Mirar las cosas de otra manera

Roedores y mujeres de noche

La salida de los males del país no está en el aeropuerto Eldorado, sino en el hombro.

ANDRÉS HURTADO GARCÍA

En este enredo de los presuntos colombianos que se marchan al extranjero o están haciendo cola en las embajadas, hay mucha tela que cortar y que cortarles. Algunos comentan que cuando el barco se hunde, las ratas son las primeras en abandonarlo. Prefiero mirar las cosas de otra manera (casi igual). Admitamos que en Colombia las matanzas son especialmente atroces; que los secuestros, la forma más abominable de la tortura, aumentan; que el mercado mortal de la droga, que los miles de desplazados, que la multitud de desempleados, que los más de 10.000.000 que pasan hambre, que la delincuencia común, que la desesperante tramitología oficial, que la corrupción desangradora del país, que la trapacería de los políticos, que nuestros males parecen no tener fin. Admitámoslo.

Que las madres paren en los pasillos de los hospitales, que los enfermos que no tienen cómo pagar asistencia particular simplemente deben morirse, que los campesinos desesperados huyen a las ciudades convirtiéndolas en ollas de presión, que las cárceles son polvorines. Admitamos también un larguísimo etcétera de nuestras desdichas. Pero, porque la madre de uno sea de esas mujeres callejeras, de profesión nocturna y de calificativo sonoro e impublicable, porque la madre sea una de esas, ¿uno la abandona? No. Le ayuda y la saca a vivir decentemente, un poquito más cada día y sobre todo cada noche.

Pero, ¿no serán más bien las cosas al revés? La madre es muy buena, en todos los sentidos. Los malos son sus hijos violentos y corruptos.

Este país, inmensamente rico y saqueado e inmensamente bello y destruido, no merece el tratamiento que le dan los que lo roban y los que lo abandonan. Los pobres, los vaciados, los que toda la vida han pasado hambre y comido tierra (¡la tierra es muy buena pero no en la mesa!), pero que todavía no se han acostumbrado a vivir con el vientre vacío, serían los únicos que podrían lícitamente abandonar el país ahora cuando la situación aprieta más y ellos ni siquiera crían telarañas en el estómago. Pero no se van. No tienen plata para pagar visa, ni ropa decente para hacer fila en los consulados. Como sí los tienen, dinero y buen vestido, los que viajan al extranjero. Irse significa, además, llevar dólares ahorrados y muchas cosas más.

Mirando a quienes sacan el dinero del país porque ya no ganan tanto como antes, comprobé mi descubrimiento: el único recurso natural renovable, criminalmente renovable, es la codicia.

El año pasado se publicó en España un libro titulado Lugares poco recomendables.

Lo abrí con miedo. Son doce países y no podíamos faltar. Así comienza el capítulo que se refiere a nosotros: "¿Desea conocer a Colombia sin tener que gastar dinero en avión y hoteles? Muy fácil: levante la tapa de la taza del váter y eche una ojeada antes de tirar la cadena". Sentí rabia y gasté varios días maquinando cosas contra el autor. Pero decidí que antes debía preguntar a los desplazados, a los que han perdido su familia en masacres, a los que se endeudaron para rescatar a un pariente secuestrado y les devolvieron un cadáver, primero debía saber qué opinan ellos del libro que me enfureció.

¿Qué duele hasta los tuétanos? Que los que podrían tirar la cadena del baño para limpiarlo son muchos de los que deciden irse. No, la salida de los males del país no está en el aeropuerto Eldorado, sino en el hombro. Meter el hombro.

El Tiempo (Colombia), 5 de octubre de 1999