El largo andar de la democracia: Continuidad y Cambio a finales del siglo XX venezolano

Ysrrael Alberto Camero Guevara

No es necesario decir que nos encontramos en una época de vertiginosas transformaciones, algunas de las cuales parecen ser una regresión a un supuesto pasado perdido. ¿Qué es lo que ha cambiado en Venezuela?, ¿Cuáles son los problemas que se asoman a nuestra paradójica vida republicana?.

¿El Antiguo Régimen?

El país que el 6 de Diciembre de 1998 parece terminar tiene sus raíces históricas en el 23 de enero de 1958, que a su vez tiene su más amplia explicación en el 18 de octubre de 1945, momento heredero del propio nacimiento de la democracia, la explosión popular del 14 de febrero de 1936, cuando, palabras certeras de Manuel Caballero, Venezuela nació a la democracia, liberándose del miedo a la dictadura y a la Guerra Civil.

Aquellas cosas necesarias e imprescindibles en el nacimiento y consolidación del sistema, si no se transforman a tiempo, adecuándose a las nuevas circunstancias, tienden a convertirse en la razón de su decadencia y posterior desaparición. En el seno de su funcionamiento se encuentra el germen de su propia destrucción, y por ende, de su posterior superación por un sistema distinto.

Este sistema se encontraba evidentemente en crisis desde el 18 de febrero de 1983, el denominado "viernes negro", la incapacidad para acometer las reformas necesarias y la implementación tardía de las mismas llevaron a la conmoción, y nueva evidencia de la crisis, del 27 de febrero de 1989. Luego, la decadencia y deslegitimación de las instituciones sorprendieron a la clase política el 4 de febrero y el 27 de Noviembre de 1992.

El 6 de Diciembre de 1998 Hugo Chávez no triunfa electoralmente por lo que es, sino por oposición a aquello que no representa: nuestra malograda representación civil, nuestros malogrados partidos políticos. La legitimidad que se acabó es la del discurso democrático del poder civil contra el caudillismo y el militarismo, éste discurso, y con él todo el modelo octubrista, parece haber perdido su poder de convocatoria.

Esta democracia que se venía gestando desde 1936, y que nació en 1958 bajo la forma que hoy le conocemos tenía unas características políticas bastante particulares. Los principales actores del sistema eran los partidos políticos (en principio, Acción Democrática, COPEI, URD, y el excluido PCV) los cuales gozaban de una popularidad y una legitimidad prácticamente unánime durante los primeros años del sistema, el otro actor era la fuerza armada, el Ejército, no deliberante, alejado de la vida política y defensor de la institucionalidad.

Es importante hacer notar que el liderazgo sobre el hoy que ha caído la responsabilidad de las transformaciones viene del seno de las Fuerzas Armadas, y el momento cumbre de la crisis actual proviene de una asonada militar, que paradójicamente tuvo una importante resonancia popular. El camarada maúser volvió a sonar.

Retomando la historia, uno de los momentos claves en la consolidación del sistema fue el Pacto de Punto Fijo, un pacto de gobernabilidad (no un pacto para repartirse el país como pretenden hacerlo ver unos demonizadores de viejo cuño) necesario para estabilizar el sistema en torno a unas reglas claras de mutuo respeto y en torno a un programa mínimo. Obedeció a la necesidad de no repetir los errores del trienio 1945 – 1948, es decir, había que construir una democracia de adversarios que se respetaran y no de enemigos que se destruyeran. Este orden gozó de una importante legitimidad entre 1958 y 1989, aunque las fuerzas que determinarían su deslegitimación y su disolución estaban presentes en su misma instalación.

Uno de los elementos que le daba estabilidad al sistema era la estructura económica, el petróleo se convertía, conforme avanzaban los años, en el manantial de dinero para curar los males de la nación. Durante los primeros años de la sustitución de importaciones y ‘compre venezolano’, en los gobiernos de Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, y Rafael Caldera (1959 – 1974), tuvimos un crecimiento importante de la economía, la creación de un Estado de Bienestar efectivo, y la mejora de la calidad de vida del venezolano. Luego pasamos a la Venezuela Saudita que daba para todos y que todo lo importaba, durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974 – 1979) el sistema comenzó a hacer agua por hipertrofia petrolera, la inyección abrumadora de divisas no se convirtió en diversificación de la economía sino en parasitismo populista. Los intentos de reforma durante el gobierno de Luis Herrera terminaron, trágicamente, en el 18 de febrero de 1983, nuestro ‘viernes negro’. Luego, vino de la mano del presidente más votado de nuestra democracia (un voto castigo por cierto) Jaime Lusinchi (1984 – 1989) una ilusión populista, un falso regreso a la Venezuela Saudita, las aguas del sectarismo del partido de gobierno inundaron la administración y acabaron con la libertad de expresión y con las reservas internacionales. En 1989 éramos un país con el presidente saliente con la más alta popularidad, y sin saberlo éramos un país quebrado.

