Lluvia de dinero
Axel Capriles M.
Mandado a sacar de la cárcel, por allá en los años
cincuenta, mi tío, el editor Miguel Angel Capriles, fue
llevado directamente al despacho del ministro del Interior.
Las palabras del doctor Laureano Vallenilla Lanz fueron
claras: 'aquí, en este país, hay dos grandes chorros: Un
chorro de petróleo y un chorro de porquería (utilizó otra
palabra). Tú y tus hermanos están locos. Si ustedes (la
Cadena Capriles) se quedan tranquilos, pueden meter la
cabeza bajo el chorro de petróleo. Ahí están los
contratos de construcción, los créditos baratos, las
compras de armamento del Ejército, tú sabes. Lo que yo no
entiendo es por qué ustedes insisten en meter sus cabezas
bajo el chorro de porquería'.
La práctica fue perfeccionada por adecos y copeyanos:
mantener el país tranquilo a fuerza de reales, y ahora el
actual Gobierno, el régimen adeco nouveau de fin de siglo
(llamado eufemísticamente chavista), ha decidido convertir
el chorro de petróleo en lluvia de dinero. Destino peculiar el de Venezuela, no tener nunca que
encarar sus crisis por salir rápidamente de ellas a punta
de petróleo. Ahora, con la cesta petrolera a más de veinte
dólares volvemos a nadar en la abundancia, plétora capaz
de esconder el desatino de uno de los gobiernos populistas
más improvisados e incompetentes de los últimos cuarenta
años. La verdad es que el presidente Chávez ha entendido
que el desempleo, el hambre y la recesión económica
profundizada por su gobierno amenazan con bajar su espuria
popularidad y ha decidido, por tanto, tranquilizar los
ánimos con reales.
Como en los viejos discursos de Carlos Andrés Pérez,
miles de millones por aquí, miles de millones por allá. No
importa que la recaudación fiscal haya bajado
sustancialmente debido al estado deplorable de la empresa
privada y al desincentivo a la inversión de la actual
voracidad fiscal (más y más impuestos para un sector
privado cada vez más pobre y dependiente del Estado). Los
constructores, los agricultores, los publicistas, los
pequeños industriales, todos quedarán contentos con una
lluvia de dinero. Los anuncios surgen una y otra vez entre viaje y viaje
presidencial: 135 millardos para un precario plan de
viviendas, 200 millardos para ejecución de obras
paralizadas, 4 millardos para un plan comunicacional que
demuestre la solidez del programa económico, miles de
millones para los pequeños industriales, otros tantos
millardos para repartir a través del Banco del Pueblo (no
importa que sean créditos irrecuperables, cualquier demanda
cuesta más de cien mil bolívares, lo importante es que el
dinero llegue, regalarlo para mantener la fe). La historia vuelve a repetirse. Como en los viejos
tiempos, el Gobierno aliviará la recesión y propiciará el
crecimiento económico por medio del gasto del Estado, no a
través de la definición de un modelo económico coherente
que propicie la inversión del sector privado, la
competencia y la productividad. Mientras todo el sistema
económico vuelve al pasado, Instituto Venezolano del Seguro
Social, prestaciones sociales retroactivas, etcétera, el
dinero fácil del petróleo nos hará felices a todos. Habremos llegado a la patria ideal donde todo será
gratis: educación gratuita, alquileres protegidos, rutas
aéreas de interés social, créditos populares a
perpetuidad, medicinas sin costo. El papá Estado nos dará,
otra vez, todo. Es la maravillosa y rica ciudad de Manoa,
país de ensueños recubierto de oro. Es el mismo mito de El
Dorado que ha 'sufrido una remodelación sustancial para
acoplarse a las cambiantes circunstancias', esta vez con 'un
cariz más democrático, pues son los guerreros los que se
tiznan con el metal dorado (Vera) o es el pueblo entero el
que recibe una lluvia de oro en polvo vertido por unos
canutillos (Raleigh)'. Basta acercarse al todopoderoso
Estado petrolero, es decir, a Chávez. L'état c'est lui.
El Universal Digital, 26 de septiembre 1999