Trampa mortal: los últimos 40 años

Ramón Piñango

El país está dividido en dos bandos: uno integrado por quienes perciben en el Gobierno actual una oportunidad única de redención del país; otro formado por quienes aprecian que el grupo gobernante constituye un riesgo para la democracia y el progreso de la nación. No hay mayor espacio para la duda, para el "sí, pero no", para el "depende". Por tanto, tampoco hay mucho lugar para el análisis que trata de entender la razones de la posiciones enfrentadas.

Con el tiempo, los dos bandos, ya de por sí radicales, han ido configurando una línea de demarcación especialmente significativa por elocuente: la posición ante lo que se ha hecho -o se ha dejado de hacer- en los últimos 40 años. Para el Polo Patriótico, las cuatro décadas de la democracia no han producido nada bueno. Corrupción es la palabra que mejor define ese lapso.

Ante esta dura apreciación de casi medio siglo de historia la reacción no se ha hecho esperar. Se argumenta que ha habido democracia, que se han sentado las bases para un mejor funcionamiento de la economía, que la sociedad se ha modernizado, que la democracia ha echado raíces, que hay logros concretos tales como la descentralización administrativa, la privatización de empresas del Estado, la Fundación Ayacucho, la política petrolera y la creación de la Universidad Simón Bolívar.

Así, argumento tras argumento, unos se han convertido en detractores de las famosas cuatro décadas, y otros en defensores apasionados de este período. Es tanta la carga emocional de la discusión que observar la crítica o la defensa de ese lapso es la mejor manera de conocer la veleidades políticas de cada quien. En esta dinámica, el reconocimiento de lo positivo en el pasado reciente expresa, en opinión de algunos, oposición al cambio; mientras que, para otros, el duro ataque a ese pasado es señal de mala fe o de ignorancia. La discusión sobre los últimos años tiene consecuencias preocupantes.

Desconocer que en ese período hay una experiencia útil para la construcción del futuro, conduce a repetir, con la fidelidad del calco, los errores del pasado. Al menos tres de esos errores se están cometiendo: sobrestimar la capacidad de gestión del Estado venezolano, creer que la voluntad política hace milagros, y considerar que para gerenciar con éxito hay que rodearse de gente de confianza. Desconocer el pasado es la gran trampa que la historia le ha armado a quienes hoy tienen en sus manos el gobierno de esta nación.

Por otra parte, llama la atención que venezolanos preocupados por el futuro del país inviertan valiosas energías en una cuidadosa defensa de las últimas cuatro décadas, tratando de hacer justicia a logros y personas. En esa defensa, y sin quererlo, parecen desconocer la corrupción, la ineficiencia administrativa, el deterioro de la economía, la violación de los derechos humanos, la brecha social creciente entre quienes tienen más y quienes tienen menos, el clientelismo partidista, la perversa politización de entes públicos y del movimiento laboral, o el uso de los recursos públicos con fines político-partidistas. La dialéctica los hace parecer ignorantes de lo mal que el país ha marchado desde hace largo tiempo, que el Estado venezolano se ha ido convirtiendo en una vacía entelequia que avergüenza cuando uno recuerda que ese Estado maneja la Oni-Dex y las indignas cárceles, que la inversión privada viene cayendo desde 1978, que la educación y los servicios de salud recibidos por gran parte de la población se encuentran en situación lamentable. Quienes se empeñan en hacerle un juicio imparcial a los últimos 40 años parecen no percatarse que tienen ante sí la trampa de quedarse fuera de una dinámica social y política centrada en la transformación, en hacer futuro, y no en el análisis riguroso del pasado.

Es curioso observar cómo los famosos 40 años actúan para enredar a quienes se obsesionan con ellos. A unos, quienes gobiernan, puede llevarlos al fracaso administrativo, por incapacidad para producir los frutos que la gente espera: empleo, baja inflación, mejores servicios públicos, seguridad ciudadana. A otros, quienes se esmeran en reivindicar los esfuerzos realizados, puede conducirlos a la anulación política, por incapacidad para articular un discurso y una acción que le de sentido al mañana, que mueva al pueblo y no a los historiadores o a quienes se sienten dolidos por la falta de reconocimiento a su labor de patria.