Carlos Andrés Pérez había creado en 1988, a pesar de lo que sus propios discursos decían, una expectativa de retorno a la Gran Venezuela de los 70’. Las reformas eran indetenibles pero las expectativas eran completamente distintas a la realidad, el despertar en un país quebrado, el descubrimiento súbito de la crisis económica, y de la dureza relativa de las reformas con respecto a las expectativas, provocaron una reacción adversa, el 27 de febrero de 1989 el pueblo toma la calle, el consenso ha terminado.

Las mismas fuerzas sociales que habían entronizado a los partidos políticos son las mismas que hoy arremeten contra ellos y les quitan el poder. La dinámica de las fuerzas sociales y económicas encaminan al país hacia una transformación, piden urgentemente una reforma. Existen unas justificadas expectativas de cambio, y no desde hoy, sino desde aquel viernes 18 de febrero de 1983, clamor que se hizo ensordecedor seis años y nueve días después, el 27 de febrero de 1989. La incapacidad de las élites políticas dirigentes para conducir las transformaciones en el seno de sus propias instituciones y en el sistema los ha perdido. Las reformas cuando finalmente se hicieron ya eran tardías. A pesar del éxito de la descentralización, no hubo un nuevo sentido de pertenencia con las organizaciones que adelantaron la reforma.

Este proceso estuvo acompañado por una perdida de legitimidad de los partidos políticos. Esto podemos observarlo en una serie de señales claras: primero, el 27 de febrero de 1989 fue un movimiento espontáneo, sin ningún liderazgo claro, contra las reformas económicas, ningún partido pudo canalizar dicha propuesta; segundo, el apoyo popular a los intentos de golpe de 1992 se convirtió en una confrontación contra el orden existente; tercero, durante las elecciones presidenciales de 1993 dos de los cuatro candidatos representaban opciones antipartidos: Andrés Velázquez y Rafael Caldera, que triunfó dentro de una organización improvisada, Convergencia.

Dentro de las organizaciones políticas las reformas son castradas por las tendencias conservadoras y cuando finalmente cambian es demasiado tarde. Por ejemplo, quienes se encuentran fuera de Acción Democrática en 1999: Pérez, Fermín, Luis Emilio Rondón, Hector Alonso López, la crema y nata de la renovación de los años 80’.

Como hemos visto la dinámica de las fuerzas sociales exigen un cambio, la dinámica económica exige un cambio, y dentro de las instituciones hegemónicas la renovación es detenida por las fuerzas conservadoras. Las fuerzas sociales han de encontrar el camino del cambio, o han de hacerlo, la racionalidad de la dinámica histórica lleva al término del sistema actual.

El afán de transformación de las fuerzas sociales se acerca primeramente a Irene Saéz, pero cuando ésta se acerca a COPEI, comienza a perder fuerza hasta quedar reducida al mínimo. Luego gira hacia Henrique Salas pero su discurso no tiene capacidad de convocatoria. Cuando en la percepción del común estas dos opciones representan continuidad la candidatura de Chávez crece hasta alzarse con la presidencia. El afán de cambio no es ordenado ni tiene por que ser coherente, pero la dinámica de la derrota del sistema guarda dentro de sí una lógica.

Chávez tiene dos salidas a la palestra pública, la primera el 4 de febrero de 1992, y la otra en el momento de su lanzamiento, esta aparición lo lleva a la presidencia, entre Diciembre de 1993 y su lanzamiento su popularidad era prácticamente invisible. Esta segunda aparición cae en un caldo de cultivo propicio para el discurso chavista. Un país decepcionado, negado a los partidos políticos, con una de las crisis económica y política más grandes de los últimos cuarenta años. En un clima radicalizado, antipartidista y antipolítico, un liderazgo nacido de la fuerza militar, con un discurso de nacionalismo redentor, que pretende transformar de fondo las circunstancias actuales tiende a asumir el protagonismo de los cambios exigidos, la resurrección del viejo caudillismo decimonónico en un nuevo estuche y nuevas circunstancias no es una lectura descabellada, las mentalidades pertenecen a esa historia de larga duración, donde el cambio es tan lento que se torna imperceptible.

