El estruendo de la artillería se escucha en Grozni, a 20 kilómetros del frente, según los independentistas
LUIS MATÍAS LÓPEZ / ENVIADO ESPECIAL,
Grozni El estruendo constante del fuego de la artillería
pesada se dejó sentir durante todo el día de ayer en
Grozni, sobrevolada por aviones rusos, que, sin embargo, no
dejaron caer su carga mortal sobre la capital de Chechenia.
El ruido de la guerra llegaba del Norte, donde las fuerzas
de la república independentista plantan cara a la ofensiva
del Ejército ruso, que, supuestamente, intenta crear allí
una larga y profunda franja de seguridad al norte del río
Terek. La situación es muy confusa.
Fuentes oficiosas chechenas aseguraron que las fuerzas rusas se encontraban a poco más de 20 kilómetros de distancia de Grozni, es decir, a tiro de la artillería. El Ejército ruso, en cambio, confirma combates a 40 kilómetros de la capital. En el acuartelamiento militar checheno que sirve de base a un reducido grupo de periodistas extranjeros sólo llegaba ayer un vago eco sonoro de la guerra. Desde ahí es imposible saber quién tiene razón.
Los bombarderos Sukoi 25 dieron varias vueltas sobre la zona, a unos cinco mil metros de altitud, pero se fueron por donde habían venido. Ésa fue la tónica durante toda la tarde. La campaña de bombardeos masivos de los últimos días parecía haber dejado paso al choque frontal en el norte, en las proximidades del río Terek, que parte Chechenia en dos mitades. La cadena de televisión independiente rusa NTV mostró imágenes de una columna de carros de combate que, supuestamente, había penetrado en la república rebelde unos 20 kilómetros.
Nada, en definitiva, permite aclarar si la invasión tiene un objetivo limitado (el que marca el río Terek) o total (la aniquilación de la independencia negociada a regañadiendes por el general Alexandr Lébed, tras la derrota rusa en la cruenta guerra de 1995, en Chechenia).
La noche cayó sobre Grozni como una losa. El toque de queda eliminó casi por completo el tráfico. Las velas y las linternas sustituyeron a la cortada electricidad, sin que estuviese claro qué mano fue la responsable. Por la mañana, Anatoli Chubáis, presidente del monopolio ruso, ya había amenazado con la suspensión del suministro.
La segunda guerra ruso-chechena está en marcha y, como la primera (entre diciembre de 1994 y agosto de 1996), promete ser encarnizada. Ya lo es. Los anuncios rusos de que su estrategia de bombardeos selectivos y quirúrgicos ahorra la vida de los civiles queda en evidencia con sólo visitar algunas de las ciudades atacadas desde el aire durante las últimas dos semanas. Para tratarse de daños colaterales, fruto de errores humanos, la magnitud del daño causado en vidas humanas es desproporcionado, incluso para un Ejército que ya se parece poco al que un día desafió a EE UU.
En Ulús Martán, por ejemplo, localidad situada unos 30 kilómetros al sur de Grozni, las bombas lanzadas por la aviación rusa el sábado causaron 150 muertos y el doble de heridos. En las zonas afectadas no hay nada que se asemeje, ni remotamente, a un objetivo militar o económico: ni cuarteles ni puentes ni fábricas; sólo viviendas. Eso sí, algunos vecinos reconocen que los wahabíes, miembros de la secta islámica a la que se acusa de dos invasiones de Daguestán, pasan alguna que otra vez por allí.
En la calle Titova, bombas de más de una tonelada de peso abrieron cráteres de 10 metros de diámetro y su carga de metralla destruyó decenas de casas de ladrillos, cemento y madera. El espectáculo era estremecedor. Uno de los proyectiles, caído en un gigantesco solar, repartió su carga mortal a la redonda y dejó un rastro de viviendas hundidas o reducidas a carcasas.
Las pocas que permanecieron en pie vieron volar sus tejados, se quedaron sin ningún cristal y muestran en sus fachadas la huella profunda de la metralla. "Aquí sólo hay gente inocente", asegura uno de los supervivientes, Lechi Maskáyev. "¿Acaso tengo aspecto de bandido?", grita. "Busque usted wahabíes por aquí, o milicianos armados. Lo único que encontrará serán trabajadores humildes, y refugiados que han huido de otras zonas aparentemente más peligrosas".
Él y su familia se salvaron porque supieron interpretar los signos llegados de lo alto, de cuatro aviones rusos que parecían dudar sobre qué hacer. Él y los suyos abandonaron a tiempo su casa, antes de que una bomba la convirtiera en un solar, junto a otras veinte. Al menos ocho de sus vecinos no pudieron contarlo.
