El otoño del Partido

Roberto Hernández Montoya

Ni les queda apenas color:
solo el color general
a que se estrechan las cosas en la agonía.

Eliseo Diego

La fachada de la casa enumera los pormenores del boato: columnas de mármol, cornisas de lo mismo, memorables molduras, vitrales resplandecientes, ventanales cuantiosos, terrazas dilatadas. Todos fueron testigos alguna vez de los carruajes, las orquestas, los oropeles, los trajes fastuosos. Alguna vez la casa estuvo asediada por el foco inclemente de la novedad y no tuvo santiamén de reposo. Día y noche concurría a ella la ciudad entera, gentes venían de muy lejos en devota peregrinación. Los más se contentaban extasiados con vislumbrar el resplandor de sus alabastros y ventear a lo lejos el aroma propicio de las ubérrimas enredaderas que poblaban los muros fuertes e interminables.

Hoy casi nadie recuerda aquel empíreo. Solo los sobrevivientes que deambulan desorientados en el caserón abatido. Las palomas anidan en los capiteles toscanos y chorrean sus desechos por las columnas hasta el piso. No ha habido mano diligente que recoja ese detrito que infama pilares que otrora fueron sostén de un abolengo joven pero no menos recio que los más ancianos. Las enredaderas confunden sus hojas secas con grandes trozos de color negligente. Ha tiempo que la terraza está cubierta con varias capas geológicas de fósiles extraños a todo bestiario. Ya no danzan allí raudas damiselas en brazos de triunfales caballeros de bruñidas espadas y uniformes densos de gloria. Ya el portal no es poblado por calesas de esplendentes percherones. ¿Qué se fizo el resonar de los claros clarines? ¿Dó las diademas que ornaban las frentes cándidas de las vírgenes? Oh, tempora, oh mores!

Ahora la familia se atrinchera entre muebles derrotados por la desgana, apartando el polvo reincidente con sus manos vacilantes. He aquí el estrago del tiempo. El viejo y ceñudo patriarca ya no truena con su voz barítona, expulsado de los predios en medio de la peor infamia, despreciado hasta por los mastines más fieles que gruñen hostiles al recordar en las noches más oscuras el viejo olor que otrora los embelesaba. Ya el primogénito impetuoso no es escuchado, pues los mayores -que como pertinaces alquimistas procuran aún la inmortalidad en los vetustos diplomas- han acallado sus razones con mil sinrazones. No pueden pensar. Están demasiado ocupados en ocultar llaves de cerraduras que ya nadie intenta violar, en atesorar títulos de propiedad y timbres nobiliarios que no envidia ni el mendigo que ahora ocupa el garaje do otrora aparcaba el grandioso carruaje patrimonial. ¡Cuántos tomaron a honra envidiable y envidiada el ser arrollados por aquel coche que hollaba soberbio las calles asombradas! Un arrebato provecto y general ha nublado las frentes de aquellos venerables que en otro tiempo alardearon lucidez y sagacidad. El primogénito no entiende, no mira alrededor y comienza a recibir la única heredad que esos mayores que lo abominan pueden darle: más ocaso y más otoño.

No lo entiende. No lo entendió nunca. Es como ellos.

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