Herbert Koeneke R.
Como ilustración de la tendencia eufemística del habla venezolana, Angel Rosenblat nos recuerda la expresión 'no le dijo perro, pero le enseñó el tramojo'.
En el caso de nuestros cíclicos constitucionalistas de la información, el tramojo es lo 'veraz', en tanto que el 'control', 'regulación' o 'censura' constituyen esa referencia al animal que no termina de expresarse desembozadamente. Excluyo de ese grupo, desde luego, al senador de la República que propuso a la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) tipificar, sin subterfugio alguno, el delito de traición a la patria para castigar a quienes emitan declaraciones que desequilibren a la nación. ¡Tal alarde de franqueza espantó incluso a lo más granado del chavismo!
El censor donde se encuentra realmente agazapado es en la propuesta elaborada por la Subcomisión sobre el Derecho a la Información y la Libertad de Expresión de la ANC. En ella, junto con el derecho a la información oportuna, veraz e imparcial, se garantizan el 'derecho al honor, a la intimidad, a la vida privada en cuanto aquellos actos que no trasciendan al interés público o social', así como el derecho a la réplica y la rectificación cuando los ciudadanos 'se vean afectados por informaciones inexactas o agraviantes'. Naturalmente, para decidir qué es veraz, qué lesiona la intimidad por divulgar actos sin trascendencia pública o a quién debe otorgársele el derecho a réplica o rectificación, se crea la figura del defensor del usuario. En este punto, detrás de los esguinces retóricos, se palpa la amenaza censora al remitir a una ley el funcionamiento de ese referee comunicacional.
¿Quién sería ese defensor, cómo se escogería y de acuerdo con cuáles criterios tomaría sus decisiones? El diccionario define información como la acción y efecto de enterar, de dar noticia de una cosa. Wilbur Schramm la ha definido, por su parte, como cualquier contenido que reduzca la incertidumbre o el número de opciones en una situación dada. ¿Cómo determinar si ese contenido es veraz o no? ¿Se utilizaría un criterio de verificación empírica o uno de verificación formal? ¿O tal vez ahora, cuando idólatras del castrocomunismo se hallan por primera vez en el poder, uno de tipo dialéctico? Veamos algunos problemas prácticos.
El Correo del Presidente, en su edición del 23 de julio, desplegó en su primera página el siguiente titular: '82% votará'. Dos días más tarde, apenas sufragó el 47% de los electores, en tanto que encuestadoras confiables proyectaban una participación significativamente menor que la de dicho periódico en esos comicios para la ANC. ¿Fue veraz esa información del medio cuyo editor jefe es el presidente Chávez a la luz de lo que decían los estudios más reputados del país?
En su librito laudatorio del frustrado golpe del 4F, la licenciada Angela Zago sostiene, a propósito de un interrogatorio al cual fue sometido Hugo Chávez el 3/12/89, que éste 'conoce a (Pablo) Medina a través de la prensa' ( La Rebelión de los Angeles, 1992, p. 54). Medina informa, por el contario, que conoció personalmente al subteniente Hugo Chávez en 1977, con quien discutió estrategias revolucionarias y con el cual se reunió nuevamente en 1982 y 1986 para 'perfilar ciertas cosas básicas del plan político' ( Rebeliones, 1999, p. 93-96). Si ese plan data de esa época, ¿por qué entonces Hugo Chávez afirmó que 'si no hubiese ocurrido el 27 de febrero (de 1989), muy difícilmente hubiese ocurrido el 4 de febrero de 1992' ( Los candidatos presidenciales ante la Academia, 1998, p. 99). Resulta obvio que no todas esas contradictorias informaciones pueden ser veraces. ¿Cómo dilucidaría tales incongruencias un defensor del usuario impuesto por el Gobierno? ¿Habría alguna posibilidad de que una solicitud de rectificación fuese atendida por dicho funcionario, dado que libros, folletos y pasquines son también medios de comunicación y sus lectores son usuarios de los medios? ¿Qué dirían ante esta solicitud el editor de la obrita zaguiana o Pablo Medina, quien aparece como editor de su propia obra?
Apostaría a que los ciudadanos con una buena comprensión del fenómeno comunicacional cerrarían el caso con una sonrisa piadosa. O a lo sumo, con una recomendación a los ignaros para que se inscriban en un cursito de periodismo de precisión.
El Universal Digital, 13 de octubre, 1999