Trompo a la uña
María Luisa Mendoza
ULTIMAMENTE se usa mucho preguntar los conceptos propios de erotismo y sexo, y si hay tiempo, de pornografía. No sé por qué los tiene tan preocupados el asunto del que cuando yo era niña no se hablaba a la hora de la merienda (ni nunca). En fin, con las prisas de siempre me puse a leer a mi amadísimo Sigmund Freud, es decir un libro de Dubcovsky ardientemente titulado La triple vida sexual de Sigmund Freud, la cual aquí entre nos fue bastante modesta, aunque el escándalo de la maledicencia lo asaltó en cuanto a su mujer, a su cuñada y a la divina Lou Andrea Salomé. Para esto, en su honor —de Freud— visité el consultorio donde daba consulta, emocionada de estar allí en donde tantas personas aliviaron el desgarramiento del alma. Lo que más vi fueron el diván y el árbol de afuera, en el jardincillo interior de la casa de departamentos tan clásicos en Viena. Primero leo: "Nos interesamos por la vida sexual de los grandes hombres: la supuesta homosexualidad de Leonardo, la potencia viril de Chaplin, la ambigua relación de Gandhi y su nieta, la promiscuidad de John Kennedy, de Eisenhower, de Lyndon Johnson (y de Clinton, añado), la homosexualidad latente de Eleanor Roosevelt, las múltiples esposas de Picasso, las aventuras de la vejez de Víctor Hugo, la inculta esposa de Rubén Darío... ¿Por qué no entonces la vida sexual de Freud?"
EL caso es que para el Canal 40 me entrevistan y arrejunto a los escritores que han tocado el tema de ver, oír, oler, gustar y tocar. De los vasos comunicantes que son el sexo y el erotismo. El erotismo azul eléctrico. Paz o Garibay, el rey Salomón y la sulamita de El cantar de los cantares. Las mil y una noche, las cartas de la monja portuguesa, Proust, Nabokov, Henry James y su erotismo sigiloso, James Joyce, Margaret Duras, García Márquez, Griselda Alvarez, Cortázar, tan juguetón, la Garro, la Castellanos, Carlos Fuentes, Salvador Elizondo, la Mastretta, García Ponce, Azuela, Faulkner, Kafka, hasta Borges en El libro de arena —su cuento Urrica—; Neruda.
De la pornografía ni hablar, es ejercicio calistécnico de un hastío ni siquiera pavo real. No me gusta el Kamasutra por ejemplo, Quevedo es un rey coronado. Confieso que el erotismo solamente me llega como un golpe de mar, salado y fresco, en la literatura, muy difícilmente en el cine o el teatro, las imágenes visuales poco tocan mi corazón alebrestado, en cambio Jorge Semprún me dice tanto de lo que te platiqué tal Pérez Reverte, hace poco Kathryn Harrison en El beso, Edith Warthon siempre. Y, prosigo, primero es el idioma, luego el erotismo y el sexo ya sacramentado quizá por el amor. El erotismo es soledad acompañada... o no... la creación es solitaria, de allí quizá el parecido... Pienso que el doctor Freud estuvo muy solo, horas en el consultorio apretado de figurillas griegas, egipcias, tapetes persas, luz tenue, y su único gran consuelo su hija Anna, a la cual increíblemente para las leyes implantadas por él, analizó. Yo también soy escritora erótica...
El Excelsior (México), 29 de septiembre de 1999