Marco Negrón
Probablemente la más importante de las revoluciones del siglo que concluye haya sido la revolución metropolitana, un proceso que ha conducido más que a la formación de ciudades cada vez más grandes, al surgimiento de un tipo cualitativamente nuevo de establecimientos humanos.
Después de la II Guerra Mundial, asociado sin duda a la rápida expansión de la globalización, él se difundió por todo el mundo sin que de inmediato se captara su radical novedad. Inútilmente se intentó dar respuesta a sus exigencias con las ideas y las herramientas antiguas, el resultado fueron las ciudades incontrolables e indiferenciadas que la imaginación poética de Italo Calvino anticipó hace ya casi treinta años. Puedes volver a tomar el avión cuando quieras, _me dijeron_, pero llegarás a otra Trude, igual en todos sus detalles, el mundo está recubierto de una única Trude que no empieza ni termina, cambia solamente su nombre en el aeropuerto. Ese, sin embargo, no es un destino ineluctable y desde hace varios años, en muchas metrópolis de todo el mundo, se ha reconocido la novedad del fenómeno y, con éxito variable, se trabaja en fortalecer sus virtudes y minimizar sus vicios.
En esa vía se ha encontrado que la variable clave a resolver es lo que se ha dado en llamar la gobernabilidad metropolitana. Ella está asociada a una de las características más básicas y distintivas de este tipo de establecimiento humano, como es su constituirse como diversidad integrada. Con esto lo que se quiere decir es que la metrópoli es o debe ser, justamente, algo distinto a la indiferenciación caótica que anticipó Calvino y que, lamentablemente, prospera con tanta frecuencia. La riqueza de la metrópoli consiste, en efecto, en la variedad de tradiciones, culturas y experiencias que convergen en ella y que, de distintas maneras, van encontrando su expresión en el ámbito territorial. Así, sus barrios van definiendo perfiles propios según el origen de los habitantes, su nivel de ingresos o el tipo de actividades que desempeñan, a veces hasta por las mismas características físicas del lugar: la vecindad de un gran parque, su localización en un punto alto de la ciudad, su condición de centralidad. Esos perfiles, desde luego, no son estáticos, ellos van cambiando pero sin deslastrarse del todo de su origen. Sin embargo, la diversidad puede derivar en confusión e ingobernabilidad si no se garantiza una instancia de integración.
En esa dirección se orienta la iniciativa de la Fundación Plan Estratégico Caracas Metropolitana para incorporar en la nueva Constitución el concepto de área metropolitana y, en el caso específico de Caracas, la figura del Distrito Capital lograr la integración de la metrópoli sin comprometer la rica diversidad de sus componentes, antes por el contrario, será esa integración en el nivel superior la que permitirá reconocer un grado aún mayor de diversidad, como parece necesario, por ejemplo, en los demasiado grandes municipios Libertador y Sucre. Pero hacer lo segundo sin asegurar lo primero significaría solamente marchar hacia mayores grados de caos e ingobernabilidad.
La coyuntura actual ofrece una oportunidad irrepetible para incorporar ese elemento modernizador decisivo en la sociedad venezolana, pero los argumentos en contra que comienzan a asomar auguran poco de bueno ellos, lamentablemente, se mueven entre la falta de información y la manipulación. Una tendencia que sólo podrá conjurarse a través de un amplio debate público, por lo que hay que cuidar que la precipitación no aborte la oportunidad.
El Universal Digital, 02 de octubre, 1999