GUILLERMO PIMENTEL
Nuevamente, nos encontramos frente a una esperanza cierta de reactivación del aparato productivo del país. Me he negado a utilizar en todo este tiempo el término recuperación económica, pues me parece totalmente inadecuado para definir la situación vernácula, caracterizada más bien, por inactividad del aparato productivo y no por recuperación de algo que nunca hemos tenido perdido. Estas esperanzas, aparentemente más ciertas en esta oportunidad, se fundamentan indiscutiblemente en el efecto favorable de las intervenciones del Presidente en la Asamblea General de Naciones Unidas y en su presentación en la Organización de Estados Americanos (OEA). En ambas ocasiones quedó en claro que hay una decidida disposición del actual Jefe del Estado venezolano de defender la estabilidad de las instituciones democráticas en el país y en la percepción, evidente por cierto, de que el proceso constituyente está llegando a feliz término y contaremos en tiempo previsible con una nueva Carta Magna que garantice definitivamente lo que hasta ahora eran sólo promesas verosímiles, pero aún inciertas.
El pasado martes, en este diario, se dieron a conocer las cifras relativas a la inversión en América Latina registrada por la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (Unctad). De acuerdo con las informaciones de ese Organo de las Naciones Unidas, Venezuela figura en el 5º lugar como destino de capitales extranjeros, el crecimiento de la inversión extranjera directa para los países de América Latina, en general, alcanzó 5% en 1998; desde luego, Brasil encabezó el grupo de los beneficiarios junto con otros países del Mercado Común del Sur. Venezuela no quedó en una posición deslucida pues alcanzó a ocupar el 5º lugar como destino de capitales extranjeros, siendo EEUU el país que aún mantiene la hegemonía como inversor en la región. La Unión Europea y en especial España, destinaron cantidades importantes de numerario a la zona y es desde luego un factor estabilizador, si tomamos en cuenta la alta volatilidad de los capitales de mediano y corto plazo que acuden como inversores a la zona.
Venezuela en cierto modo ha sido beneficiaria de un caudal importante de estas sumas y por ello en el conjunto de los países iberoamericanos figura en el 5º lugar como destino de inversión externa directa. Es de esperar que una vez se despejen las dudas y los inevitables temores de los inversores por el futuro del desarrollo político nacional, estas cifras mejoren considerablemente.
Abrigamos la esperanza de que las intervenciones oficiales en densos sectores de opinión de Estados Unidos y de Europa hayan despejado estas injustificadas dudas. Por de pronto, en estas nuevas circunstancias los mercados financieros internacionales han reaccionado moderada pero favorablemente en torno al país, ofreciéndose modestas pero muy ciertas y perceptibles mejorías en la cotización de los valores venezolanos que se transan en los mercados financieros internacionales. Por lo demás, los sectores privados internos se han pronunciado muy favorablemente y es muy posible que se pueda lograr lo que el suscrito ha venido recomendando con pertinacia que raya con la impertinencia. El establecimiento de empresas nacionales capaces de promover medianas y pequeñas empresas y aun intervenir en el más difícil mercado de las microempresas, caracterizadas por su naturaleza individual y casi personal pero que encontrarían en la actualidad fuentes idóneas y apropiadas de financiamiento, entre ellas, la del Banco de los Pobres o del Pueblo y de la Mujer, instituciones éstas que se han hecho acreedoras de muy favorables recomendaciones de mi parte en más de una oportunidad en esta misma columna.
De sucederse esta situación, sería más que posible, verdaderamente cierto, que nos iniciaríamos en un proceso modesto pero seguro de reactivación del aparato productivo del país y consecuentemente de la ampliación del empleo como una segura erradicación del informalismo en las actividades productivas y comerciales dentro de un ámbito de Economía Sustentable.
Debo admitir que mi confianza en la fortaleza productiva del país y mis irrefrenables deseos de que definitivamente salga de esa injustificada situación de paro e inactividad, me hagan fantasear un poco cuando incursiono sobre este tema. Sin embargo, en esta oportunidad estoy seguro de que las esperanzas a que me referí al inicio de este artículo, tienen innegable sustentación en esta oportunidad. He tratado de consultarlo con un apreciable número de colegas, experimentados en este tema y de todos he recibido ánimo suficiente como para afianzar estas apreciaciones que he decido hacerlas públicas en esta columna.
Espero que con esta manifestación de fe en mi país y confianza en su futuro desenvolvimiento contribuya a callar esas posiciones pesimistas que enarbolan los habituales predicadores del caos. Las casandras que se satisfacen con la prédica pesimista y el vaticinio fatalista y sobrecogedor.
Ex Superintendente de Bancos
Ex director ejecutivo del BID