II. Transformaciones

El 6 de Diciembre de 1998 es un momento crucial en la historia venezolana, por primera vez, un líder que viene del ejército, de un intento de golpe de estado, derrota electoralmente a los dos partidos hegemónicos unidos tras una candidatura civil que se manifiesta como independiente. Para bien y para mal Venezuela no volverá a ser igual, las reformas que se han iniciado dentro de los partidos luego de morder el polvo de la derrota son ineludibles. El presidente electo plantea una transformación de la estructura jurídica venezolana más estable de su historia (1961 – 1999) mediante una nueva Asamblea Constituyente y una nueva Constitución. Esta fecha divide nuevamente la historia venezolana.

Desde 1959 la característica normal era que los gobiernos eran ejercidos por civiles que habían crecido políticamente en el seno de los partidos políticos hoy llamados ‘tradicionales’, que asumían la defensa de la Constitución de 1961, que se oponían rotundamente a la intromisión de los militares en la vida política y a la reelección inmediata del Ejecutivo, esta situación evidentemente cambió con el nuevo gobierno, un líder formado dentro del cuartel militar, que pretende barrer con la Constitución de 1961, que propone la politización de las Fuerzas Armadas, y que incluso apoya la reelección inmediata del Presidente de la República.

Un cambio de estas dimensiones, al dividir la historia en dos partes, puede ser catalogado como irreversible en la medida que los cambios que ha generado y que generará no se pueden desandar. El llamado a Asamblea Constituyente y la manera particular en que el potencial y las peticiones de cambio en Venezuela nacen y se canalizan se puede entender por lo desbocado e inevitable del proceso.

Pero de igual manera, una salida moderada de los cambios, que respete la tolerancia y la representatividad de los cargos, que mantenga una continuidad en las instituciones republicanas de la democracia representativa nunca está descartada. Puede existir una transformación sustancial de la práctica política y de la vida social con una serie de soluciones pactadas y consensuales. A este tipo de cambio pueden estar apostando las organizaciones más experimentadas a través del Parlamento.

A veces es necesario establecer comparaciones. Una de las fechas importantes para entender el momento actual es la crisis del 18 de octubre de 1945, fecha que genera un análisis interesante al compararla con los momentos actuales, las similitudes son importantes, existen actores en común, ya que fue la génesis de nuestro sistema actual, los partidos políticos y las Fuerzas Armadas. Hoy, como en 1945, tenemos un ejército con divergencias internas importantes y continuamente implicado en política, pero, a diferencia de entonces, el liderazgo que se encuentra a la cabeza del estado fue formado en el seno de ese ejército, y aún hoy, se jacta de tener a su movimiento en los cuarteles. Esto no es una cosa para pasar por alto, uno de los elementos estabilizadores del sistema desde 1958 fue la despolitización de las Fuerzas Armadas, cuando estas se politizan fácilmente se convierten en un partido armado, viejo recuerdo de nuestras guerras civiles.

Encontramos grandes diferencias entre el 6 de Diciembre de 1998 y el 18 de Octubre de 1945, el momento actual no es hijo de un golpe de estado sino de las urnas, la sociedad civil se encuentra más conformada que hace cincuenta años, y Chávez tendrá que lidiar con una oposición activa y con un espacio político reconocido, no se encuentra solo en el poder.

Uno de los patrones de la historia venezolana que parece repetirse en este episodio es la lucha entre el liderazgo civil, político, y el liderazgo armado, militar. Una manera de interpretar la alta votación de Chávez es la negación ‘popular’ a toda una generación que se opuso a la tesis de Vallenilla Lanz del ‘Gendarme Necesario’, la oposición entre dos tradiciones que, desde la conversación entre Vargas y Carujo, oponen el liderazgo militar al liderazgo civil. La teoría del militar necesario para ‘poner orden’ y ‘virilidad’ en la labor de gobierno parece haber triunfado sobre la noción de que la democracia es civil. Esto es una especie de mito que presupone la eterna minoría de edad de la sociedad, el complejo infantil masoquista de la necesidad del padre represor que golpee para que la sociedad funcione. Una sociedad que apoya este tipo de soluciones, le huye a la responsabilidad de dirigir su propio destino, y elige a un tirano.

