y prosperidad general. Los conservadores y el centro derecha han decidido no dedicarse en exceso a la política, sobre todo ahora que su gran enemigo, la extrema derecha, aparece dividida. La izquierda ha evolucionado también, hacia el centro. Pero son, en el fondo, variantes de una clase dirigente que gobierna desde hace cien años. Al menos la mitad de los altos funcionarios pertenecen a la casta de los enarcas, normalianos, politécnicos. Una gran administración defiende a Francia, con los inconvenientes de la rigidez y las virtudes de la seguridad.
Por eso, Francia es profundamente conservadora. Por esa resistencia estatal al cambio a la que el centro derecha hará bien en enfrentarse con las reformas necesarias.
ABC (España), 29 de septiembre de 1999