Que la utopía nunca muera

JOSÉ LUIS RAMÍREZ

En un mundo globalizado pareciera que la utopía estuviera condenada a desaparecer. El paso de Rodrigo Pardo por El Espectador revivió el deseo de forjarla.

Hace cerca de tres años el gran escritor venezolano Arturo Uslar Pietri escribió que lo que más le dolía de este siglo agónico era que se había perdido la capacidad de reivindicar la utopía, la cual parecía condenada a morir.

La frase del maestro Uslar Pietri sirvió de tema de conversación para el intercambio epistolar, vía internet, que sostenía con Rodrigo Pardo, entonces embajador en Francia. La verdad es que la idea descorazonadora de que uno de los grandes humanistas y literatos de América Latina dejara a sus lectores una premonición tan apocalíptica llamaba, de manera urgente, a la reflexión.

¿Qué había quedado de los sueños románticos de toda una generación que se la jugó por las ideas en las calles de París, en mayo del 68? ¿A dónde habían ido a parar los sueños de quienes vibraron con la figura de un Unicornio Azul? ¿El fin de la historia, que anunciaron con bombo y platillos desde el norte, había terminado por aniquilar también la capacidad de imaginar, esa que John Lennon había inmortalizado en una canción en la que declaraba: “pueden decir que soy un soñador, pero no soy el único que hay”, pues se había atrevido a pedir “un chance para la paz” en el mundo?

Pocos meses después de los comentarios sobre la frase de Uslar, la utopía parecía volverse realidad. Rodrigo fue nombrado nuevo director de El Espectador, el periódico que representaba por su historia, tradición y el ejemplo de la familia Cano, toda la enseñanza de un periodismo independiente, honesto y comprometido con la verdad, incluso hasta la vida misma, como infortunadamente sucedió con don Guillermo.

La invitación para que yo acompañara a Rodrigo Pardo en el manejo de las páginas de opinión, así como otras actividades, se dio de forma simultánea con los cuestionamientos apresurados de quienes veían su llegada al diario como la politización del mismo y de falta de independencia que se auguraba frente a los intereses del Grupo Bavaria.

Nada de lo anterior sucedió. El manejo periodístico dado a la campaña política fue uno de los más objetivos dentro de la prensa escrita. Así fue reconocido por la veeduría ciudadana que le hizo seguimiento a los comicios. En cuanto a la independencia demostrada frente al Grupo Bavaria, es un hecho incuestionable.

Las páginas de opinión de El Espectador fueron incorporando poco a poco plumas de diversas tendencias, que sumadas a las que venían de tiempo atrás han dado muestras fehacientes de que el espíritu liberal, pluralista y tolerante que ha identificado al diario como bandera por más de 112 años, se mantiene.

Justo en estos días difíciles aparece un texto de Tomás Eloy Martínez en la revista Número reivindicando la utopía al decir que “en este fin de siglo neoliberal tan orgulloso de sus certezas ... la cultura tiene la misión de ver la realidad como una enorme interrogación, como una perpetua duda y de imaginar el futuro como una incesante utopía (...) Es preciso renovar las utopías que languidecen en el cansado corazón del hombre”.

Rodrigo Pardo, quien supo sembrar sueños en su equipo de trabajo en estos dieciocho meses al frente de la dirección del periódico, demostró con creces que sabe cómo hacer buen periodismo. En adelante podrá continuar pensando, como su querido Serrat, que “sin utopía, la vida sería un ensayo para la muerte”.

El Espectador (Colombia), 6 de octubre de 1999