Toda la generación fundadora de la democracia se gestó contra las dictaduras, primero contra Gómez y luego contra Pérez Jiménez, basaron gran parte de su discurso en la superioridad del liderazgo civil, legitimado por la voluntad popular, y la sumisión del brazo armado ante los civiles. Todos contrariaron y se opusieron a la tesis del ‘Gendarme Necesario’ de Vallenilla Lanz, tesis que tiene una amplia base de apoyo en la mentalidad venezolana y latinoamericana, el renacimiento del culto a aquel que ‘tira la parada’ refleja un poco su votación actual. Toda la generación anterior colaboró en la despersonalización del poder, no en balde su más grande herencia fueron los partidos políticos modernos, desde el Partido Comunista (1931) hasta COPEI (1946), pasando por Acción Democrática (1941), el liderazgo era colectivo, civil e institucional, no individual, militar y carismático(caudillismo). La negación del discurso anterior es profunda.

III. Los dilemas del ¿Nuevo Régimen?

Las expectativas de transformación han llevado a Chávez al gobierno, las posibilidades de que el cambio se realice en el sentido que los nuevos actores quieren darle sin provocar una guerra civil, destruyendo de esta manera nuestro gran logro del siglo XX, la paz y la convivencia, o provocando una recesión económica dependen de las decisiones que se tomen durante los primeros seis meses de gobierno. Existen razones para ser optimista, la necesidad de una transformación cualitativa de fondo era común en todos los niveles de la sociedad. Pero, y esta no es una pregunta retórica, cambio ¿hacia dónde?.

El cambio por el cambio no reporta en sí un mayor bienestar, y en estos momentos de transformación se nos presenta una coyuntura, por una parte podemos profundizar la democracia, y de esta manera avanzar un paso más en el camino que nos trazamos el 14 de febrero de 1936 y el 23 de enero de 1958, ir más allá de la Constitución de 1961 (la mejor que hemos tenido): esto implica abrir mayores espacios para la participación libre y ciudadana, revalorizar la política, acentuar la descentralización y seguir caminando en la institucionalización del Estado. Seguir avanzando en la despersonalización del poder, producto de nuestro siglo XX postgomecista a través de los partidos políticos, y en el crecimiento de la libertad individual y colectiva.

Es imprescindible caminar hacia una verdadera igualdad de oportunidades a través de una revolución educativa para que ésta siga siendo gratuita, popular y masiva, pero que además sea de alta calidad. Esta primera alternativa también pasa por el respeto a la pluralidad de la sociedad venezolana, a la oposición y al principio alternativo. Construir una nación de ciudadanos, donde cada ciudadano sea político, es decir, consiente y activo en la construcción de su propio destino, individual y colectivo. Una política donde se tolere y se aúpe el disenso, respetando unas reglas básicas de convivencia, una política plural, de adversarios que se respeten y no de enemigos que se destruyan. Crear una sociedad incluyente, igualitaria y libre. Completar la labor que, como pueblo, hemos realizado durante la democracia, es decir, tomar la herencia del 61 y perfeccionarla.

Pero, como toda coyuntura es bifronte, podemos, al pretender negar el régimen de 1961, retornar al viejo estado de cosas, que aún pervive en nuestras mentalidades, y contra el cual hemos luchado durante toda nuestra vida democrática: el caudillismo y el militarismo decimonónico. Las condiciones de crisis económica en que Chávez recibe al país exigen medidas que no gozarán de la popularidad que hoy tiene el ‘Comandante’, existe una necesidad de avanzar con cuidado en un terreno minado. Con respecto al estado político y social, Chávez al pretender negar el sistema anterior nos lanza hacia antiguos problemas que llegan a la médula de nuestra vida republicana, ¿Cuáles son estos problemas de Chávez?.

Primero, comprender que la soberanía popular no es idéntica a la soberanía de la mayoría, ya que la identificación de la una con la otra convertiría la soberanía absoluta de la mayoría en tiranía, es decir, en la negación de la democracia. Es necesario tomar conciencia de que el pueblo no tiene una sola voluntad sino muchas. La soberanía de la mayoría está limitada por las leyes y por el respeto a las minorías.

Segundo, el concepto unívoco de pueblo. El ‘pueblo’ en esta concepción neo populista, se convierte en una entelequía abstracta homogénea, no sujeta a representación, una entidad metafísica, que se ‘encarna’ a través de la interpretación ‘mítica’ del líder, un pueblo que conlleva la negación de aquellos que ‘no saben interpretarlo’, el no – pueblo, aquellos que deben ser relegados a las periferias del sistema, aquellos que no deben ser escuchados más que como curiosidad inútil, aquellos que no tienen el ‘toque mágico’.

