Metapolítica: el caso Chávez

Abel Posse

Todos estamos hartos de la política de los políticos. Es ya difícil soportarlos con sus bombos, sus peinados carismáticos, su parla mobilera siempre calculada, su docilidad ante los grandes poderes fingiendo independencia, doctrina y hasta valentía. Esta hartura es un fenómeno mundial. La gente va bostezando a las elecciones democráticas, tanto en los Estados Unidos, que definieron el sistema, como en Polonia que nunca lo había vivido. Si mañana se votase en Argentina sin obligatoriedad, no pasaríamos del 42 ó 44 por ciento. Estas democracias formales, asustadas y comprometidas con el economicismo amoral y el neoimperialismo político, carecen de todo atractivo. Tienen tanto sex appeal como un par de tijeras. Los políticos no representan nuestra angustia ni las esperanzas de cambiar un mundo que se nos desmorona culturalmente y donde nos causa horror pensar cómo van a hacer para vivir nuestros hijos. Tienen más miedo que nosotros. Ya no se animan a nada. Se refugian en la ley para seguir igual, para evitar la nueva legitimidad, la creación de derechos vivos. Cada cinco años lampedusianamente inventan los cambios para que todo siga igual.

No se los odia. Están allí, haciendo su carrera administrativa de puesto público en puesto público como pajarillo de rama en rama. Pero a veces asoma la ocurrencia: ¿Cómo sacudirnos de esta costra tenaz interpuesta entre el pueblo y el poder? ¿Por qué no hacer política, gran política? (Desde Lincoln a De Gaulle, de Robespiere a Bolívar, todo lo que nos queda a los argentinos ha sido producto de decisiones espectaculares, de aventuras que siempre parecieron descabelladas, golpes de gran política).

La metapolítica, disciplina novísima, es la expresión de esta angustia generalizada ante la partidocracia que elige esta versión boba, dependiente, deshuesada, de democracia incapaz de transformaciones de fondo. El profesor Alberto Buela la define así: "La metapolítica es la reflexión crítica acerca de los preconceptos de la política". Trata de desenmascarar la realidad de la política detrás de la máscara universalizada y represiva de lo "políticamente correcto". Se ubica a Max Scheler como fundador de esta corriente crítica que para él tenía un fin concreto: suplantar a los conductores y gobernantes eternizados en la "clase del poder". En suma, la seudodemocracia que se escuda en la falsa representatividad y en el formalismo importado (caso de la falacia de los "tres poderes"), se combate con verdadera democracia, eliminando las costras de partidismo profesional que interrumpen la relación directa del pueblo con el poder. El demos, el pueblo, trata de recuperar la posibilidad de liderarse. Busca una profunda reorganización institucional para viabilizar su voluntad. Ya en 1899 Ernest Lavisse observaba en las flamantes repúblicas europeas: "Se producen pandillas que llegaron al poder por un accidente inicial y sólo se preocupan por prevenir el accidente final que les pueda expulsar de él. La soberanía del pueblo es, sin duda, mentira".

El presidente Chávez y la Constituyente

El coronel Chávez supo despertar en el pueblo venezolano la intuición de que la autoelogiada democracia formal era la máquina de impedir la voluntad popular. Durante 40 años se sucedieron gente honorable y prudente que dilapidaron, robaron o no supieron usar "40 planes Marshall". En efecto, como en el reino árabe, Venezuela recibió proporcionalmente la más espectacular cantidad de plata fresca y se encuentra en este fin de siglo con el 70 por ciento de la población por debajo del umbral de pobreza, con una subculturización imbecilizadora, con masas a la deriva. Son los tristes tropiques de la vida para nada, del ser para nada. Un país donde para sobrevivir hay que invertir toda la angustia y el tiempo de la vida. Ejemplo cabal de esa América Latina que no quiere ser y pretende asomarse al nuevo siglo como una Carmen Miranda simpática, envejecida, jamona.

La convocatoria nacional al cambio implica el estremecimiento de toda gran política. Hay que recordar el surgimiento de Perón o el retorno del general De Gaulle en 1960 para desplazar a ese buen señor, el presidente Coty, representante de un estancamiento en nombre de la ley similar al que comandó el presidente Caldera. La legitimidad profunda de la soberanía popular y nacional crea una nueva legalidad. Es como una reacción de sobrevivencia cuando ya se huele la propia gangrena. Así es como se establece esa mayoría casi absoluta, nacional y transclasista, que convoca a la Asamblea Constituyente como madre indiscutible de toda nueva constitucionalidad. Nada más legítimo y legal que este proceso (pese que al cardumen de Casandras bien pensantes, desde Miami y México, difundan a la prensa incauta la versión de golpe de Estado y de despotismo).

En realidad nadie más estrictamente democrático en este momento del continente. (Como creen que la democracia está hecha para dejar todo igual, enseguida imaginan que detrás de toda movilización nacional y popular tiene que haber el tirano que urge demonizar). Lo que hay que comprender es que el pueblo venezolano vive con Chávez el poder como posibilidad abierta, el estremecimiento festivo de devolverse la política secuestrada. Una política donde ya no se habla de estadísticas, ni de candidatos dedicados a la cosmética del carisma aparente (la laboriosa captura de votos desganados). Una política donde la convicción prevalece sobre le balbuceo calculador.

El abismo en el jardín

Supongamos que la Constituyente reorganice al país y barra con el pasado estancamiento, como en la Francia de la IV República degaullista o en la Italia pos De Pietro. Chávez y su pueblo tendrán que afrontar el abismo de nuestro tiempo: el miedo al cambio y a crear historia, la falta de libretos para darnos una nueva existencia política. Tienen a sus pies los cadáveres del socialismo fracasado y de un mercantilismo depredador, terminal, amoral y nordista. ¿Qué hacer con el flamante y bullicioso poder genuino? ¿Intentar un falansterio tropical, recaer en la trampa del petrofinancierismo? ¿Qué hacer con el freno previo y castrador de la deuda eterna/externa? Este es el abismo. El Sinaí que habrá que cruzar antes de la nueva Canaan.

Chávez, el héroe ¿corre como su Bolívar hacia la catástrofe de la imposibilidad o tendrá, él y su pueblo, la fuerza y el coraje para iniciar su gran viraje al que nadie se atreve?

Premio Rómulo Gallegos
El Nacional online, 26 de septiembre 1999