El verdadero problema de Chávez
Carlos Sabino
(AIPE).- El poder tiene sus trampas, a veces muy sutiles. Cuando se alcanza una situación en la que no queda oposición organizada, cuando un gobernante no tiene ante sí ni marco jurídico ni institución que pueda poner límites a su poder, podría parecer que se encuentra en la mejor de las situaciones imaginables. En ese punto preciso, sin embargo, es que comienzan los mayores problemas.
El presidente Chávez puede jactarse de haber logrado todos sus objetivos políticos. Era, apenas hace año y medio, una figura casi marginal en la carrera por obtener la presidencia, pues contaba con alrededor de 10% de las preferencias y un movimiento de apoyo poco organizado, constituido básicamente por figuras de la vieja izquierda, ex militares y sindicalistas de oposición. Con una personalidad carismática y un mensaje que sintonizaba a la perfección con los deseos de una buena parte de la sociedad venezolana alcanzó no sólo la primera magistratura, sino también imponer una Asamblea Constituyente, derribar el poder de los partidos tradicionales y mantener una popularidad que sigue verdaderamente muy alta.
Hoy Chávez tiene en sus manos todo el poder y el camino se le presenta despejado. Pero, por eso mismo, ahora comienza la parte más difícil de su mandato. Debe mostrar que es capaz de cambiar el corrompido sistema político de Venezuela, debe llevar a la práctica las promesas populistas -y hasta socialistas- que hizo durante su campaña electoral, debe hacer sentir a la gente que con su gobierno se vive mejor. Porque en el sentir popular hay una contradicción de fondo que muchos analistas parecen no advertir: es cierto que la gente quiere acabar con el viejo sistema de clientelismo político que tanto daño nos ha hecho, que desea un corte total con las prácticas corruptas y el empobrecimiento del país; pero nadie quiere renunciar a sus privilegios y prebendas y, la gran mayoría, aspira todavía a que un Estado paternalista provea abundantemente de bienes a la población.
Y esto, por supuesto, no es posible. La delicada situación de las finanzas públicas y la recesión que vivimos impiden regresar a ese pasado populista. Los cambios que hay que hacer no son los que tanto ha voceado el presidente sino reformas profundas que abran la economía nacional, impulsen un mercado abierto y reduzcan el papel de un Estado omnipresente y gigantesco. Algo que se parece demasiado a lo que el mismo Chávez ha calificado como "neoliberalismo salvaje".
Presionado por las circunstancias de una economía que reclama cambios fundamentales, y por la realidad de un mundo que no quiere ya ver más dictaduras, Chávez ha tenido que cambiar su curso apartándose de las promesas incumplibles y acercándose más a ese confuso lugar político que suele llamarse "el centro". La Asamblea Constituyente, que le es totalmente adicta, ha ido abandonando las propuestas más autoritarias y más absurdas y ha ido aproximando su proyecto cada vez más a la constitución actual. Las decisiones económicas han comenzado a irritar a muchos, que esperaban otra cosa, aunque todavía son confusas y contradictorias en grado sumo. Una oposición de izquierda, todavía débil e inorgánica, puede estar gestándose en las propias filas chavistas, mientras el resto del espectro político comienza poco a poco también a organizarse.
Chávez, pues, está en una encrucijada. Debe mantener su popularidad a toda costa pero el tiempo de las proclamas y los discursos comienza a agotarse con bastante velocidad. Se espera demasiado de él y, como tiene todo el poder, no existe nadie a quien pueda echarle la culpa por sus fracasos. ¿Podrá seguir siendo la figura popular y casi mesiánica que tanta gente respalda cuando tenga que adoptar medidas que contradigan todo lo que ha proclamado en este tiempo? ¿Podrá mostrar una nueva constitución que no sea un retoque cosmético de la de 1961? ¿Podrá sacar al país del estancamiento y la pobreza?
Las verdaderas pruebas han comenzado para Chávez y el resultado, por cierto, es por ahora muy difícil de prever.
Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.