Tercero, con su defensa de la reelección inmediata nos devuelve a los debates decimonónicos sobre el continuismo, todas las reformas constitucionales desde 1857, excepto las de 1936, 1947 y 1961 han sido realizadas para continuar en el poder y buscar la reelección inmediata, iniciándo de esta manera revoluciones de la magnitud de nuestra Guerra Federal. Pero, por otra parte, refleja también un dilema más profundo, un retroceso en el camino de la institucionalización del poder, la repersonalización de la política.

Cuarto, el poder militar, su reivindicación eterna del golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, su tratamiento del problema militar, pretendiendo incorporar a las Fuerzas Armadas al debate político, es decir, crear un partido político armado. Dentro de su gabinete coexisten representantes de nuestra eterna oposición civil, José Vicente Rangel con militares (retirados), que se enorgullecen de llevar el uniforme ‘por dentro’, como Gruber Odremán. Es evidente que dentro del chavismo el liderazgo militar se hace sentir, más de lo necesario.

La república es el gobierno de las leyes por encima del gobierno de los hombres, por ende, ningún mandato proveniente de unas elecciones bajo un régimen republicano, es decir, constitucional, es un ‘cheque en blanco’ para que aquel elegido haga su sola voluntad. Este mandato se encuentra limitado por las leyes y por la representación plural de la sociedad. Es algo que el presidente tiene que tomar en cuenta, las instituciones dentro de un estado moderno han de ser impersonales, el poder dentro de un estado democrático moderno ha de estar despersonalizado y limitado, este es uno de los grandes logros de nuestro siglo XX, la institucionalización despersonalizada del poder.

Dentro del proceso actual existen razones para ser optimista, hemos vuelto a tomarle gusto a la política, hemos repolitizado a amplios sectores de la sociedad y todos los actores están de acuerdo en transformar la realidad nacional. En cuanto a políticas concretas, la Constitución del 2000, a pesar de reafirmar el presidencialismo, parece tener visos de ser más democrática (los referendum y el ballotage). Existe una total e irrestricta libertad de expresión, aunque parece que igualmente el presidente y el gobierno se encuentran sordos ante las críticas, dejan que todos hablen, pero no escuchan, sino acusan ad hominem.

¿Cuales son los peligros que continúan latentes?: la repersonalización de la política (el cogollo ha sido sustituido por la voluntad única del único líder), la militarización de la sociedad (se privilegia no sólo al liderazgo militar por encima del civil, sino incluso se aúpan los valores militares por encimas de los valores civiles, ergo, el discurso universal y obligatorio de la Instrucción Pre – militar), y una latente intolerancia política (que ha bajado de temperatura). Además, un rasgo de profunda incompetencia envuelve al nuevo régimen, el desempleo se dispara y la recesión económica es la más brutal de nuestra historia republicana, esto no se puede evadir ya que la crisis económica y social, tarde o temprano cobra su costo político. Un gobierno no sólo debe responder a la política, sino permitir suficiente desarrollo económico para que la gente tenga empleo y una vida digna, en esto el gobierno todavía no ha resultado.

Es esto realmente un período de cambios profundos o nos encontramos bajo el último reducto de las fuerzas conservadoras. Evidentemente hay un cambio de hegemonía política. Pero el solo hecho de que sea una nueva hegemonía política no los transforma automáticamente en reformadores.

Para clarificar vamos a aplicar la fórmula clásica que Cipriano Castro usó como lema de su ‘Revolución Restauradora’ para entender el alcance de las transformaciones, ¿este gobierno significa acaso nuevos hombres? ¿Nuevos ideales? ¿Nuevos procedimientos?.

