Conciencia nacional, idioma y geografía

Manuel Caballero

Confieso que no me produce ningún entusiasmo discutir sobre el tema de la 'identidad' nacional. Ese término lleva inmediatamente a una discusión de tipo filosófico sobre la relación entre lo fijo y lo cambiante, entre lo uno y lo diverso, y las más de las veces se acantona en el terreno de la especulación pura. Sobre todo, nos produce desconfianza el que por lo general se plantee como una pregunta con respuesta incorporada: cuando se habla de 'identidad nacional', en el caso de nuestro país, es porque se trata de trazar, de una vez y para siempre, los rasgos de la 'Venezuela eterna'. En lo que nos concierne, rechazamos la existencia de caracteres nacionales fijos e inamovibles: la Nación es una creación histórica y en modo alguno inmanente.

Una creación histórica

Y es sobre esa base que también preferimos hablar de 'conciencia nacional', es decir, de una creación, una realidad histórica y por lo tanto analizable como tal. Para ello partimos de la base de que Venezuela es, en primer lugar, una invención de los conquistadores. Quienes habitaban nuestro territorio antes de su llegada, no tenían (o por lo menos es poco probable que tuviesen), una memoria común y ni siquiera la sensación, mucho menos la conciencia, de habitar un territorio común. Como se sabe además, los diversos territorios que hoy forman Venezuela no vinieron a ser unificados sino en 1777, por decisión del rey Carlos III de Borbón.

¿Qué nos queda hoy, como parte de nuestra conciencia nacional, de aquellos primeros tiempos, antes de la formación de la Capitanía General? Hay por lo menos dos elementos cuya continuidad se distingue a través de todos los cambios y mutaciones que se han sucedido, incluso en ellos mismos. A decir verdad, es uno y mismo: la cultura hispánica, en dos de sus manifestaciones más poderosas o más evidentes: el idioma español y la religión católica. Lo significativo es que ambos fueron introducidos a la fuerza, y sin embargo, es lo primero y posiblemente lo más fuerte de esa conciencia que aparecerá luego, cuando se vaya formando la nación.

Incrustados a sangre y fuego

¿Dos elementos extranjeros, el idioma y la religión, y peor aún, incrustados en nuestra sociedad a sangre y fuego? Así es, pero además con mucha razón, muy explicable por la historia misma: era la primera vez que, en todo nuestro actual territorio, se hablaba una lengua común y se profesaba una creencia común. De modo que quienes pretendan, en el planteamiento de la idea de 'identidad nacional' poner el acento sobre lo perdurable, lo 'eterno', tienen que rendirse a la evidencia, y es lo que lo más duradero, lo más 'sí-mismo' de nuestra 'identidad' y de nuestra conciencia nacionales es producto de un cambio, de una gran sacudida histórica; no estuvo allí 'desde siempre' sino a partir de determinado momento.

En estas notas, y sin pretender ni mucho menos agotar el tema, el abanico de opciones, podemos señalar además dos elementos de muchísima importancia: la búsqueda de nuevos territorios y la generalización de una cierta manera de ver a Venezuela como una concreción formal. Cuando, en el día de hoy, a un venezolano se le pide describir su país, lo primero que se le viene en mente es el mapa que conocemos: esa forma de mujer de amplio pecho y una sola pata (hoy reforzada con una hipotética prótesis, la 'zona en reclamación').

Con la cara hacia el Oeste

Esa mujer baila con la cara lanzada hacia el Oeste (la península de Paraguaná) y el cuerpo arrastrado hacia el Este por el curso de unos ríos que en su inmensa mayoría van a dar al Orinoco. Nos viene de manera tan natural dibujar esa figura en nuestra mente, que igualmente tendemos a pensar que eso siempre ha sido así. Pero no: la concreción de esa forma, la del mapa político y territorial de Venezuela, se ha venido formando a través de los siglos.

Lo primero viene con la Conquista: se trata, claro está, de incorporar nuevos territorios y pueblos al dominio de la Corona, pero esas nuevas tierras deben ser descritas, para que no sean sólo producto de la mente calenturienta de los conquistadores. De modo que si, en los manuales, el Descubrimiento precede a la Conquista, la recíproca también es verdadera y el descubrimiento de una nueva geografía sucede a la Conquista.

Pero eso no se detendrá ahí, ni los descubrimientos fueron sólo cosa de la búsqueda de un territorio y un pueblo por someter a dominio. Hay además la inquietud pura o fundamentalmente científica, cuya importancia no ha sido nada menor que aquella: la presencia de Humboldt en la historia de Venezuela como testigo inapelable sólo es superada, entre los historiógrafos, por la del Libertador.

El material simbólico

En todo caso, ello ha contribuido a la construcción de lo que podría llamarse el material simbólico de la conciencia nacional, o al menos del territorio: es Guayana, los Andes, los Llanos, expresiones y figuras que le hablan a todos los venezolanos sin necesidad de explicaciones o precisiones suplementarias. Pero por muchos y muy importantes que hayan sido esos aportes, tal vez no hubiesen pasado de ser adorno de polvorientas bibliotecas y archivos, si no hubiesen sido difundidas. Es aquí donde se muestra la importancia de la educación. Todo el que haya pasado por la escuela primaria, con todas las deficiencias que se le conocen hoy, tiene grabado en su mente el mapa de Venezuela, su situación al Norte de la América del Sur, y su forma de bailarín descoyuntado a la Toulousse-Lautrec.

Y eso también ha sido un proceso, una larga sucesión cronológica, y sería una ingenuidad creer que para todos los venezolanos que han poblado el territorio desde 1830 han tenido una visión igual del mapa de Venezuela. Y no podían tenerlo por la sencilla razón de que no existía: estaba en formación.

El Universal Digital, 26 de septiembre 1999