LOS portugueses renovaron ayer en las urnas la confianza depositada hace cuatro años en el Partido Socialista (PS) de Antonio Guterres, a quien brindaron una mayoría amplia. La crisis del democristiano Partido Social Demócrata (PSD), que aún no ha rehecho sus filas tras una década en el poder, los buenos resultados económicos de una política casi siempre acorde con las exigencias de Bruselas, y algunos acontecimientos extraordinarios que han distraído la atención de una campaña anodina, como los sucesos de Timor o incluso la muerte de la fadista Amália Rodrigues, explican este nuevo apoyo a un socialismo moderado que, en lo sustancial, puede tenerse por deudor de la política de centro-derecha durante años capitaneada por Cavaco Silva.
Si por una parte esta continuidad es síntoma de la madurez que la democracia lusa ha alcanzado después de los años turbulentos que siguieron a la Revolución de los Claveles, por otra evoca los posibles peligros derivados de una presencia hegemónica en las instituciones. Además del Gobierno, el PS controla la Asamblea legislativa unicameral cuyos 230 diputados se elegían ayer, la Presidencia de la República, que ostenta Jorge Sampaio, los principales Ayuntamientos, con Lisboa y Oporto a la cabeza, y el grueso de la representación lusa en el Parlamento Europeo, cuyos comicios también ganó en junio. Un protagonismo que, unido a las inevitables acusaciones de dirigismo sobre los medios de comunicación, ha despertado la alarma de la oposición, que, sin embargo, no convence todavía al electorado de que los inconvenientes que esa concentración de poder entraña sean mayores que los beneficios palpables que los portugueses observan en su vida cotidiana. Lo cierto es que, en sólo cuatro años, y a pesar de algún conato de corrupción relacionado con la Exposición Universal, el PS no ha tenido aún tiempo de caer en las tentaciones que ese dominio casi total puede acarrear, si dejamos aparte algunos tics intervencionistas ante las fusiones bancarias. Al tiempo, la habilidad de Guterres para orientar su nave al viento de la opinión cada vez que rola, tanto como la capacidad de diálogo desarrollada durante una legislatura en la que ha carecido de mayoría absoluta, han sido determinantes.
Enfrente, el primer ministro sólo tenía a un PSD que ha cambiado de líder tres veces en cuatro años, la última hace sólo cinco meses, y que además ha consumido sus energías en distanciarse del ultraconservador Partido Popular, con quien mantuvo una efímera alianza a comienzos de año. Debilidad excesiva de una oposición muy dividida, que ha permitido al PS rentabilizar la ardua tarea de modernización llevada a cabo por Cavaco Silva. Gracias a esa política heredada de moderación, que Guterres no ha alterado con decisiones de relevancia, la tasa de crecimiento del PIB será este año del 3,25 por ciento, y aún aumentará un 0,75 por ciento el siguiente, la inflación prevista para 1999 es del 2,2 por ciento y el desempleo no excede el 4,5 por ciento. Todo ello se traduce en un espectacular aumento del crédito familiar y el consumo privado, visible en el auge de la telefonía móvil, la televisión por cable o las grandes superficies comerciales. Además, claro, del ingreso en el pelotón de cabeza del euro, o de una ambiciosa política de infraestructuras impulsada desde el Gobierno.
El establecimiento de una moderna red de comunicaciones, que prevé el tendido de una línea de Alta Velocidad entre Madrid y Lisboa, es, precisamente, uno de los aspectos que avalan la política amistosa de Guterres hacia España, al igual que su convicción de que los intereses ibéricos se defienden conjuntamente. El caso Champalimaud ha supuesto una incomprensible excepción cuyo precio populista ha sido seguramente excesivo, y que ahora cabe esperar se resuelva en breve. El tópico de una economía colonizada no se corresponde con la expansión de las empresas lusas en el mercado brasileño, magrebí o del Este europeo, y ello favorece también a España. Veinticinco años después, la estabilidad portuguesa alcanzada merced a políticas de centro es una buena noticia para todos.
ABC (España), 11 de octubre de 1999