¿Nuevos hombres? Luis Miquilena no sólo es mayor que Alfaro Ucero, sino que además fue Secretario General de Unión Republicana Democrática al firmarse el Pacto de Punto Fijo, ha asumido en el proceso actual un excelente papel moderador de las radicalismos chavistas (que lejanos aquellos días de los ‘machamiquis’ y los comunistas negros durante el trienio adeco (1945 - 1948)) se ha convertido hoy en un líder fundamental de la nueva hegemonía. El ministro de la planificación Jorge Giordani es contemporáneo con Carlos Andrés Pérez, tras una dilatada experiencia académica en la Universidad Central de Venezuela no ha terminado de cuajar como un lider dentro del gabinete. Arcaya es hijo de aquel viejo dirigente de URD que con su actuación en la OEA provocó la extinción del Pacto de Punto Fijo, ha pasado su ya larga vida como embajador y cónsul en varias partes del mundo. José Vicente Rangel, uno de los mejores elementos del gobierno, ya tiene sus años. Y que decir de Manuel Quijada, ministro de Fomento de Luis Herrera, y de Luis Vallenilla, de Cavendes y Fundapatria. Más allá de una cuestión de edades, que en el fondo no importa mucho, se encuentra la cuestión de las ideas, hay hombres ‘viejos’, pero ¿hay ideas nuevas?

¿Nuevos ideales? A pesar de que existen verdaderos reformadores y renovadores progresistas dentro del chavismo existe un grueso grupo con concepciones profundamente conservadoras. Dentro de los diversos sectores del chavismo encontramos a muchos actores de la vieja izquierda que no por ser viejos tienen que tener viejos ideales, ni por ser izquierda ser hoy ‘anticuados’, pero hay que reconocer que dentro de la izquierda existen quienes se han modernizado, se han actualizado y hay quienes aún viven en el pensamiento si no de los románticos y sangrientos 60’ por lo menos de los estatistas y centralistas 70’. Además, todos sabemos lo conservador que puede llegar a ser el discurso nacionalista y el fundamentalismo bolivariano, o acaso Fundapatria no es un reducto de profundos conservadores.

¿Nuevos procedimientos? En este aspecto veamos que procedimientos ha utilizado este gobierno, el partido centralista propio del leninismo, la voluntad omnímoda del Comandante, y el intento de polítizar a las fuerzas armadas. El primer aspecto nos lleva nuevamente a una de las principales causas del desgaste de nuestra democracia, el centralismo autoritario en el seno de los partidos políticos y su intento de hegemonizar toda la sociedad: idea conservadora, no hay cambios, incluso el odiado cogollo es sustituido por una sola voluntad, un paso atrás. Segundo, la polítización de las fuerzas armadas si la mezclamos con la militarización de la sociedad no solo es un procedimiento conservador sino incluso reaccionario, dos pasos menos, rumbo al siglo XIX, un partido político armado y centralizado en el líder personalista.

Además, una de las características de las democracias modernas es que la estructura militar esta supeditada al liderazgo civil y que la política de ascensos de la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas se encuentra bajo un fuerte control político por parte de la representación civil. El Parlamento es la representación plural de nuestra sociedad, aunque no agota dicha pluralidad, y en manos de éste debe estar el control de los ascensos de la alta oficialidad, no en manos de un presidente que sólo representa a una mayoría circunstancial. Y esto parece tomar fuerza en el proyecto de Constitución, unas Fuerzas Armadas deliberantes cuya alta oficialidad está ligada únicamente a la cabeza del Ejecutivo.

Hoy las cosas se han moderado, pero se escuchan los rumores de purgas políticas en el seno de las instituciones. Evidentemente hay mucho revanchismo innecesario, y mucho afán de venganza contenida, la izquierda que nunca había ganado una, por fin vence, pues no cometan los errores que puedan devolverlos a una oposición con las tablas en la cabeza y más impopulares que nunca.

Hay que entender que el hecho de que tengamos una nueva Constitución no es igual a tener un nuevo país. Nos volveremos a ver en un nuevo espejo, y nuestra cara poco habrá cambiado, pocos problemas se habrán resuelto y muchos se habrán agravado.

El chavismo debe entender la paradoja política actual, tenemos evidentemente una sociedad compleja, plural (cosa que las élites políticas anteriores no lograron entender, y están pagando su ceguera), pero parece existir en el Estado una representación hegemónica del chavismo, cuidado, si ellos confunden su voluntad con la voluntad del ‘pueblo’, (como pluralidad no como mayoría), la quinta república puede durar menos que la primera. Cuidado con la tiranía de la mayoría y la intolerancia que implica.

La última década venezolana puede entenderse como un importante proceso de reformas que, en su desarrollo, provocó importantes resistencias en el seno de la misma sociedad. De tal manera que podemos concebirla como la lucha entre los reformadores y los conservadores. Actualmente, en estas horas de ‘revolución democrática’, aún no sabemos si los que ganaron finalmente son los grandes reformadores de la nueva república o si nos encontramos gobernados por el último reducto de las concepciones conservadoras.