Federico Jiménez Losantos
SALVO catástrofe, España será el siglo que viene un país de ancianos y de inmigrantes. Esperemos llegar a serlo y a verlo. Y esperemos también que nadie entienda la muchedumbre de viejos y la avalancha de inmigrantes como desastre, porque, ya digo, la catástrofe sería que no siguiera aumentando la expectativa de vida y que la inmigración no paliara el hundimiento de la natalidad. Tienen que venir inmigrantes a trabajar y a tener niños para poder pagar las pensiones del siglo que viene, así que lo importante no es resistirse a lo inevitable sino canalizarlo del modo más racional.
Creo que el Gobierno ha hecho un proyecto sensatísimo, aunque en medios felipistas se lo presente con tintes racistoides y esclavistas. Un millón de inmigrantes en la década que viene es lo mínimo que precisa España para mantener su ritmo de crecimiento económico. Lo fundamental es que sea una inmigración legal, no un tráfico de esclavos. Los acuerdos con Ecuador y Colombia supongo que apuntan a una integración mayor de familias hechas o por hacer, a mi juicio la emigración más fructífera. Pero el trabajo de temporada en zonas agrícolas puede muy bien encauzarse mediante ese gran acuerdo con Marruecos para el trabajo temporal, en el que parece están interviniendo razonablemente los sindicatos. La demanda española está abocada a traer centenares de miles de trabajadores del norte de África, mano de obra barata y abundante, pero si queremos que sea sólo mano de obra y no carne de conflicto social es preciso legalizarla, señalar con holgura los meses del permiso de trabajo y que puedan volver a su casa en el Magreb y retornar también al año siguiente, los meses que legalmente se acuerden. Es una forma de garantizar el flujo de mano de obra entre los dos lados del Estrecho manteniendo al mismo tiempo una situación social estable y económicamente beneficiosa para Marruecos. Todos tenemos que ganar con una fórmula que excluya las pateras, los muertos y los traficantes de nuevos esclavos a la sombra de Gibraltar.
Así como los jornaleros o temporeros andaluces del siglo XXI pueden muy bien ser magrebíes, me parece esencial que pensemos en una inmigración definitiva que no consolide guetos y que reduzca al mínimo las inevitables tensiones de inserción social. La lengua y la religión son elementos clave, porque conforman también el modelo familiar, núcleo básico de socialización de los individuos, al menos en España. Hispanoamericanos y católicos del este de Europa son las extracciones geográficas que más fácilmente pueden arraigar en nuestro país, las que en una sola generación tendrán hijos españoles sin más complejos que los inevitables y con el razonable cosmopolitismo que precisará cualquier criatura del milenio inmediato. Creo que la legalización de trabajadores temporales es, ya digo, una excelente idea, pero tanto la catástrofe de la natalidad como la tendencia natural a formar parejas y tener descendencia hacen improbable y hasta indeseable que no se convierta la inmigración en permanente, familiar, escolarizada y socialmente integrada. Y eso hay que preverlo para no tener que lamentarlo.
Es inevitable la inmigración. Es también necesaria. Será positiva si sabemos integrarla e integrarnos nosotros en esa sociedad nueva. Pero hay que trabajar hoy para evitar la marginación y la violencia de mañana. Huyamos de los cuentos de hadas y de los apocalipsis. No falta sólo mano de obra, sino familias con niños y todo el mundo cabe dentro de la ley. Ah, y en los medios debemos hablar mucho, mucho, sobre este asunto. Nos va en ello el futuro.
ABC (España), 5 de octubre de 1999