En la cercana calle Kolonchaskaya, los daños colaterales causados por los bombarderos rusos son todavía más visibles. Waha Tapáyev logró salvar la vida y la de su familia "gracias a Alá". Pero unos vecinos, los Karimov, tres hermanos que vivían en otras tantas casas contiguas, murieron, junto a varios miembros de su familia, pese a haberse refugiado en un sótano de paredes de cemento. "Una bomba les cayó de lleno", asegura Waha.
"Académico en medicina, checheno y bandido"
L.M.L, Grozni A la entrada del hospital central de Grozni, una empleada, Liuba, dice que se ha olvidado la última vez que cobró su sueldo, y que los rusos ni siquiera pagan las pensiones a los jubilados. "No sólo quieren matarnos a bombazos, también de hambre", exclama. Mientras habla Liuba, franquea la entrada un turismo cargado con cajas en las que se ve el anagrama de la Cruz Roja. Según el doctor Aslambek Atsaláyev, cirujano jefe del centro, es lo único que les queda. "Dentro de poco", afirma, "nos veremos obligados a cerrar si no recibimos ayuda masiva. No tenemos nada: ni plasma ni vendas ni medicinas ni comida ni salarios. La mitad del personal ya no acude a trabajar. Pero me quedaré hasta el fin. ¿En qué piensa el mundo?"
Sólo en este centro se pueden efectuar operaciones complicadas y, por algún motivo que debe tener más que ver con la providencia que con la suerte, aún no ha sido bombardeado, cosa que no pueden decir otros dos hospitales de Grozni. Atsaláyev se presenta como "académico de medicina, checheno y bandido", una ironía para desacreditar la versión rusa de que su país es una guarida de secuestradores, asesinos y ladrones a los que hay que exterminar sin compasión.
El hospital que enseña es tercermundista, pero limpio, si no fuese por un reguero de sangre por uno de los pasillos. Como un parte de guerra, relaciona los heridos ingresados en los últimos tres días: "37 de Urús Martán, 65 de Nozhaiyurt, 35 de Naur, 27 de Cholkoskoe... Desde agosto, hemos atendido a 1.077 heridos". Uno de ellos se llamaba Voronkov. Era teniente coronel. Ruso. Pero fue operado y atendido, aunque murió durante el posoperatorio. En el hospital quedan sólo los que esperan ser intervenidos, los recién operados y los moribundos. La mayoría de los internados confiesan ser campesinos, obreros, comerciantes, jubilados o amas de casa.
25 kilómetros a pie
Como Raísa, enferma de pleuresía, que asegura que tuvo que llegar a pie, agotada, desde Argún, a unos 25 kilómetros de distancia. O como Ahmed, que tiene un pequeño huerto y que fue alcanzando por un trozo de metralla en la cabeza, que ayer tenía cubierta con una venda empapada en sangre mientras esperaba turno para el quirófano.
Un hombre de unos 40 años, cuyo nombre no alcancé a entender, escucha como si no fuera con él el diagnóstico del doctor Atsaláyev: "Tiene dañada sin remedio la columna vertebral. Nunca volverá a caminar".
No se ven muchos niños, pero los hay. Como Vestlán, que aparenta menos de los 13 años que confiesa. Fue herido el sábado. Tiene el pecho cubierto de vendajes y daños, tal vez irreparables en el intestino. Es el escenario de siempre en un hospital de guerra. Sólo que en esta batalla parece que los soldados son más respetados por la muerte que los civiles.
Capturado un piloto
Los guerrilleros chechenos aseguran haber derribado un bombardero ruso Sukoi 25. Se trata, sin duda, de una pieza de caza mayor. Tal vez emplearon un misil Stinger, de fabricación estadounidense (empleados en Afganistán), o un Igla. El Su-25 es uno de los aparatos que desde hace una semana bombardean la república rebelde. El piloto logró saltar en paracaídas, pero fue capturado en tierra por los chechenos.
Probablemente será mostrado hoy a la prensa como un trofeo. Se trata de su primer triunfo propagandístico.
Ese aviador, y el oficial que murió en el hospital central de Grozni, no son, sin embargo, los únicos rusos que han caído en manos de los guerrilleros chechenos, aunque probablemente sí los controlados por el Gobierno de Aslán Masjádov.
En la campaña de Daguestán, las tropas federales rusa sufrieron cerca de 300 muertos y 800 heridos, y perdieron la pista de 15 soldados. Presumiblemente, todos ellos están en manos de las milicias radicales de Shámil Basáyev. Si es así, les esperan tiempos muy duros. No son una buena moneda de canje.
El País Digital, 5 de octubre de 1999