Chirac

Ramón PI

Su Majestad el Rey conversa con Jacques Chirac y el presidente del Gobierno, José María Aznar. Archivo UNO de los espectáculos más notables de nuestra política son las conferencias de Prensa que ofrecen las personalidades extranjeras que visitan nuestro país. Acompañados por su homólogo español, a lo mejor esos dignatarios piensan, inocentes, que los periodistas los acribillarán a preguntas sobre las relaciones de sus países con España, el futuro de esas relaciones, los obstáculos que se oponen a la mayor intensidad de intercambios. Nunca ocurre nada de eso. Por el contrario, los periodistas, que se suelen agolpar en la sala destinada al efecto, a quien asaetean es al dignatario español, y además para preguntarle por mil y una cuestiones de naturaleza estrictamente doméstica. Los últimos años de gobierno socialista, esas conferencias de prensa fueron una tortura para Felipe González y los diversos ministros que se veían en la obligación de pasar por ese potro de tortura. Filesa, los GAL, los procesamientos de altos cargos, el AVE, y toda la letanía de cuestiones incómodas desfilaban sin misericordia ante la atónita mirada del visitante, a quien nadie preguntaba nada. Supongo que cuando en cualquier país se atraviesa por momentos de crisis política ocurre algo parecido. Aquí, al fin y al cabo, no somos extraterrestres ni idiotas. Al menos, ni más extraterrestres ni más idiotas que nuestros congéneres.

Puede ser que Jacques Chirac, presidente de la República francesa, que se encuentra entre nosotros estos días, se libre de tener que asistir al número de hacer de convidado de piedra en la conferencia de Prensa que cierre su visita, porque hay asuntos de interés común muy importantes que aquí también apasionan; citemos, sin ir más lejos, a ETA y a las multinacionales francesas que aspiran a llevarse una tajada importante en grandes obras públicas como, por ejemplo, los futuros trenes de alta velocidad, o de velocidad alta, que no son lo mismo, aunque a efectos de hacer negocio, sí. Y además no vivimos, al menos hoy, ninguna crisis tremebunda que se lleve todo el protagonismo. Pero algo de eso habrá, aunque sólo sea porque Aznar se pondrá a tiro de los informadores, y este tipo de ocasiones no hay que desperdiciarlo. Pero de lo que no se ha librado ha sido de que su llegada a España se haya reflejado en nuestros medios de comunicación en clave de política interna. ABC destina al paseo de los matrimonios Chirac y Aznar la gran fotografía de portada; El Mundo no abre su edición con este asunto, pero le otorga los honores de su fotografía principal en primera página, y eso, supongo, porque tiene una información propia, marca de la casa, para abrir: «Proponen que González devuelva el sueldo tras llevar 10 meses sin ocupar su escaño». La Vanguardia ofrece en su portada, en lugar preferente, una fotografía de dimensiones modestas; Diario 16 anuncia la llegada de Chirac a una columna, y no por arriba, y El País se contenta con una mera llamada que ni siquiera abre su sumario.

La visita del jefe del Estado francés es, sin embargo, de importancia evidente, y en ediciones posteriores es seguro que ganará espacio en las primeras páginas, porque las claves internas no llegan al extremo de maltratar en demasía a los propios lectores. Las preferencias de cada cual se manifiestan tanto relegando lo que se supone que puede favorecer al que no gusta como magnificando lo que se intuye que le puede perjudicar.

En la sección editorial también es posible percibir algo de lo que llevo dicho. Normalmente, cuando se produce una visita del calibre de la que tenemos estos días, los periódicos (al menos los que se tienen por periódicos de los llamados de referencia) suelen publicar un editorial al respecto, para que el ilustre visitante desayune con su lectura. Eso no ha ocurrido ahora más que en parte. Sólo ABC y La Vanguardia se han atenido al uso tradicional. El País insiste en la bronca del Partido Popular en Tenerife con un comentario titulado «Turbulencias en el PP», en el que tira por elevación. Empieza diciendo que «el Partido Popular no es ese estanque de aguas apacibles que ha descrito José María Aznar como reverso de un PSOE enfrentado y cuarteado en una “confederación de partidos”, con “17 tiendas y 17 proyectos”. Ni aparece tan idílica la situación del primero ni la del segundo es probablemente tan calamitosa». Así seguido, hasta que termina de este modo: «Los brotes aparecidos estos días revelan que las caudalosas aguas del PP no bajan tan tranquilas como quisiera el presidente Aznar para afrontar las elecciones generales de marzo». Con este mensaje, a buenas horas se va a desperdiciar espacio para saludar a Chirac cuando llega. Tiempo habrá de hacer balance de su estancia al final, o, en el mejor de los casos cuando empiece la visita oficial propiamente dicha.

En lo que ha habido unanimidad absoluta ha sido en dedicar, todos, un editorial alarmado ante el auge de la ultraderecha en Austria. Eso sí que estaba cantado.

ABC (España), 5 de octubre de 1999